Es muy complicado separar la estupidez del avance científico, especialmente cuando sus inventores fuerzan sus invenciones hasta causarse su propia muerte. La inteligencia humana en estos casos, quizá por su evanescencia, no deja de asombrarme. Es tan esquiva como el rayo de luna de Bécquer, y uno podría cuestionarse si realmente estuvo allí en un primer momento.

   Tras repasar varios hitos históricos mi modesta opinión y mi punto de vista ante esa cuestión es que no. La inteligencia nunca estuvo allí.

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   Es el caso de Max Valier, un hombre del que se dice que fue uno de los pioneros en la industria de los cohetes. Valier era un hombre inteligente y audaz donde los haya, pero en el momento en que explotó no estaba siendo demasiado listo. Quizá ocurriese debido a un error menor, o quizá su muerte se debió a que llevaba varios años tentándola. En 1928, Max Valier y Fritz von Opel (sí, ese Opel) se hicieron amigos y empezaron a experimentar con vehículos de propulsión a cohete. No contentos con lanzar cosas a mucha velocidad, empezaron a lanzar personas a más de 300 km/h. Por eso no deja de extrañar que la muerte de Valier se produjese a velocidad cero, cuando un cohete explotó junto al inventor. Podríamos decir que en 1930 no se disponían de los conocimientos suficientes como para trabajar con cohetes de un modo seguro, pero teniendo en cuenta que el propio Max era el padre de esa tecnología y que llevaba mucho tiempo trabajando en ello, hemos de suponer que algo podía haberse olido antes de que todo hiciera pum a su alrededor.

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   Sin embargo, Valier no fue ni remotamente el primero en experimentar con cohetes y morir por ello. Ese récord lo ostenta Wan Hu, un funcionario chino del 2000 a.C. que estaba convencido de que el hombre podría volar. Era todo un visionario, aunque un visionario loco y bastante peligroso, ya que también estaba seguro de que serían grandes cantidades de pólvora las que le ayudarían a alcanzar el cielo. Fue por eso que fabricó un trono sobre una alfombra bajo la que reposaban 47 cohetes que mandó encender a la vez, explotando y muriendo en el proceso.

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   Los vehículos propulsados –especialmente los voladores– han sido una buena fuente de muertes de científicos, ingenieros y arquitectos que hoy podríamos asegurar pirados o completamente idos de la cabeza. Dos ejemplos de casos parecidos son los de Valerian Abakovsky y Henry Smolinski, quienes no contentos con el tren de 1921 y el coche de 1973 respectivamente, decidieron hacerlos alcanzar velocidades enormes para los que la tecnología no estaba ni remotamente preparada. De hecho, la misión de la empresa fundada por Henry fue la de hacer volar a los turismos, quizá en un anticipo de Regreso al Futuro. Y hay que decir en su nombre que lo consiguió, al menos durante un tiempo. Como por desgracia se conoce, no fue así un septiembre de 1973, en que una de las alas del The flying pinto, un prototipo funcional, se partió en pleno vuelo. El vehículo cayó en picado, matando a Smolinski y a un compañero. El caso de Valerian Abakovsky es mucho más exagerado. No contento con matarse a sí mismo, Abakovsky (de 25 años por aquél entonces y para siempre) subió a su vagón de madera propulsado mediante una hélice a 22 personas más, de las que mató a siete al hacer descarrilar el invento e hirió a todos los demás de cierta gravedad.

   Pero las muertes absurdas a manos de inventores (me pregunto por qué siempre hay varones al mando) no solo se han dado en tierra o cruzando el cielo en una llamativa bola de fuego. El mar puede ser un lugar ideal en el que matar personas con tu invento. Hito que logró, de quien conociendo su historia no sorprende que matase a trece personas. Hunley fue un defensor del esclavismo americano y luchó en la guerra civil en el bando confederado diseñando el primer submarino que hundiría un buque enemigo. Pero también consiguió hundirse a sí mismo, y matarse. Hunley, en un alarde de originalidad,  fletó el submarino Hunley en 1863 y no llegó a sobrevivir a su invento. El 15 de octubre de ese mismo año, y tras haber matado a cinco personas tras un primer hundimiento, mató a otras siete más con una segunda huida a las profundidades. Y a sí mismo.

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   Aunque si tenemos que mencionar a alguien como inventor de un aparato de metal en el que morir atrapado, ese es sin lugar a dudas Perillos de Atenas. A él le debemos el toro de bronce, una estatua de metal hueca. Esta estatua era un instrumento de ejecución, y funcionaba encerrando a un hombre dentro y prendiendo fuego a la base. Para cualquiera que haya hecho comida a la cazuela sabe que alguien no sobrevivirá al proceso. Perillos también lo sabía, pero quiso demostrar cómo funcionaba ante Phalaris, probablemente uno de los mayores tiranos de la historia. Y aquí esta se divide en dos:

  • Phalaris quemó vivo a Perillos dentro de su toro.
  • Phalaris encendió el toro pero sacó a Perillos de él antes de que muriese, solo para arrojarle por un barranco.

   Sea como fuere, ninguno de los dos finales acabó bien para él, como tampoco terminó bien para Franz Reichelt, uno de los inventores del paracaídas. Ya hemos hablado de su experimento en la Torre Eiffel en una ocasión. Resultaba obvio que las telas que llevaba no frenarían su caída. Lo sabían sus amigos, la policía francesa y, probablemente, el propio Franz. Algo que no le impidió saltar desde el primer piso de la Torre Eiffel un 4 de febrero de 1912 y hacer un boquete de 15 cm de profundidad en el adoquinado.

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