libre-albedrio   Los seres humanos hemos interiorizado la idea de que poseemos libre albedrío, esto es, tenemos la capacidad de determinar libremente nuestros actos, lo cual constituye el fundamento de la responsabilidad moral y del orden social. Además, es lo que otorga sentido a todo lo que pensamos y hacemos, y nos caracteriza como humanos, pues no somos simples máquinas que actúan conforme a un programa preestablecido, sino que podemos hacernos dueños de nuestro propio destino.

   Sin embargo, los avances en el campo de la neurociencia parecen echar por tierra esta visión idílica del libre albedrío. El neurocientífico Sam Harris en su libro Free will rechaza tajantemente la noción de libre albedrío, calificándola como una mera ilusión creada por nuestro cerebro. Para apoyar su tesis Harris recurre al conocido experimento de Benjamin Libet, en el cual, utilizando la imagen por resonancia magnética funcional, varios sujetos debían de decidir si pulsar el botón A o el botón B, resultando de ello que fue posible detectar la actividad de la corteza cerebral tendente a realizar el movimiento de pulsar el botón 300 milisegundos antes de que fueran conscientes de haber tomado la decisión de moverse, a pesar de que los sujetos creían haber tomado la decisión conscientemente.

   Partiendo de las conclusiones arrojadas por dicho experimento, el eje central del argumento de Harris es que el funcionamiento del cerebro, en tanto que éste opera de acuerdo con las leyes de la física, se encuentra sometido a la ley de la causalidad. Así, todas nuestras decisiones, que en última instancia derivan en acciones, no son el producto del yo consciente, sino el resultado de múltiples eventos electroquímicos de los cuales no somos conscientes y que escapan a nuestro control. De ello resulta que nuestros pensamientos surgen espontáneamente, sin ningún control por nuestra parte, por la acción de diversos factores, desde el nivel de azúcar en la sangre hasta los preceptos morales inculcados en la infancia y que están arraigados en el inconsciente. Según Harris, para que fuéramos libres deberíamos ser capaces de ordenar a nuestro cerebro que tuviera unos determinados pensamientos, esto es, deberíamos pensar en lo que vamos a pensar, pero ¿por qué queremos tener unos pensamientos concretos y no otros? La respuesta es sencilla: por razones inescrutables y vedadas a nuestra parte consciente. Para ilustrar nuestro nulo dominio sobre lo que pensamos, Harris nos propone un pequeño experimento: visualizar mentalmente cualquier ciudad del mundo excepto Las Vegas. Podrá comprobarse que nuestros pensamientos no son tan nuestros como creíamos.

   La idea de que no somos los autores de nuestros pensamientos y acciones puede llevar al fatalismo y a la indiferencia. Al fin y al cabo, si mi cerebro decide por mí, ¿qué sentido tiene cualquier cosa que haga? Frente a ello, hay quienes propugnan una visión algo menos pesimista. Así, el científico y psicólogo Steven Pinker argumenta que la enorme complejidad del cerebro, que es capaz de procesar una ingente cantidad de información a la hora de tomar una decisión, así como prever las consecuencias que puede tener esa decisión, constituye un mecanismo que, si bien no puede considerarse como libre albedrío, difiere sustancialmente de una mera relación de causa y efecto. Ello supone introducir en parte el azar como fundamento del libre albedrío, en la medida en que la complejidad del cerebro hace prácticamente inviable predecir nuestras decisiones, debido a la gran cantidad de factores que intervienen en el proceso que lleva a tomar una decisión. No obstante, para Harris el azar no puede considerarse un sucedáneo del libre albedrío, ya que nuestras decisiones seguirían sin ser tomadas conscientemente, pues solo implica que las mismas no pueden preverse.

   Ciertamente, la ciencia, con sus apabullantes descubrimientos, que tantos beneficios nos ha reportado, también ha modificado nuestra percepción del mundo y también de nosotros mismos, haciéndonos ver que no somos lo que creíamos ser. A juicio del padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, la humanidad ha sufrido tres heridas a su narcisismo: la tierra no es el centro del universo; el hombre es un producto de la evolución de ciertos homínidos; y el hombre es gobernado por su inconsciente, esto es, por motivos que no percibe ni comprende. Esta última es a todas luces la estocada definitiva, pues las dos primeras aún dejan un resquicio para considerar al hombre como un ser extraño y singular, aunque en muchos aspectos sea un animal más en uno de tantos planetas de tantas galaxias del universo, pues su capacidad para moldear su destino, es decir, su libre albedrío, confiere un valor y una trascendencia a sus creaciones, esfuerzos, sufrimientos y fracasos. Pero sin él, nos vemos reducidos a un sofisticado mecanismo de supervivencia regido por la ley de causa y efecto, al igual que toda la materia que nos rodea, y una vez que el determinismo científico se cierne sobre nosotros solo nos queda, como diría el filósofo y matemático Bertrand Russell a propósito del extraño destino del hombre, «acariciar los pensamientos que ennoblecen nuestro efímero día y sostener el mundo que nuestros propios ideales han construido, a despecho de la marcha pisoteadora del poder inconsciente».

Comentarios

comentarios