Por aquél entonces todo estaba mucho más oscuro que hoy día. Desde allí donde ahora tenemos un Sol, una densa capa de gas y polvo se extendía hasta más allá de lo que hoy día llamamos Sistema Solar. Pero entonces las nubes de polvo se prensaron en el centro de aquella estructura, cayendo por su propia gravitación, y la presión hizo el resto. El Sol empezó a arder.

   Y a iluminar cómo otras gigantescas constelaciones de gas a su alrededor formaban planetas en rotación a distancias variadas. Unos 4.500 millones de años antes de que Robert Southey imaginase por primera vez el color del pelo de Ricitos de Oro, el Sistema Solar establecía las distancias que acabarían nombradas por esta creación literaria.

La Zona de Ricitos de Oro

   —¡Uf! ¡Está muy caliente!— dijo el astrónomo, desplazando los ojos de Venus a Marte para medir su temperatura—. ¡Uf! ¡Está demasiado frío!

   En el popular cuento infantil en el que la pequeña Ricitos de Oro aparece, esta entra en una vivienda habitada por tres osos. Padre, madre e hijo, tal y como marcaba la norma de 1837. Encontrándose hambrienta, y dando con tres platos que contienen sopa, se anima a probarla para darse cuenta de que dos de estos platos tienen temperaturas excesivas: demasiado frío y caliente.

   Algo parecido se encontraron los astrónomos cuando miraron a nuestro alrededor y se dieron cuenta de la mala suerte (relativa) que teníamos. Ninguno de los planetas de nuestro entorno podía albergar vida tal y como la conocemos. Demasiado frío, calor, gases efecto invernadero o falta de atmósfera, entre otros factores. O demasiado pequeños, demasiado grandes, demasiado cerca del Sol o demasiado lejos…

La zona habitable de un planeta en función de la distancia a la estrella (en unidades astronómicas AU) y del tamaño de esta con relación al Sol. Fuente: Wikipedia,

   La Tierra se encuentra en una cómoda posición intermedia en más de una docena de valores necesarios para la vida. Esta zona fue declarada por Richard J. Huggett como la zona habitable o «la Zona de Ricitos de Oro».

   Habría que preguntarse qué opina Robert Southey, creador del cuento original de Ricitos de Oro y los tres osos, de su zona o de la exploración espacial asociada a la búsqueda de esa zona concreta.

   Porque aunque hay una versión más moderada de la historia a la que ponemos la moraleja «hay que ayudar a los demás» (los osos ayudan a la niña a volver a casa) lo cierto es que el cuento original parecía indicar «no te metas en las cosas de los demás, que además no te sirven».

El complejo de Frankenstein

   Poco imaginó tampoco Mary Shelley, escritora de la novela Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), que el divulgador ruso Isaac Asimov usaría el nombre de su criatura para dar nombre a un concepto de una vigencia terrible hoy día.

   Terrible en la más básica de las acepciones de la palabra, por el terror que inspira para determinados colectivos la actual Inteligencia Artificial y el no poder controlarla.

   Para el que no haya leído la novela, el monstruo de Frankenstein, llamado “________” en la obra de teatro de Peake en 1823 y “¿¿¿¿????” en la película de Dawley de 1910 es una criatura sensible e inteligente construida en base a restos humanos. No es humano, pero es consciente. Tampoco ha nacido, pero es evidente por las famosas palabras atribuidas a Víctor Frankenstein (y que nunca pronunció) que…

   ¡Está vivo! ¡Está vivo!

Placa de la edición de 1922 de Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley. Fuente: Wikipedia.

   Al repelús que nos da a los humanos saber que una criatura no biológica, inteligente existe y escapa a nuestro control es a lo que Asimov llamó complejo de Frankenstein o síndrome de Frankenstein. Pero aunque fue Asimov quien le puso nombre, no fue el primero en mencionar el concepto.

   El ser humano tiene una historia tortuosa con sus creaciones. Desde Pandora hasta el motor de búsqueda de Google. Hoy en día, con las novedades tecnológicas involucradas en el desarrollo de las Inteligencias Artificiales, el término es más usado que nunca.

El esquivo quark

   Si uno se acercase lo suficiente a un átomo como para ver el electrón pululando alrededor del núcleo podría ver cómo este último está formado por protones y neutrones. Dentro de los cuales hay quarks.

   Los quarks, para aquellos que no prestábais atención en la clase de física del instituto, son partículas subatómicas relativamente pequeñas. Y por eso descubrirlos fue todo un logro para la ciencia. Ponerles nombre fue más fácil.

La diferencia entre un protón y un neutrón es que el primero tiene dos quarks arriba y uno abajo (u y d) y que el segundo tiene un quark arriba y dos abajo. Fuente: Wikipedia.

   Cuando Murray Gell-Mann quiso en 1963 darles nombre a estas partículas, solo disponía de una pequeña articulación. Un sonido aproximado. Algo así como kwork, cuark o qrk. Hay que mencionar que el inglés, incluso a día de hoy, carece de una estructura formal de pronunciación. De ahí que en las películas nos sorprendan aprendiendo a deletrear palabras: de otro modo las escribirían mal.

   Gell-Mann sabía cómo quería que sonase el quark, pero no tenía ni idea de cómo quería que se escribiese. Algo que descubrió mientras leía la obra Finnegans Wake de Joyce, en la que aparecen los versos:

Three quarks for Muster Mark!

Sure he has not got much of a bark

And sure any he has it’s all beside the mark.

   El quark, en inglés, es el grito de una gaviota (muy parecida al cuac castellano de los patos). Pero no es por eso que Gell-Mann usó la palabra, sino porque en el momento en que leyó a Joyce solo se sabía de tres tipos de quarks (aunque hoy sabemos que hay tres más).

   Así que hoy día el graznido de una gaviota bautiza los entresijos atómicos gracias a Joyce, hemos nombrado uno de los miedos modernos con el nombre que nos dio Shelley para su monstruo, y exploramos el universo en busca de los planetas que caben en uno de los rizos que escribió Southey.

   La literatura y la ciencia tienen mucha más permeabilidad de la que la gente le suele atribuir. Es frecuente decir que la ciencia bebe de la ciencia ficción, y viceversa, pero lo cierto es que la ciencia tiene más de literatura de lo que la mayoría de nosotros pensamos, y que esta no puede evitar caer en las redes de la ciencia de vez en cuando.

   Imagen de cabecera | Ciencia y libreta

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