Acción poética

Acción poética

   En la primera parte de estas notas abordaba cuestiones relacionadas con el movimiento de «acción poética» y la hiperpolitización de la vida contemporánea. La idea que allí exponía era la siguiente: el creciente desarrollo de eventos, publicaciones, y digitalización de la producción poética culmina en un proceso de devaluación de la propia poesía, al renegar expresamente de sus fundamentos más básicos. De esa manera, la «democratización del arte» cristaliza en un tipo psicológico propio de la dinámica de masas, y así su pretendido carácter emancipador no refleja otra cosa que la reducción de la dimensión estética a criterios ideológicos, anulando precisamente su potencial crítico y transgresor.

   Por otro lado, en los últimos tiempos parece desarrollarse un fenómeno, no sólo de hiperpolitización, sino además de radicalización de la vida pública. Da la impresión de que hoy día todo el mundo dispone de una opinión política bien definida, desde la cual se permite opinar acerca de casi todo. Así, uno se posiciona en el espectro ideológico que va de la izquierda a la derecha, y en virtud de dicho posicionamiento sostiene con vehemencia sus opiniones, sin sentir la necesidad de poner en cuestión el razonamiento previo que debería justificarlas. Además, parece que cada vez más insistentemente se tiende a identificar cualquier opinión distinta a la de uno como propia de un enemigo o adversario político, y como algo contra lo que hay que luchar en un esquema de acción directa.

   Siguiendo esa lógica, desde el espectro político «de izquierdas» una crítica a la «democratización del arte» se situará en posiciones caracterizadas como «de derechas», y por tanto, cualquier argumentación en ese sentido se entenderá animada por motivaciones conservadoras, afines al sistema de clases, elitista, etc. Poner en cuestión la actual expansión de la «acción poética» será percibido como restrictivo y conservador, precisamente porque lo que se reivindica desde la izquierda es el carácter emancipador, democrático y progresista de la poesía.

   Ahora bien. ¿en qué sentido se podría hablar de emancipación en las artes? Parece que una de las notas definitorias de la obra de arte –siguiendo a los posmodernos- es su capacidad de generar realidad, es decir, su capacidad para introducir en el ámbito de lo real entidades que no existían previamente, o redefinir las ya existentes. Romper con el orden preestablecido (no sólo ni primordialmente en lo político), generar nuevas formas y aumentar el campo de lo real. Hacer proliferar la pluralidad en el eterno retorno de lo diferente, o multiplicar las realidades alternativas. De esta manera, el arte sería emancipador en el sentido más potente de la palabra, pues introduciría al receptor en la dinámica creativa, sugiriéndole estructuras distintas a las realidades preexistentes y forzándole a modificar y ampliar las condiciones de su percepción.

   Por supuesto, resulta sumamente complejo definir qué condiciones o qué criterios hacen que una obra de arte sea precisamente arte y no otra cosa; existe toda una rama de la filosofía dedicada por entero a esas cuestiones. Sin embargo, y de manera bastante intuitiva, parece que el conocimiento de la tradición cultural sería uno de los requisitos para que el artista pueda siquiera situarse o posicionarse respecto de su propia obra, y respecto del espacio que le corresponde en su tiempo histórico. Siguiendo a Ortega, de no hacerlo nos encontraríamos una y otra vez en un estado de naturaleza, un eterno punto de partida: no habría «progreso» o «ruptura» en las artes, puesto que no habría nada sobre lo que progresar ni nada con lo que romper.

   Pero entonces parece evidente que poner en valor el desconocimiento de la tradición, el «anti-academicismo», reivindicar el criterio «profano», lo «fácil» o lo «sexy»; anula cualquier potencia emancipadora que la obra de arte pudiera tener, se posicione el artista como quiera posicionarse en el plano ideológico, ya que lo que no habría en ese caso sería precisamente arte, y entonces tampoco posibilidad de aumentar o redefinir el campo de lo real. Ahora bien, eso no impide que movido por aspiraciones políticas e inmerso en la dinámica de la «acción poética», ese mismo artista pudiera construir una obra auténticamente emancipadora, es decir, una obra de arte; pero ello vendría siempre dado por la dimensión estética de su obra, por el conocimiento de la tradición, por la preocupación y la ocupación en la tarea, por su esfuerzo y su entrega, por la manera en que se sitúa en su tiempo, y no por sus estructuras o ideas previas, máxime cuando esas ideas sugieren valores contrarios a las condiciones que alimentan la creación de ese producto artístico.

   Así pues, resulta cuanto menos ingenuo (si no malintencionado) asociar un planteamiento como el que queda aquí bosquejado a un enfoque «de derechas» en el marco de la política institucional. Pues lo que se defiende en último término es que si la poesía quiere ser libertaria, tiene que ser ante todo, y antes que nada, poesía; y que un producto animado por estructuras ideológicas previas (por muy libertarias que quieran ser), jamás alcanzará el carácter emancipador a través del que se define, pues queda preso de sus propias estructuras, especialmente si la disputa política se articula cada vez más en torno al radicalismo, la mera opinión, y la ausencia de razonamiento crítico.

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