David Bowie y Carrie Fisher son los primeros nombres que me vienen a la mente de una larga lista artistas de fallecidos en 2016, y por la que este año ha sido llamado “un año trágico” no solo en el mundo de la música y en el de la cultura en general. Da la impresión de que salvo el ocasional artista que ha ascendido este año a la fama, todo ha sido pesadumbre y hecatombe.

   Trágico, deprimente, maldito, triste… menos alegre, todos los adjetivos con los que el mundo de la cultura etiqueta este año tienden a la melancolía de quien nos ha dejado (es cierto que no son pocos), y  se tiende a pensar que este 2016 ha sido uno de los peores, si no el peor. Pero estamos dejando escapar e ignorando un hecho matemático ineludible: cada año morirán más artistas que el anterior, y no podemos hacer nada por evitarlo.

Morir es el destino de todos los que están vivos

   No es por ser cenizo, ni por hacer pasar un mal rato al lector, porque este punto toca no solo el final de la vida de los artistas, sino de todos los humanos en general. Es uno de esos puntos inevitables de la vida, único destino cierto de toda persona: que uno termina por morir y que se le despide –si tiene suerte– con elogios. Si no la tiene, como poco se le declara por muerto y puede uno acabar saludando a un estudiante de medicina con las tripas fuera.

   Para los artistas conocidos, esos que salen en la televisión, el primero de los finales (llamémoslo con honores) es más frecuente. Incluso cuentan con lágrimas internacionales, a diferencia de las que la mayoría disfrutamos, que vienen de nuestra familia y da gracias. Para los artistas ocultos, lo frecuente es el anonimato, y que su carrera despegue después de haber dejado de respirar ellos, siendo esto último trágicamente común.

   Es por aquellos artistas conocidos que marcaron nuestras vidas haciendo algo intrépido que 2016 llora, y nosotros con él. Por gente importante, cuya muerte es un hecho casi tan destacado como aquello que hicieron estando vivos, y que llena más titulares. Algún artista al borde del anonimato pensará que igual le conviene dejar de estar vivo para así poder reclamar un poco de publicidad para su obra.

   Otros, más cercanos al momento final, quizá tengan en mente que su obra carece de relevancia al no poder extender sus últimos días ni convertirlos en años. Que los noticieros demostraran tanta velocidad al momento de despedirse determinado artista solo se puede deber al hecho de que el final era algo previsible, inmutable y que alguno estaba ya cercado por cuervos volando en círculos a su alrededor visibles en la distancia.

   En otras palabras: se murieron porque tenían que morirse, porque morir es el destino de todos los que están vivos, y los famosos no iban a ser menos.

Es cuestión de números

   Vuelvo sobre el título, ahora para hacer hincapié sobre el más que marca las cantidades que tanto han sorprendido en 2016 que ya querremos en 2017. Y es que el año que entra terminarán su vida más artistas que el año pasado, es inevitable.

   Las estadísticas no engañan, y los números nos dicen que cada vez seremos más humanos en este planeta (aunque es posible que haya un límite sobre los 10.000 millones de personas). Esto indica que habrá más de todo: bomberos, médicos, contables y, claro, más artistas. Esto, para cualquiera que eche cuentas, le viene a decir que dentro de poco fallecerán más personas de cualquier profesión que en la actualidad.

   Pero hablemos de números, que ayudarán al lector a entender de qué estoy hablando, y de las proporciones. Aunque iba a empezar por 1950, momento de nacimiento aproximado de muchos de los que este año nos ha dejado, me he remontado hasta 1900, año del que por fortuna tenemos datos.

   1900, año en el que la población mundial alcanzaba los 1.650.000.000 habitantes, Wikipedia destaca 858 nacimientos de personalidades públicas conocidas, que abarcan desde políticos a científicos, pasando por artistas de todo tipo, y 266 fallecimientos. Diez años años más tarde, en 1910, en el mundo nacían 978 estrellas (un 13,9% más) y fallecían 321 (un 20% más).

   No es muy complicado determinar un patrón, y acertar diciendo que, de la década de 1990 en adelante (26 años o menos), todavía quedan muchos talentos por descubrir y catalogar (de ahí que parezca bajar, es un dato demasiado reciente e incompleto), más los que vayan naciendo de manera anónima en hospitales de todo el mundo. Y sí, todos morirán en algún momento futuro, y lo harán en fechas cercanas.

   Es decir, en décadas futuras habrá una concentración de fallecimientos de personalidades con nacimientos en años cercanos, estadísticamente hablando.

   Por eso tampoco es muy complicado observar cómo cada año el número de fallecimientos de famosos va creciendo a un ritmo muy similar al crecimiento de décadas anteriores (ver curva naranja). De personas no famosas también hay muertes, ojo. Porque ya sean famosos o no, es cuestión de números, que no suelen engañar.

Una ley de proporciones artísticas

   Pero incluso aunque aceptemos los números nuestro cerebro nos dice, en cierto modo, que no. Que este año han muerto personalidades de una relevancia nunca antes vista, y que sus fallecimientos no pueden compararse en igualdad con años anteriores. 2016 ha sido trágico… ¿o es que acaso leemos sus muertes de un modo subjetivo? ¿Nos engaña nuestro cerebro en la percepción de las últimas muertes?

   Veámoslo de la siguiente manera, de nuevo remitiendo al 1900. En aquella época, con un mundo predominantemente agrario, rara era la familia de menos de siete hermanos y hermanas de los que se habían ido ya la mitad cuando el resto llegaba a edad de trabajar. Una preocupante falta de higiene y unas condiciones y calidad de vida de dudosas hacían que la mortalidad de las personas de nuestro alrededor (que además eran muchas) fuese elevada.

   Así, uno con treinta años ya contaba con varios hermanos y tíos muertos, así como todos sus abuelos y quizá incluso algún hijo. Y además alguno tenía ya un pie en el otro barrio. Una perspectiva en la que la muerte resultaba una consecuencia normal de estar vivo, estando esta siempre en las inmediaciones de la vida. Si alguien estaba vivo no sería por mucho tiempo.

   1900 era, además, un mundo en que los famosos existían solo en un ámbito nacional o cercano, y cuyo contacto se establecía a través de la tinta en los ocasionales periódicos tardíos o en la boca de la boca de la boca de algún vecino con información no demasiado certera. Solo se contaban, por tanto, aquellos artistas cercanos o de una relevancia extraordinaria, y con los dedos de las manos.

   Nada que ver con el mundo occidentalizado moderno, en el que no solo las familias han visto reducido el número de familiares, y a cuyas muertes no estamos tan próximos por tardar estas mayor tiempo en suceder; y en el que la proximidad a los famosos se ha visto aumentada en muchos grados:

  • ahora hay más famosos por habitante que en 1900, por permitir la economía su existencia masiva a diferencia de tiempos más difíciles, en las que ser artista era considerado una profesión de baja utilidad;
  • además su influencia llega más lejos, siendo tan (o más) importante un artista del otro lado del mundo que uno local;
  • y están más cerca de nosotros gracias a la red de redes. Podemos no solo seguirles en tiempo real y saber de ellos, sino también interactuar.

   Que en 1900 falleciese un pensador ruso, un bailarín sudamericano y un cantante checo es improbable que importase al español medio de aquél entonces. Algo que hoy día tiene la posibilidad de ser más relevante, dado que seguimos (o estamos al tanto) no solo a artistas de todo el mundo, sino a un mayor número de artistas por persona.

   Estos dos hechos, la reducción de la muerte en un ambiente cercano y un mayor fallecimiento de artistas conocidos, hacen que su percepción en nuestras mentes sea mucho mayor. EL ratio artistas finados entre familiares que se han ido ha aumentado de forma desproporcionada al crecimiento poblacional. Llegando incluso a resultar traumático en algunos casos, como se ha visto este año 2016.

   Pero sepa el lector que no hay nada trágico en que cada año fallezca un mayor número de artistas, y que atiende a una ley de proporciones artísticas que alude a su número creciente y a una mayor sensibilización hacia la muerte por parte del público.

   Demos gracias por tener la oportunidad de despedir a muchos más cada año, muestra de un increíble avance cultural y de una creación artística sin precedentes.

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