Así no vamos a ninguna parte de Pablo Garcinuño

Así no vamos a ninguna parte de Pablo Garcinuño

  Nunca podremos agradecer lo suficiente el trabajo de las pequeñas editoriales independientes que apuestan por autores nuevos y los difunden con un cuidadísimo trabajo. Un ejemplo es 120 pies, de quien ya reseñamos El salto de Trafalgar de Ernesto Rodríguez. Con Así no vamos a ninguna parte el agradecimiento es aún mayor, porque no solo han editado una excelente colección de relatos sino que, en buena medida, se les puede considerar responsables de que exista el el libro, tal y como el propio autor reconoce en su blog. Algunos de ellos ya existían pero la mayor parte fueron escritos expresamente para este libro, lo que da una idea de la unidad que existe en el conjunto, algo que no siempre está presente en los libros de relatos.

   Lo primero que llama la atención es que un autor joven haya decidido ambientar la mayor parte de sus relatos en un ambiente rural, como pasó en su día con Jesús Carrasco y su Intemperie. Pero si este sustenta la ambientación sobre un milimétrico uso del lenguaje, Garcinuño utiliza un humor un tanto absurdo y delirante, a ratos surrealista. Enfrascado en ese ambiente rural, el autor explora lo cotidiano, lo insustancial, consiguiendo arrancarle a menudo un pellizco de fantasía. Dedos que tienen voluntad propia y que pueden escaparse de la mano a tomar viento, la talla de una Virgen que se convierte en santo barbado por obra y gracia de una restauración, una mujer capaz de generar monedas de plata de vete a saber dónde o libros que se comportan como animales salvajes son algunas de esas migajas de irrealidad que Garcinuño consigue arrancarle a lo real. Y si no hay posibilidad de sacarle lo fantástico a la existencia, pues se le inventa, como ocurre en «El gigante de Puebla de Alcocer», que para algo es literatura.

   Uno podría pensar, aunque no sea el caso, que la mayor parte de las historias transcurren en el mismo pueblo, lo que relato a relato va conformando un espacio que, aunque falto de nombre genérico, podría recordar a la Comala de Rulfo, uno de los referentes del siglo XX en cuanto a relatos rurales. Quizá por eso hay en Así no vamos a ninguna parte un aire a realismo mágico sudamericano, eso sí, en pequeñas dosis. También recuerda al ruralismo esperpéntico de Amanece, que no es poco de José Luis Cuerda. «Esta película no es sub-realista, sino sub-ruralista», comentó el director Gianni Toti sobre la cinta de Cuerda, queriendo decir que estaba por debajo del ruralismo, de esa manera de vivir. Creo que el comentario de Toti también es aplicable al libro de Garcinuño.

   Otro de los puntos en común es la tendencia a observar los elementos más trascendentales como si no tuvieran importancia, y los más insignificantes como si fueran totalmente trascendentales. Pasar de un gazpacho a un récord mundial, el que congregó a 243 Antonios en la Plaza Colón de Madrid, y de ahí a una muerte absurda; comer moscas primero como pasatiempo y después como devoción; situar una historia de amor en el trabajo más aburrido y absurdo del mundo ‒contar cuántas personas suben y bajan de un autobús‒; convertir la ventana que da a un patio interior de un séptimo piso en el sucidadero del barrio. Son estos solo algunos ejemplos.

   Pero aunque tenga humor conviene no esperar la carcajada constante. No en vano el libro se titula Así no vamos a ninguna parte, en homenaje, por cierto, a J.D. Salinger, de cuyo relato «Linda boquita y verdes mis ojos» se ha tomado esa frase. No es solo el guiñó a Salinger, es que esa falta de salida, ese bloqueo existencial, está presente en muchos de los personajes del libro. Humor en sus páginas, sí, pero también fracasados, marginados, desplazados, lo que deja un sabor agridulce. La enigmática señora Brígida de «De la orina de papá» o el Patalajo de «Porrompompón», con su granada en la riñonera, bien podrían ser personajes sacados de Los santos inocentes de Delibes. El equilibrio entre lo humorístico y lo trágico, siempre complicado, es uno de los aciertos del libro.

   En cuanto al estilo, el autor huye del artificio y de la grandilocuencia. El planteamiento más original, quizá, sea el de «Porrompompón», donde va encadenando las historias de distintos personajes para crear un relato coral. Por lo demás, casi todos los relatos tienen un desarrollo lineal, planteados en muchas ocasiones a modo de pinceladas, con una escritura correcta y sencilla pero al mismo tiempo precisa, fluida y amena. Pequeñas píldoras sobre la condición humana que se dejan leer con fruición. Conviene no perder a Pablo Garcinuño de vista.

   Este libro es uno de los nominados al Premio Guillermo Baskerville organizado por Libros Prohibidos.

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