En otro artículo titulado El sentido de la Literatura I abordamos una definición del arte de la palabra como una reinvención del ser humano, una razón por la cual el mundo interior del lector va enriqueciéndose conforme avanza tras cada página, tanto en una novela como en un poemario. Ahora bien, al transcurso de la lectura, ¿cómo dejarse seducir? ¿Cómo apreciar que hay belleza literaria en esa narración? ¿O puede que la narración, en sí misma, no tenga ninguna belleza? Lo cierto es que el propio término de belleza afronta diversas connotaciones. Pero, a grandes rasgos, podríamos decir, como definición principal –e inequívocamente– que la belleza es el conjunto de rasgos físicos y psicológicos que le otorgan a una persona, o cosa, más atractivo; se genera, así mismo, una evocación de sentimientos y percepciones que despierta en la propia persona una reacción ante un conjunto de estímulos. Atendiendo a esta definición, ¿cómo aprecia un lector que un libro, además de estar bien escrito, goza de tener belleza literaria? Pero ¿qué es la belleza literaria? Es un tema muy complejo de discernir; sencillamente porque cualquier libro está sujeto a infinitas interpretaciones. O dicho con otras palabras, una misma novela no será interpretada dos veces por igual, en tanto que de un lector a otro, los escenarios tienen otros colores, los personajes son atribuidos con rostros diferentes, y el desarrollo de los acontecimientos se hilvanará muy distintamente a pesar de que la narración y la trama en su totalidad son la misma.

   Habría que distinguir dos cualidades de cada libro: una, de manera subjetiva: y es que la trama puede o no conectar con el lector, le puede enganchar más o menos, generarle intriga y hacerle desgranar a su imaginación lo que pasará de una página a otra. Otra cualidad inherente, objetiva, y es que el libro esté bien escrito o no. Luego, ¿es lo mismo una buena escritura que la belleza literaria? No, aunque puede parecerlo. La buena escritura de un texto se caracteriza por la exactitud de las palabras, el dominio léxico y el control de la sintaxis, junto con los signos de puntuación y la clarividencia de las ideas. Un ejemplo de ello, sería la crónica de un periódico. O lo que es lo mismo, un texto expositivo.  La belleza literaria, por su parte, traspasa la simple narración, en tanto que no puede prescindir del empleo de figuras retóricas y el ritmo que se genera en cada párrafo; de modo que, un texto es literario, en la medida que es riguroso no con lo que dice, sino cómo lo dice. Entonces ¿quién determina la belleza literaria? ¿Un lector? ¿Un crítico literario? ¿Unos atributos filológicos? Puede que un poco de todo. Y si el sentido de la belleza cambia a través del tiempo, ¿también cambia el sentido de la belleza literaria?

   A decir verdad, las obras que poseen cualidad estética son más seductoras para un lector plural, es decir, un lector variado que no sólo se conforma que un solo género; un lector valorativo y que no juzga al libro por su portada, ni por la extensión de sus páginas. Éstas son, indudablemente, obras en las que el marco narrativo es algo más que un conglomerado de palabras y letras; y lo triste muchas veces, es que obras de gran belleza literaria no son muy conocidas, ni tan siquiera muchas de ellas llegan a diluirse entre los lectores. Con muchísima suerte, dichas obras consiguen convertirse en Long Seller, es decir, Literatura que se lee a lo largo del tiempo. Puede que la belleza literaria sea la expresión artística menos valorada o apreciada para la sociedad actual. Puede también que el arte de la palabra quede a la deriva conforme la sociedad vaya venerando, como hoy en día, otras formas de entretenimiento –aunque sea un entretenimiento ruin y mediocre–, sobre todo el que vemos a diario en las redes sociales, o el apogeo de los videojuegos. Al igual que pasaba con los juglares y trovadores, quienes, de pueblo en pueblo, iban haciendo espectáculos por medio de la palabra y los malabares, los buenos literatos y todos aquellos escritores y escritoras que consiguen crear belleza literaria, irán quedando en la cuneta del tiempo, casi al borde del olvido. ¿Por qué? Pues porque la sociedad española ha ido poco a poco perdiendo en sentido de la belleza literaria, consecuencia producida por la pérdida del hábito lector. Y es que, según las encuestas del CIS, dos de cada tres españoles reconoce no haberse leído un libro durante el año. A medida que pasan los años y las décadas, la gente va leyendo menos y condenando a los libros al borde de la invisibilidad. Tiempos en los que a falta de hábitos lectores, habrá más individuos bobalicones o incluso mentecatos de remate. En ese sentido, ¿se apreciará la belleza de un libro dentro de treinta años, igual que se puede apreciar hoy día? No, está claro que no. Por eso, a medida que pase el tiempo, las diversas obras literarias –por mucha belleza que tengan– afrontarán grandes escollos por seguir vivas

   Me pregunto muchas veces, si la gente aprecia la belleza de una obra de arte, independientemente de que ésta le transmita más o menos. Si la gente aprecia el fondo y la forma de una creación artística que pretende, ante todo, seducirnos, engatusarnos como espectadores hasta crear una ensoñación entre las cualidades del artista y los sentidos de quien mira, oye, lee, palpa, escucha y juzga en última instancia el sentido de toda esa creación. ¿Qué sería de un libro o de una obra artística si no tiene belleza, si no pretende ser atractiva en sí misma? Lo que está claro, es que en la belleza literaria entran en juego el lenguaje y el pensamiento. El qué decir y el cómo contarlo; éso, es lo que distingue a un libro de otro. La oportunidad de dejarse seducir por un buen libro. El inmenso disfrute que proporciona su lectura. Algo que en nuestros días, la necesidad de recurrir a un libro, o de considerar a un libro como producto de primera necesidad, parece que se está perdiendo.

   Continuará…

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