Desconozco si en alguna ocasión hemos tenido la oportunidad de hablar en La piedra de Sísifo sobre el mundo del cómic. Ya por estos días, quienes hemos tenido vinculación en algún momento de nuestra vida hacia la lectura, el entretenimiento y la diversión con las historietas que aparecen en las viñetas de un cómic, vemos que todo el talento por la creación de un ejemplar, así como la lectura misma, han quedado en declive. Si la industria del libro (libreros, editores, literatos…) ha visto en las últimas décadas una gran decadencia, el mundo de los cómics se ha estancado por completo en el fango. Resulta en parte algo inusual y por tanto llamativo ver a una persona en el tranvía, en el tren o en el transporte público, con un cómic entre las manos, ensimismado en sus páginas. ¿Quién piensa que un cómic no deja de ser Literatura? Pues no solamente una historia y unos personajes están esbozados a través de la palabra o de un marco narrativo, sino también por medio de ilustraciones, viñetas, onomatopeyas, colorido y, sobre todo, unas dosis de humor.

   Hace unos días encontré en mi casa, para mi sorpresa, una caja con una ristra de cómics con los que, innumerables veces, he disfrutado cuando adolescente. Pese a que soy ante todo un lector –un lector que tiene la fortuna de que le llamen las historias para contarlas y darles vida–, reconozco que las páginas de un cómic me tientan. No tengo todo el tiempo que me gustaría para devorar cuantos libros quisiera, pero lo mismo puedo decir de un cómic. Las divertidas y aventurescas historias, por ejemplo, de Mortadelo y Filemón me han dejado cuantiosos recuerdos, no exentos de humor, de diversión, de intriga, y, en especial, de ejercitación cognitiva. Digo esto porque, la lectura de un cómic estimula con creces la imaginación, la capacidad de concentración, la atención selectiva, el pensamiento divergente y la memoria de trabajo. El grado de compresión –a diferencia de una novela– es bastante menor, pues ésta requiere un mayor nivel de vocabulario, de madurez intelectual, de interés por la lectura, recreando a través de la imaginación la trama, la manera de hilvanar las escenas, el rostro y la voz que se le atribuyen a los personajes, y todo el conjunto de sensaciones que emanan de la palabra misma.

   Mortadelo y Filemón ha sido un enclave intergeneracional. Varios adolescentes y lectores, nos hemos curtido como tales por esas dosis de humor y de aventura que sirven como ingredientes en sus tramas. O en este caso, para las misiones de la T.I.A. Es Francisco Ibáñez (1936) el padre de los dos agentes secretos que tan rocambolescas y tormentosas experiencias sufren, claro está, sobreponiéndose a ellas, sobrellevando golpes, sustos, batacazos, heridas… Podría decirse incluso que ambos tienen un parentesco con don Quijote: luchando contra las injusticas y desgracias ajenas, asumiendo consecuencias por ello. De distinta caracterización Mortadelo a Filemón, los dos personajes no dejan de ser complementarios, porque nunca han sido antagónicos. El primero es de complexión delgada, alto, calvo, con gran nariz, gafas de vista y su levita negra; reacio a disfrazarse para las misiones especiales, lo que no le exime de ser un hombre perspicaz y bonancible. El segundo es de un carácter más enojoso, calvo, nariz respingona, el jefe de todas las operaciones, y por tanto quien asume las pericias de sus actividades. Ambos personajes son, ante todo, amigos, compañeros de viaje y de trabajo. Ya en un plano secundario se encuentran el Profesor Bacterio y la Señorita Ofelia. A todos los enlaza un mundo convulso, pintoresco, plagados de ladrones, de enemigos, de vericuetos turbios, de paradojas e infortunios. Francisco Ibáñez combina con un extraordinario talento, lo burlesco, lo cómico, la provocación hacia el enemigo y la encrucijada aventuresca. Tal vez partamos de asuntos sencillos desde el punto de vista del diseño gráfico, pero ¿se puede imaginar el lector las horas de trabajo, días, semanas, meses, que supone la creación de un cómic? ¿Qué capacidad de imaginación hace falta para crear, partiendo desde una viñeta en blanco, hasta conseguir una escena cómica con algún traspié, captando la atención del lector? ¿Cuál es el secreto para crear una conspicua historia como Mortadelo y Filemón? Lo mismo se podría decir de las moralejas por ejemplo de Mafalda, Hellboy, Capitán América, Superman, Batman, o Wolverine.

   Por otra parte, no hace mucho tiempo se asociaba la lectura de un cómic con el término friqui; entendido éste como persona que practica desmesurada y obsesivamente una afición o inclinación hacia una actividad. Pues bien, ¿quién a día de hoy no tiene afición por el desarrollo de una actividad, incluso de manera obsesiva y desmesurada? Así que lo insólito ya no sea la declinación del cómic, sino en todo caso ver a una persona que va a un librería y compra un ejemplar, y que tal cosa haga con frecuencia.

   Lo que habría que destacar, así mismo, es que un ejemplar bien conservado, con la tapa de cartoné, sus páginas más bien amarillentas por el tiempo y las lecturas, vale su precio en oro. Puede, quién sabe, que dentro de unos años un cómic de estas características sea una joya bien preciada para un coleccionista, si acaso no lo es ya. Puede también que el mundo del cómic haya quedado en declive. Apenas hay un mínimo interés, no sólo entre los más pequeños, sino también entre la población adulta por recurrir unas horas del día, de la semana o del mes, a la lectura en general, y a la lectura de un cómic en particular. Prácticamente los libros están quedando a una deriva. Las bibliotecas no están consideradas como patrimonio cultural de una sociedad. Ni la lengua está proclamada como la patria de todos los hablantes. En ese sentido predominan los entretenimientos más pueriles y mediocres. El lector se podrá hacer una idea a lo que me refiero. Las fuentes de entretenimiento son tan abundantes como míseras, lo que no exime que haya una buena novela con la suficiente capacidad de entretener honorablemente. Pero volviendo a la cuestión, la sociedad de nuestros días está impregnada de tanta mediocridad, que ya no sabemos incluso diferenciar lo relevante frente a lo mediocre. Simpatizamos tanto como veneramos a los bufones que aparecen en Internet o a los engañabobos, de la misma manera que cualquier estupidez proyecta su sombra entre un público y, para más inri, es aplaudida. Así que hoy día, tener el inmenso talento que tiene Francisco Ibáñez –y él es una excepción– sería, por desgracia, lo equivalente a marchitarse; un talento que no tendría su recompensa, porque aunque no lo parezca no todos los talentos la tienen. O al menos en estos tiempos.

   No es menos importante destacar, que un cómic es una perfecta manera de ejercitar las capacidades cognitivas, algo que para los más pequeños –y no tan pequeños– no estaría de más aprovechar como acicate. Resumiendo entonces, el declive de los cómics ya no se erige por la falta de lectura, sino en todo caso por la falta de fomentar el hábito lector, por la simplicidad intelectual de la sociedad, por la falta de vocación en el diseño de historietas, y por el cada vez más escaso talento que hay para la creación de ello. De todas formas, haya lectores de cómics o no, siempre quedarán los buenos momentos que proporcionaron sus lecturas.

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