Hombres felices de Felipe R. Navarro

Hombres felices de Felipe R. Navarro

   El escritor dominicano Juan Bosch escribió en una ocasión que es mucho más difícil lograr un buen libro de cuentos que una novela buena. Pensemos que una novela de doscientas páginas podría escribirse, a buen ritmo, en unos dos meses; en cambio, según su razonamiento, para escribir un buen libro de cuentos con esa misma extensión harían falta mucho más de dos meses. Por su parte Cortázar, que algo sabía de esto, lo describía diciendo que el cuento gana por KO y la novela por puntos. Parece de sentido común que conseguir más de un KO con un libro sea más difícil que conquistar por puntos el corazón de un lector. Por eso, cuando uno se encuentra una rara avis como esta, se siente afortunado.

   Otra cuestión aparte sería la de considerar como lo mismo un puñado de buenos relatos que un buen libro de relatos. ¿Debe existir un hilo conductor para que podamos considerar un libro como lo segundo y no como lo primero, a pesar de estar todos reunidos bajo un mismo volumen? No cabe duda de que Hombres felices de Felipe R. Navarro es uno de esos libros de relatos que te procuran más de un KO, por mantener la terminología cortaziana, pero que tenga buenos relatos no implica necesariamente que sea un buen libro de relatos. En estos casos, antes incluso de mirar la primera página, uno suele echar mano al título del libro en busca de un posible itinerario. Es frecuente que se incluya dentro de la colección un relato con más peso o más significativo o más amplio que dé nombre al conjunto. No ocurre en el libro de Felipe R. Navarro. Dentro no hay ningún «Hombres felices», que no hombres felices. Decir que los relatos que conforman esta recopilación tratan sobre hombres y sobre felicidad sería demasiado general y ambiguo, como decirlo todo y no decir nada. Pero tampoco sería decir ninguna mentira. Al fin y al cabo, las dos citas iniciales, una de Rodolfo Fogwill y otra de Manuel Vilas, hablan de la felicidad, uno de los anhelos más ancestrales y universales del ser humano.

   «Nadie es feliz aquí», dice Vilas, «pero lo disimulamos muy bien». ¿Acaso podría ser este el lema de los dieciocho relatos que forman el libro de Felipe R. Navarro? ¿Es fingida o veraz la felicidad de su personajes? Un punto de partida necesario, pero que excede los límites y propósitos de esta reseña, sería el de considerar qué es la felicidad o si es lo mismo para todos los hombres, una pregunta que la literatura ha intentado responder como tantas otras desde sus orígenes. En las aristas está la clave, porque si la respuesta fuera única sería muy aburrido. Parece verdadera en el Sísifo de «Orígenes del turismo», condenado eternamente a cargar una y otra vez con una piedra por la misma pendiente y que ríe a carcajadas cuando consigue romper el ciclo. ¿Lo es el hombre de «Amarillo limón» que juega al fútbol con su hijo y que tal vez ‒solo tal vez‒ ve en esa pequeña personita que da patadas a un balón una superación de sí mismo? ¿O el hombre de «Tarde de circo» al que la demencia senil le ha llevado a pensar que está rodeado de personas que trabajan en un circo, payasos incluidos? Cualquiera podría pensar que no lo es Homero en el mito reinventado de «Argos» porque nunca cantará el viaje de Ulises, o por lo menos no podrá serlo la Humanidad, privada de la Odisea. Y no lo es, desde luego, el amante de «Apuntes para una celebración» que desde lejos observa al novio y a la novia.

   Felipe R. Navarro practica el humor como uno de los caminos a la felicidad, pero es un humor teñido de ironía, ácido, el atrezzo perfecto para esa apariencia de felicidad disimulada. Así se encuentra en «Un modelo» o en «Let´s talk about the weather». Un humor que entra con descaro en el terreno de lo absurdo, de lo surrealista, de lo kafkiano. Porque Felipe R. Navarro no solo no oculta su preferencia por Kafka sino que la pone de manifiesto en un relato, «Óxido», que bien podría estar protagonizado por el escritor checo. Menos explícito pero más interesante es la referencia en el relato «El orden lógico de las cosas», en el que la realidad se pone patas arriba con una capacidad de síntesis y de sugerencia digna de Cuadernos en octava. Extraña la constante referencia a Kafka, que no era precisamente el alma de la fiesta, en un libro que trata sobre hombres felices. «Necesitamos los libros que nos afectan como un desastre, que nos afligen profundamente, como la muerte de alguien a quien queremos más que a nosotros mismos, como ser desterrado dentro de un bosque lejos de cualquiera, como un suicidio», escribió el autor de La metamorfosis. Y también: «Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo?».

   Ese hachazo kafkiano ‒o, si se quiere, KO cortaziano‒ lo producen algunos de los relatos de Hombres felices. No todos, no nos engañemos. Ni una buena novela puede tener solo páginas buenas ni un buen libro de relatos puede estar formado solo por buenos relatos. Pero solo por leer unos cuantos buenos relatos ya merece la pena probar suerte con Hombres felices. Sea por su Sísifo aparentemente liberado, o por su Homero mudo. Sea porque el estilo es impecable y aunque no nos enteremos de nada, véase «Te diré cómo lo haremos», o porque intuyamos que en los cimientos del relato hay mucho más de lo que vemos en la superficie, caso de «¿Hacia dónde abre esa ventana?».

   O simplemente porque en muchos de los relatos se plantea la metaficción y la metaliteratura como temas principales ‒o secundarios‒, y eso a muchos de los lectores nos vuelve locos. ¿Por qué, si no, íbamos a estar tan alucinados por Vila-Matas? El plato fuerte es «La modificación sustancial de las condiciones de trabajo» que, en palabras del autor, es la «historia de una mujer o la historia de una mujer como categoría o la historia de quien cuenta la historia de una mujer y no lo es». O el relato titulado a la manera barroca «Siempre hay un momento en que un escritor escribe un cuento como este, porque todos los escritores se ven zarandeados en algún momento por una guerra o una crisis; o por ambas», que aviso que no consigue colmar las expectativas generadas por su título. Pero si somos lectores y esto no nos convierte en hombres felices no me imagino qué podrá hacerlo. No quiero decir con esto que el libro de Felipe R. Navarro garantice la felicidad, pero desde luego sí que te da ese cosquilleo que te entra cuando lees un buen libro ‒¿le pasa a alguien más o solo a mí?‒.

   Este libro es uno de los nominados al Premio Guillermo Baskerville organizado por Libros Prohibidos.

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