Despierto sobresaltado tras una noche algo agitada. Sé que es una forma muy poco novedosa de anunciar una mala noticia, y sé que la literatura está llena de ejemplos en los que los personajes se despiertan sobresaltados para descubrir una tristeza agónica que les inundará durante los capítulos siguientes, pero esto no es literatura, o quizá sí.

   Ayer, las clases que imparto en un curso de creación se alargaron hasta entrada la noche; llegué a casa, cené acompañado de mi perro, que esperaba paciente a que compartiera con él algún trozo de la pizza precocinada que había horneado con prisas, y después de leer algunas páginas de la novela de Pirsig que arrastro desde hace demasiado tiempo, metido entre mantas, me dormí. Hoy despierto antes de lo esperado –no suena Suzanne, como todas las mañanas–, despierto porque alguien me llama, pero no logro alcanzar el teléfono a tiempo. Cuando llego al escritorio, la pantalla del móvil está llena de mensajes. Mis amigos me conocen, me acompañan en esta tristísima noticia antes incluso de que abra los ojos. Leonard Cohen ha muerto. Busco el grupo de WhatsApp de mi curso de creación: esta vez no les envío algo gracioso, no es una imagen de la Estatua de la Libertad escondiéndose tras el triunfo de Trump en las urnas, no les animo a escribir una prosa poética para el jueves que viene. En las redes sociales, la gente ha empezado a compartir los artículos que se han escrito en El País, El Mundo, La Vanguardia, El Confidencial… Sigo la corriente. Lanzo un par de tweets: uno por voz propia; el otro, por voz de los personajes de mi novela –ellos también querían a Leonard Cohen–. Cambiamos la imagen del perfil de Facebook. Subimos una fotografía a Instagram. El nuevo mundo funciona así. Para algunos a quienes sinceramente nos da igual cuántos likes o cuántos retweets cosechemos, esta es nuestra forma de reunirnos en un tanatorio inexistente y llorar abrazados, compartir historias, sonreír al recordar, consolarnos y sentirnos unidos, a pesar de la enorme distancia, como cantó la Chamana; quizá estos actos nos acercan, nos reúnen, quiero pensar que es así. Pero no es hasta después de comer, que me siento frente al ordenador y hago sonar Leaving Greensleeves, y lo entiendo. Lo entiendo. Y duele. Leonard Cohen nos ha dejado.

Now, Suzanne takes your hand and she leads you to the river… Fuente: HuelvaHoy.

Now, Suzanne takes your hand and she leads you to the river… Fuente: HuelvaHoy.

  Descubrí a Cohen como se descubre el amor: por casualidad. En un viaje a ninguna parte, alguien me preguntó en susurros si me preocupaba siquiera la música. Desde entonces, sus canciones me han acompañado en los momentos felices, pero también, especialmente, en los momentos más amargos de mi vida. Lo he encontrado en tantos y tantos lugares, que siempre he pensado que caminaba a mi lado, que me perseguía, o para ser más justos, que yo lo perseguía a él, como un grouppie inconsciente y enamoradizo: en el Greenwich Village, socarrón y divertido, aullaba con Ginsberg y Dylan, porque uno no podía regresar a casa con una erección; en la puerta del Chelsea Hotel he sentido los rojizos latidos de esos balcones de forja y de todas las historias que callan sus paredes, en la línea A del metro de regreso del Harlem, pensé que si primero tomábamos Manhattan, luego podíamos tomar Berlín. En Fuente Vaqueros me animó a bailar un vals por las calles, y allí nos tenías bailando por el Paseo del Prado, y por los pasillos del Covirán, entre paquetes de galletas y garrafas de lejía, un vals que, a pesar de no ser suyo, era suyo, y era mío, y ya es de todos. Cuando la cuenta corriente se queja, cierro los ojos y de repente me encuentro conversando con Enrique VIII, y tan pronto como ha dejado de llorar ya hemos abandonado Inglaterra y ahora Canadá se nos presenta salvaje y mística. Recorrí la londinense Shaftesbury Avenue repitiéndome que todo el mundo sabía que el capitán había mentido. Pero así es como funciona, ¿verdad? Y en Madrid, cantad otra canción, chavales. Y en Barcelona, bailemos hasta el fin del amor. Y en Málaga, ¿por qué no lo intentamos? Tantos recuerdos, tantas vivencias.

Show me slowly what I only know the limits of… Fuente: ABC.

Show me slowly what I only know the limits of… Fuente: ABC.

   Hace unas semanas, con toda la polémica por el Nobel de Literatura otorgado a Bob Dylan, algunos de los asistentes a mi grupo de creación me preguntaron qué opinaba yo al respecto. Yo respondí con sinceridad: el hecho de que la música y la literatura han ido siempre de la mano, como un matrimonio bien avenido, es incontestable; no obstante, en mi lista particular, Bob Dylan no figuraba en las primeras posiciones, y sí, por ejemplo, Leonard Cohen. Mientras escribo estas líneas alguien me dice que Nick Cave ha publicado en su Facebook que Leonard Cohen ha sido el mejor cantautor de todos los tiempos. No pocos estaremos de acuerdo con semejante afirmación. Sus dos novelas, sus libros de poesía, sus dibujos. Sus entrevistas. Sus conciertos. Su sinceridad. Sus premios. Su humor. Sus canciones. Y todos sus hijos, que miramos al padre, todos los que alguna vez hemos bebido de sus versos, de su música, todos los que nos hemos sentido llenos después de escuchar su voz, o reconfortados.

It's a cold and it's a broken Hallelujah… Fuente: Hipertextual.

It’s a cold and it’s a broken Hallelujah… Fuente: Hipertextual.

   Me disculparéis que no haya optado por escribir un artículo repasando la carrera de Cohen: eso lo podréis leer en cualquier medio generalista, en otros blogs, en la Wikipedia; la televisión pasará unos días hablando de ello, posiblemente algún suplemento dominical saque un reportaje y se cuenten anécdotas. Las librerías desempolvarán los viejos ejemplares de Visor, y los pondrán en las estanterías. Alguna radio rescatará el Hallelujah. Más allá de recordar su Príncipe de Asturias, su relación con Janis Joplin, sus momentos más destacables, esas declaraciones en las que decía que estaba preparado para morir, aunque tiempo después se retractara: “Creo que exageré”; más allá de todo eso, para mí Leonard Cohen ha sido mi Leonard Cohen. Estoy seguro de que para ti, Leonard Cohen ha sido tu Leonard Cohen. Muy pocos cantautores, muy pocos poetas, muy pocos artistas pueden decir eso. Y ahora, llegó el momento de decirle adiós. Triste y sincero adiós. Un adiós sin lágrimas en los ojos, porque ¡hey! Esa no es forma de decir adiós. Bien los sabías, Leonard. Adiós. Hasta siempre. Y gracias por tanto.

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