55332892-784c-496c-a0db-61f8519430cb   Desde el siglo XIX con la conocida Ley Moyano la creación del sistema educativo de nuestro país se ha venido constituyendo a trancas y barrancas con leyes y decretos en el ámbito educativo sin un consenso político y social. Y, tras cada legislatura, el gobierno de cambio ha promulgado su ley de educación de una manera arbitraria sin escuchar a las familias, a la sociedad, a los profesores y a la comunidad educativa en general. De modo que un país como el nuestro, donde se han implementado ocho leyes en política educativa elaboradas a troche y moche, y, algunas más que otras, de manera infructuosa, la educación ha quedado bajo los efectos ideológicos hasta el punto de perder de vista lo que realmente ocurre en las instituciones educativas. No tiene ningún sentido elaborar una ley educativa desde un despacho, sin antes tomar consciencia sobre las cosas que se cuecen en las aulas. Si no se tiene esto en cuenta, si quienes asumen, o deben asumir responsabilidades políticas se toman la molestia (más bien la obligación) de contemplar lo que ocurre a diario en las escuelas, en las universidades o en cualquier institución educativa, ¿cómo se puede entonces elaborar una política educativa que pretenda mejorar la educación en España? Por eso resulta una desfachatez tener esperanza por un pacto por la educación, cuando nunca se ha llevado a cabo la confrontación de ideas sin intereses partidistas de unos y de otros.

   Ninguno de los partidos políticos ‒los que gobernaron y los que aspiraban a ello‒, se han tomado el interés en escuchar a un sindicato de estudiantes y profesores; porque les resulta más preocupante elaborar sus discursos demagógicos y oportunistas, antes que sentarse a dialogar y consensuar en beneficio de los ciudadanos. Si no han tenido en cuenta esto toda la calaña que ha sido elegida por la ciudadanía, en establecer un diálogo en pro de las políticas sociales, ¿van a venir ahora, después de más de trescientos días malgastando dinero público en campañas electorales y sin formar gobierno, a hacer un pacto por la educación? Vamos, resulta extraordinariamente cómico creerse que un pacto por la educación en nuestro país se pueda llevar a cabo. El ministro de educación, Íñigo Méndez de Vigo, sustituto de una persona que es mejor no decir su nombre, señaló ante la prensa que su gobierno paralizaría las reválidas que permiten a los estudiantes promocionar de curso, tras finalizar la E.S.O y Bachiller, hasta que no se realice un pacto por el sistema educativo. Algo que además de una hipocresía, es completamente chistoso. Y lo llamativo de todo, es que el propio ministro señaló que la sociedad debe de implicarse también.

   Poco puede decirse de la sociedad española, cuando premia y venera la mediocridad y al mismo tiempo castiga al talento y la excelencia; entonces, ¿cómo se puede valorar la importancia de la educación así? No habría que olvidar que la educación es el compromiso de todo un país para mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos. Tampoco habría que culpabilizar a las grandes leyes educativas de los malos resultados en un ranking internacional; porque la ineficacia del sistema educativo está en el sistema: en tanto en cuanto no es capaz de dar respuesta a las exigencias económicas, tecnológicas y sociales de nuestros días, la culpa como digo, es de todo el sistema (donde la ciudadanía asume también o incluso más responsabilidad que los pulgones que hay en el hemiciclo). Porque si la calaña política aprueba las leyes, resulten útiles o no, los ciudadanos eligen mediante un papel y una urna a quienes deben de mejorar el país. Porque parece que, en nuestro país, no se vota con sensatez, sino imbuidos por el marketing de los líderes de un partido político.

   Así que, si durante cuarenta y un años de democracia, la derecha y la izquierda no han tenido ni la cordura ni el interés en dejar a un lado las barreras ideológicas, partidarias y electores, es muy difícil por no decir imposible que ahora después de la investidura de Rajoy, se vayan a sentar todos los dirigentes políticos en una mesa para preocuparse por la educación. Pensar que va ocurrir lo contrario, es como creer que con un vaso de cristal se puede vaciar el Mediterráneo: una pertinacia y una falta de clarividencia más grande que la Sagrada Familia.

   Está claro que un pacto por la educación no es un popurrí de opiniones. Tampoco es la suma de creencias y postulaciones sobre el qué y el cómo enseñar. Un pacto por la educación es, ni más ni menos, que el compromiso que adopta todo país para mejorar sus condiciones de vida. Y en ese sentido, pues, tan importantes son las opiniones de un ciudadano como de otro, tan necesarias son las perspectivas de un partido político como de otro; siempre y cuando lo que vayan a proponer, sea razonablemente congruente. Pero habría que escuchar ante todo, a celebridades de la cultura y del arte, sin prescindir de la voz de alumnos, familias y docentes.

   Y, claro, para que éso sea posible no hay más que ver el panorama, percatarse de los problemas educativos y tener el suficiente sentido común para dialogar y escuchar. Sin embargo, en nuestra sociedad ni una cosa ni la otra son posibles. De modo que será muy difícil, casi imposible, hacer un pacto por la educación en nuestro país. Así que por lo dicho, espero que algún día llegue a equivocarme. Así lo quisiera.

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