Serie de BookShots

Serie de BookShots

   Si algo no le falta a James Patterson son lectores. En 2015 36 de sus libros consiguieron entrar en la lista de bestsellers del New York Times, ha vendido más de 300 millones de copias de sus libros en todo el mundo, y tiene el récord mundial Guinness por ser la primera persona en vender un millón de libros electrónicos. Suele ser un habitual en los primeros puestos de la lista de los escritores mejor pagados elaborada por Forbes. Sin embargo, parece que para Patterson, que se niega a haber tocado ya techo, sigue siendo insuficiente. ¿Cómo conseguir, en estas circunstancias, tener más lectores todavía? En resumen, logrando que lean sus libros incluso aquellos que no suelen leer. El diario New York Times explicó cuál es el plan de Patterson para conseguir esta hazaña que, en principio, sería el sueño de todo escritor.

   La idea del novelista estadounidense es escribir libros más cortos, más baratos y con una trama todavía más sencilla, una iniciativa que contrasta con una tendencia natural por parte del sector editorial a publicar libros cada vez más extensos. Con este objetivo Patterson sacó una línea de novelas llamada BookShots, libros de no más de 5 dólares y 150 páginas, que pueden leerse del tirón. Siguiendo su esquema de trabajo habitual, el autor escribe él mismo algunos, otros lo hace en colaboración con su equipo y también los hay que simplemente son seleccionados por él. Su intención era lanzar entre dos y cuatro libros al mes y parece que le ha ido bastante bien porque a lo largo de 2016 ha conseguido lanzar varias decenas de títulos de todo tipo de géneros. Otro punto clave en la estrategia de Patterson es la distribución. ¿Cómo conquistar a los no lectores si los libros se venden exclusivamente en librerías? ¿Acaso hay que esperar que, por algún extraño acontecimiento del azar, un no lector entre en una librería y se tope con ellos? Aunque Patterson no descartaba que sus libros se vendieran por las vías tradicionales ‒Amazon, librerías, grandes almaces, venta online, etc.‒, también quería acceder a puntos en los que normalmente no se suelen vender libros como supermercados, farmacias y otros establecimientos. La idea era que sus libros estuvieran junto a las revistas, como cuando se vendían novelas baratas del tipo pulp o del oeste en kioskos.

James Patterson

James Patterson

   Según el barómetro de septiembre del año pasado del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) el 36,1% de la población española no lee libros nunca o casi nunca mientras que un 28,6% asegura hacerlo casi a diario. Unas cifras que son muy similares en el mercado estadounidense, donde según un estudio del Pew Research Center el 27% de los adultos no habían leído un libro en el último año. La intención de Patterson era ganarse para la causa lectora a algunos de esos descarriados, conseguir que la lectura sea una alternativa atractiva o interesante a otras formas de ocio como el cine, los videojuegos o Internet.

   Como no podía ser de otra forma, la estrategia de Patterson viene con polémica incluida. En su ensayo Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Nicholas Carr expone un punto de vista desolador: el abuso de la lectura en Internet y de las nuevas tecnologías ha acabado por modificar nuestros modos de lectura de forma muy perjudicial, haciendo que esta sea muchísimo más superficial y que perdamos por completo la capacidad de concentración. Lo cierto es que todavía no está totalmente claro hasta qué punto están modificando las nuevas tecnologías la manera en la que leemos. Cada cierto tiempo aparecen estudios que hablan sobre los beneficios de leer en papel y sobre los de hacerlo en digital.

   En una conversación que Bret Easton Ellis y David Shields tuvieron a raíz de la publicación de Pureza de Jonathan Franzen, ambos escritores discuten sobre el caso de Patterson, llegando a la conclusión de que los lectores de hoy en día no tienen tiempo ni capacidad para leer obras extensas de ficción, que atrás quedaron los días de la novela de Dickens, con sus historias largas y sinuosas, que el mundo actual se mueve en intervalos de atención cortos. La reflexión de Ellis y de Shields es muy interesante además porque hablan sobre la responsabilidad que tiene el escritor en este contexto ¿Debería seguir escribiendo libros extensos y complicados aún a sabiendas de que apenas tendrá lectores o tendría que cambiar su manera de escribir, a la manera de Patterson, para cambiar con los tiempos? ¿Cuáles son las consecuencias de una o de otra decisión? ¿Vale todo para ganar adeptos al bando de los lectores o hay unos límites que no se deberían cruzar? Independientemente de la idea que se tenga, el debate, en cualquier caso, es sano y enriquecedor.

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