foto   Cuando en el siglo XVIII, el auge económico y el inicio de la industrialización, aún incipiente, se convirtieron en los ejes que vertebrarían, en gran medida, el mundo que hoy conocemos, el pensador Jean-Jaques Rousseau expresó su desagrado por la nueva sociedad que se estaba desarrollando, pues consideraba que el mundo se había vuelto aburrido y carente de toda pasión. Los conflictos bélicos se hicieron menos frecuentes y las mejoras en alimentación y medicina dieron pie a una disminución de la mortalidad en Europa, pero este nuevo mundo, por alguna extraña razón, carecía de todo encanto.

   Esta visión es, en gran medida, el fundamento del romanticismo del siglo XIX. El advenimiento de la era industrial, con sus gigantescas urbes y fábricas, trajo consigo un paisaje tan distinto del bucólico ambiente medieval, por lo que el romanticismo constituye un anhelo de un tiempo pasado, siendo precisamente la Edad Media el paradigma por excelencia, y que ensalza una seria de valores y virtudes, tales como el coraje o la lealtad, en contraposición al frío economicismo del mundo industrial, desprovisto de toda finalidad que no fuese la maximización del beneficio a través de la mejora de los procesos productivos, de manera que no resulta extraña la abismal diferencia que existía, a juicio del romanticismo, entre la nobleza del guerrero y la vulgaridad el comerciante.

   Hoy en día, este sentimiento romántico aún persiste. Las viejas gestas heroicas han sido sustituidas por triviales eventos deportivos; el sentimiento de misterio y trascendencia de la vida ha dado paso a un deseo por satisfacer meras aspiraciones materiales y a un hedonismo vulgar; la nobleza, el coraje o la lealtad, presentes en tantas leyendas y relatos antiguos, han perecido en favor de un frío cálculo económico, característico del Homo economicus de la economía moderna. Estos nuevos rasgos se ponen de manifiesto en lo que conocemos como sociedad de consumo, donde los sentimientos de vacío existencial, hastío e indiferencia ante la vida son el corolario de un consumo desaforado y de la continua búsqueda de un goce sensorial y pasajero.

   Sin embargo, esta visión obvia el hecho de que, en el mundo que evoca el romanticismo, es decir, el Medievo, la práctica totalidad de la población vivía en la más absoluta miseria y sujeta a los caprichos de un reducido grupo de oligarcas. Entonces, ¿Por qué existe esta contradicción?

   En la novela Un Mundo Feliz, Aldous Huxley  describe una sociedad en la que el desarrollo técnico y el ejercicio de un control ilimitado por parte del poder político han erradicado el hambre, la pobreza y las guerras, pero también el concepto de Dios y toda idea trascendental de belleza. A juicio de Huxley, la nobleza y el heroísmo son síntomas de ineficacia política, de manera que en una sociedad debidamente organizada, con altos niveles de bienestar propiciados por la ciencia, tales valores resultan superfluos.

   Otra respuesta puede encontrarse en el filósofo Arthur Schopenhauer, según el cual  la vida del hombre oscila entre el sufrimiento y el aburrimiento, por lo que una vez que las necesidades materiales básicas están satisfechas y el hambre, la pobreza y las enfermedades se reducen, el tedio existencial se pone de manifiesto, pues los viejos padecimientos nos empujaban a una lucha por la supervivencia donde los ideales antes citados tenían sentido, de manera que dicha lucha nos mantenía «entretenidos».

   Por todo ello, parece preferible vivir en un mundo donde la ciencia y el progreso técnico han hecho la existencia humana bastante más llevadera, aunque en ocasiones aburrida, que en otro donde el halo de misterio y la pureza de sus ideales se sustentan, entre otras cosas, sobre unas precarias condiciones de vida, con elevadas tasas de mortalidad y una baja esperanza de vida, como sucedía en Europa antes de la revolución industrial. Y en cualquier caso, aunque nuestro mundo no tenga el encanto del Medievo, siempre nos quedarán sus historias y relatos, en los cuales podemos sumergirnos, siquiera como mero entretenimiento, desde la comodidad que nos brinda la sociedad posindustrial.

 

Comentarios

comentarios