niebla-2   Veía Tesis, de Amenabar, con una expectación similar a la primera vez. Había pasado mucho tiempo desde la última ocasión en que la había visto, por lo que podía disfrutar de la película de una manera más auténtica y virginal. Cuando estaba a punto de llegar al clímax de la película, uno de mis compañeros de piso —digno de formar parte del elenco que aparece en El compañero de piso de mierda, de Giuseppe Angelo Fiori— irrumpió en el salón por decimotercera vez en algo menos de una hora para volver a gritarme sus delirios y revelaciones espirituales vomitadas tras haber dormido la borrachera de la noche anterior. Tuve que pausar —también por decimotercera vez— Tesis y, tras verle oscilar peligrosamente sobre el cable HDMI y abandonar el salón, comprobé que, al volver a reproducir el vídeo, este ya no funcionaba. Seguí tratando de ponerlo en marcha, pero mi intento fue estéril y terminé por darle al teclado del portátil el manotazo que quisiera haber dado a mi compañero… unas cuantas teclas saltaron antes de fundirse a negro la pantalla.

   Al día siguiente llevé el portátil a la tienda de informática más cercana. Recuerdo que había una niebla rara, espesa, casi viscosa que había descendido hasta pegarse al suelo y extenderse unos dos metros hacia arriba como si fuera una extraña cortina. Todavía creo que fue la niebla la que me hizo sentir una especie de mareo extraño. También fue mi aliada, ya que, de camino a la tienda, me crucé con un conocido al que debía algo de dinero y pude aprovechar el aire vaporoso para camuflarme y no saludarle tranquilamente.

   Dos semanas después, y tras haberme pasado por la tienda en cada una de las fechas que el informático había señalado en su calendario para tener resuelto mi problema, les llamé para que me dijeran que era imposible recuperar la información del disco duro. Sentí entonces un enorme vacío; eran cientos los textos que guardaba allí: relatos, artículos, poesías…, hasta novelas, y desde luego nunca había hecho una copia de seguridad. Entendía ahora a un Georges Perec que, cincuenta años antes, en 1966, había perdido sus manuscritos en una mudanza fatal.

Georges Perec

Georges Perec

   Tras recoger el portátil de la tienda, fui corriendo a casa y me esforcé en tomar notas de los recuerdos que me quedaban de lo que había escrito —y ahora, irremediablemente, perdido—; recordaba que casi todo tenía, no obstante, algo en común: estaba sin acabar. Guardaba algunos de esos textos pensando que solo les faltaba un leve impulso, una idea, una frase genial para convertirse en algo memorable; los guardaba con el mismo mimo con el que debía de cuidar Walter Benjamin a su último manuscrito, oculto en su pesada maleta y asesinado junto al propio Benjamin en Portbou.

   Después de unos días, sin embargo, comencé a sentir cierta ligereza; además de que tenía muchos textos en libretas, diarios o cuadernos —aunque algunos de estos cuadernos también estaban extraviados—, sentía que me había librado por fin de la insoportable responsabilidad de finalizar todos esos relatos o artículos. Recordaba que, en lo que concierne a este blog en el que llevo más de un año sin publicar nada, había escrito alguna vez al coordinador, Alejandro Gamero, contándole mis ideas para nuevos artículos, creyendo que así me forzaría a poner una fecha y terminar algo de una vez. Incluso mi idea anterior era ya un artículo sobre la imposibilidad de escribir, del que solo recuerdo que comenzaba así: «Este artículo es la historia de un fracaso. No, en realidad este artículo es la historia de muchos fracasos».

Eduardo Mendoza junto a Kafka

Eduardo Mendoza junto a Kafka

   En lugar de subirlos a la popular nube, ahora solo espero poder seguir perdiendo todos esos textos que no soy capaz de finalizar, y que los pocos que realmente tengan algún valor me vuelvan a la mente de una u otra manera. No obstante, tras correr a casa, dejé apuntadas tres ideas sobre artículos que tenía en preparación y que querría haber publicado en este blog. Tal vez pueda librarme de mi enfermedad literaria soltándolas aquí y de paso tal vez pueda ayudar a algún escritor aquejado del ya manido mal de la página en blanco. Espero que alguien los aproveche y que me avise para ver el resultado. Mis ideas eran estas —y mientras las escribo espero perderlas, de una vez por todas, en la niebla—:

  • Una falsa entrevista a Eduardo Mendoza, que cuando recogió el XV Premio Franz Kafka en Praga alabó al autor checo, olvidándose de su famoso discurso de unos años atrás diciendo que era «muy mal escritor». Estaría bien que Mendoza acabase por pedir perdón y anunciar que deja su carrera literaria.

  • Un artículo sobre la muerte de Boris Vian en el cine mientras veía la película basada en su libro Escupiré sobre vuestra tumba. Seguiría con la conexión de Vian y el cine, comentando que la película Eternal Sunshine of the Spotless Mind, de Gondry, también está basada en dos relatos de Vian y que sin embargo su guionista ganó el Oscar al mejor guion original.

  • La lucha entre los escritores y los narradores. La escritura como arte por la escritura frente a la escritura como medio para narrar una historia. Aunque no me posicionaría, sí despreciaría al osado Coelho al decir que un ejercicio de pura escritura como el Ulises, de Joyce, había hecho mucho daño a la literatura.

Es mejor ser rey de tus silencios que esclavo de tus palabras

William Shakespeare

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