ola-que-ase   Hace unos días publicábamos un artículo en el que se advertía la manera tan escandalosa en la que vapuleamos diariamente a nuestro idioma, normalmente a través de las redes sociales y de la Web 2.0 en general. No es necesario ser profesor de lengua en un instituto para constatar esta lamentable realidad. A poco que usemos estas herramientas, el maltrato de la lengua, a través de la desidia ortográfica o del poco cuidado léxico, es el pan de cada día. No es solo que se cometan algunas faltas aquí o allí o que se utilice alguna palabreja poco apropiada; al detenerse en muchas de las conversaciones que tienen nuestros jóvenes en redes sociales se descubre que la lengua ha perdido su valor más esencial: su carácter comunicativo. En otras palabras, no me entero de nada de lo que dicen ‒al menos yo, supongo que ellos sí‒.

   Son jóvenes, se puede pensar, y están aprendiendo, o no les importa ser correctos en el uso de un instrumento que para ellos sí comunica. «Si me entienden, me vale», podría ser la máxima. Sin embargo, me ha ocurrido que me he topado con adultos, muchos de ellos muy concienciados y preocupados por el uso correcto de la lengua, profesores y escritores, que tienen idéntico nivel de dejadez del idioma en redes sociales o en WhatsApp. ¿Qué puede llevar a estas personas, que conocen bien y respetan las normas, e incluso las protegen y defienden, a saltárselas de buenas a primeras en determinados usos? En la era preWhatsApp cabía pensar que quitar alguna letrilla podía hacer que nos ahorrásemos caracteres, escribir menos para aprovechar más el espacio del mensaje. Incluso podríamos seguir pensando lo mismo en Twitter, donde el espacio de cada mensaje es limitado, pero nos quedamos sin excusa para el resto de redes sociales o para WhatsApp. ¿Acaso se sigue haciendo por costumbre? ¿O es un ejemplo más del conocido principio de la economía del lenguaje?

   Por otra parte, he constatado que esas mismas personas que cometen faltas de ortografía en redes sociales después son capaces de hacer un uso impecable del idioma en otras circunstancias, algo que no ocurre precisamente con los jóvenes. Cabe pensar, por tanto, que las faltas de ortografía que comenten unos y otros se deben a distintos motivos.

   Aunque se ha visto potenciado por las nuevas tecnologías, el uso de abreviaturas del estilo de «k» en lugar de «que» o de «x» en lugar de «por», no es ninguna modernidad. Lo encontramos ya en inscripciones en las primeras etapas del latín. De hecho, este tipo de testimonios plantean una gran cantidad de problemas ortográficos además de las abreviaturas. Utilicemos como ejemplo la conocida inscripción de la fíbula prenestina, considerado el primer testimonio escrito del latín antiguo, atribuido al siglo al siglo VII a. C. La frase, escrita de derecha a izquierda como es habitual en las inscripciones latinas arcaicas, dice «MANIOS MED FHEFHAKED NVMASIOI», cuya transcripción ortográficamente correcta sería «MANIUS ME FECIT NUMERIO» ‒Manio me hizo para Numerio‒. Nada que envidiar a los actuales mensajes de WhatsApp.

   Las inscripciones latinas, con sus abreviaturas y sus faltas ortográficas ‒llamémoslas vacilaciones‒, son una valiosa fuente para saber cómo evolucionó el latín clásico a latín vulgar. Algo que también ocurre con los escasos ejemplos que se mantienen de textos del latín tardío, como la Peregrinatio Aetheriae de la monja galaica Egeria ‒siglo IV‒ o las obras de San Gregorio de Tours ‒siglo VI‒. En ambos casos los errores ortográficos no hacen sino poner en evidencia el uso del latín hablado del período en que se escribió el texto. Y no puede decirse que no existiera en aquellos siglos una conciencia de la gravedad y del empobrecimiento que suponía para la lengua el quebrantamiento de las normas ortográficas y gramaticales. El Appendix Probi, atribuido al gramático Marco Valerio Probo, es un compendio con los errores más comunes cometidos en latín en los siglos III y IV. Muchas de las faltas de ortografía que pretende corregir la lista dan una pista de cómo iba evolucionando el idioma. En correcciones como «PASSIM NON PASSI» o «NVMQVAM NON NVMQVA» vemos la tendencia a la pérdida de la consonante final. Por más que les fastidiara a Marco Valerio Probo y a otros gramáticos de su tiempo, que no tenían nada que envidiar de las cuentas de ortografía que inundan Twitter, el uso incorrecto del idioma se acabó imponiendo y eso fue lo que dio como resultado nuevas lenguas, las romances.

   Pero volvamos a la mala ortografía de los mensajes de WhatsApp. Nada de lo dicho sigue sin explicar por qué hay personas que están concienciadas con el valor de la ortografía y que suelen escribir correctamente, pero que lo hacen mal en WhatsApp. Sospecho que en buena medida esta circunstancia se debe a la relación que hay entre lengua hablada y lengua escrita. La primera es más permeable a los cambios y en ella se han aceptado usos que en la lengua escrita están vetados, como el seseo, el ceceo o la aspiración y pérdida de sonidos. También se permite un uso especial del lenguaje, con tacos o repeticiones, en virtud a la espontaneidad comunicativa y al uso de distintos registros dependiendo de la situación en la que estemos hablando. Ahora bien, aunque más soterrado, en la escritura también funciona el concepto de registro. En las inscripciones latinas encontramos un uso muy específico de la lengua porque es un contexto comunicativo muy concreto. De la misma manera, la comunicación a través de WhatsApp o de redes sociales es un uso de la lengua al que podemos ajustar un tipo de registro escrito. Las personas que cometen faltas de ortografía en WhatsApp y son capaces de escribir correctamente en otros contextos lo que están haciendo es regular el uso de distintos registros lingüísticos. Algo que solo puede hacer quien conoce bien la lengua y tiene un buen dominio de ella. Por eso, las faltas de ortografía que cometen estas personas no son las mismas que las que tienen los jóvenes, que no saben ajustar su uso a la situación comunicativa y escriben siempre de manera incorrecta.

   En la Filología del siglo XIX, por influencia de la Biología y del historicismo heredado del Romanticismo, se pensaba que las lenguas eran organismos vivos que nacen, que se desarrollan, que evolucionan y que mueren. Como todo ser vivo. Aunque esta visión pueda considerarse un tanto superada, gracias al estudio de las lenguas clásicas y al uso del método histórico-comparatista se consiguieron reconstruir lenguas de las que no se conservaban textos escritos. Cuando los gramáticos latinos se empeñaban en corregir las faltas de ortografía de aquellos que usaban el latín vulgar lo que hacían en realidad era intentar luchar contra una tendencia natural de toda lengua: el cambio. Tan poderosa es esa tendencia que puede llegar a producir uno de los fenómenos más insólitos en un idioma: la introducción de nuevas letras. Es lo que ocurrió con nuestra «ñ», símbolo por excelencia del castellano. En la Edad Media la secuencia «nn» se comenzó a escribir con una «n» muy pequeña, denominada virgulilla, encima de una «n» de tamaño normal, y eso, una forma de abreviar al igual que lo es usar «k» en lugar de «que», es lo que dio lugar a nuestra letra patria.

   Muchas de las faltas de ortografía que se cometían, que se cometen en la actualidad, son el reflejo de determinados usos que hace ya tiempo que se llevan a cabo en la lengua hablada. Intentar frenar este proceso, tratar de salvaguardar a todo precio la pureza del lenguaje, implicaría que aún hoy en día estaríamos hablando latín clásico, indoeuropeo, protoindoeuropeo o incluso balbuceos prehistóricos. La mala ortografía es una de las manifestaciones más sublimes de la soberana libertad que tiene un hablante en el uso de su lengua. Algo que no pueden frenar ni todos los gramáticos del mundo, los antiguos y los modernos juntos.

   ¿Quiere esto decir que tenemos que permitir cualquier falta de ortografía porque forma parte de una tendencia natural de todos los idioma? ¿Acaso la RAE no tiene ningún valor? Me gustaría recordar unas palabras del que fuera presidente de la institución Víctor García de la Concha: «La Academia no tiene como misión dar normas para que las sigan los hablantes, sino oír a los hablantes para deducir las normas que hay que seguir». Es decir, que no podemos olvidar que es el pueblo el que hace la lengua y no la Academia. Volviendo al latín vulgar, hoy en día el calificativo «vulgar» tiene connotaciones peyorativas, pero si nos ceñimos estrictamente a su etimología no viene a significar otra cosa más que «propio del vulgo, del pueblo». Si el latín vulgar es el latín hablado por el pueblo, ¿acaso no sería posible llamar «castellano vulgar» al que hablamos y hacemos entre todos? Lo que hay que hacer es conocer y dominar bien la lengua, lo que incluye conocer y dominar los distintos registros lingüísticos y saber regularlos en cada situación comunicativa. Habrá momentos en los que una conversación distendida en WhatsApp permita un uso incorrecto de la ortografía sin que eso signifique que tengamos que llevarnos las manos a la cabeza. Ahora bien, tampoco vayamos a dejarnos llevar por la moda del día, que para eso está también la RAE. Si alguien te saluda en WhatsApp con un «ola k ase» siempre puedes decirle que aunque no te importa su ortografía, no soportas que esté tan pasado de moda.

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