Mitin de Dolores Ibarruri la Pasionaria

   Tengo una inclinación hacia quienes persuaden a las masas, en el mejor de los sentidos, personas cuyo ímpetu no es fácil de detener a pesar de que las circunstancias no favorezcan los acontecimientos; más todavía si esas personas son mujeres. Porque hay tantas biografías femeninas que lideraron movimientos sociales en otroros históricos que son dignas de recordar; no sólo por la falta de rememoración histórica que padece España, sino por comprender, aunque sea de algún modo, que el eslabón histórico no siempre se mantiene entre vencedores y vencidos, y que, los hombres, no son los únicos que han encabezado revoluciones sociales y políticas. Precisamente España ha sido un país de continuas sublevaciones contra los mandamases; por ello los anales de nuestra historia tienen, con bastante frecuencia, el protagonismo de muchos hombres. Lo que no siempre implica que, en nuestro país, éstos hayan cambiado –o por lo menos intentarlo– el rumbo de los acontecimientos.

La Pasionaria

   Eso mismamente representó Dolores Ibárruri (1895-1989). Cuyo nombre tal vez no le suenen a muchas personas, pero sí quizás su apodo, La Pasionaria. Nacida en el seno de una familia de mineros con escasos recursos. Una mujer de profundas convicciones desde temprana edad: lectora voraz e instruida en las ideologías comunistas, influenciada por el pensamiento de su padre: un hombre férreo de izquierdas cuya postulación siempre defendía el movimiento obrero de Vizcaya. O también conocida como la Vasconia. Eso la condicionó con una pertinaz simpatía por el marxismo. Utilizó el apodo de La Pasionaria como emblema de rebeldía, y como resorte para la publicación de un artículo en prensa, El minero vizcaíno, oponiéndose no sólo a los roles tradicionales sino también a las tendencias sociales que precedían la Segunda República. Viéndose obligada a abandonar sus estudios, aprovecha las circunstancias para aleccionarse en aras de los derechos y la desigualdad de clases. Más todavía de la clase obrera. Militante, ya en 1920, en el movimiento socialista que más tarde fundaría el Partido Comunista de España (PCE). Tras ello desempeñó una carrera política a contra corriente, hasta llegar más tarde, ya finalizada la dictadura de Miguel Primo de Rivera, a ser la presidenta y precursora de la Unión de Mujeres Antifascistas: colectivo de izquierdas que pretendía restablecer la igualdad social del primer tercio de la década de los años treinta, apenas iniciada la Segunda República. Hasta entonces, fue encarcelada numerosas veces por sus continuas revueltas sociales, sus arengas antisistemas y sus justificaciones ideológicas. Es decir, poco a poco contribuía a fortalecer el Frente Popular, no, así mismo, a enaltecer la coalición de izquierdas que formarían distintos colectivos sociales. La misión esencial que tenía Dolores Ibárruri era persuadir a las masas para frenar (palabra impropia para definirlo así) las sublevaciones militares fascistas, que, paulatinamente, empezarían a ser una amenaza para los republicanos y que por tanto desestabilizarían el gobierno de Azaña. Figura principal del Comité del Partido Comunista, alcanza una notoria popularidad política entre 1931-1939; período en el que consigue granjear el apoyo de la clase obrera republicana. Conforme la sublevación fascista se hace más difundida, La Pasionaria constituye una figura de revelación social, reivindicando la prosperidad de la República y las garantías de la clase obrera. Para ello apelaba a las masas de diferentes rincones de la capital y de España. Diría en uno de sus pronunciados discursos: «¡Obreros! ¡Campesinos! ¡Antifascistas! ¡Españoles patriotas!… Frente a la sublevación militar fascista todos en pie, a defender la República, a defender las libertades populares y las conquistas democráticas del pueblo… El fascismo no pasará, no pasarán los verdugos de octubre. Los obreros y campesinos de distintas provincias de España se incorporan a la lucha contra los enemigos de la República alzados en armas. Los comunistas, los socialistas y anarquistas, los republicanos demócratas, los soldados y las fuerzas fieles a la República han infligido las primeras derrotas a los facciosos, que arrastran por el fango de la traición el honor militar de que tantas veces han alardeado. Todo el país vibra de indignación ante esos desalmados que quieren hundir la España democrática y popular en un infierno de terror y de muerte». Así pues, para muchos estaba considerada como una líder potencialmente influyente; para otros, empero, una adversaria de las fuerzas militares que no tanto servían a la sociedad civil, sino a los deliquios de la Falange. Se le atribuyen dilemas tan conocidos como «No pasarán», y quizás el más difundido: «Más vale morir de pie que vivir de rodillas», acuñado originalmente a Emiliano Zapata en la Revolución Mexicana, y cuyas palabras Dolores Ibárruri popularizó.

Dolores Ibárruri con Fidel Castro en 1964

Pese a las fortificaciones sociales que rehusaban a la monarquía, así como la propia figura de Alfonso XIII, la Segunda República se vería progresivamente condenada a su finiquito. No sin antes cosechar las reformas de los dos primeros bienios de Manuel Azaña que, en virtud de la sociedad republicana, supusieron una mejora en el ámbito económico y cultural; hasta entonces ambos en decadencia. Hay algunos historiadores como Rafael Cruz y Vázquez Montalbán, que sostienen que La Pasionaria pertenecía a un sector radical, más específicamente al tercer bienio republicano, cuyo representante fue Alejandro Lerroux, líder del Partido Republicano Radical que gobernó en el conocido bienio negro. Lo cual no es cierto, porque Dolores Ibárruri no era una sublevada radical, sino una líder comunista que encauzaba manifestaciones populares contra el fascismo que venía gestándose en el núcleo militar. Mismamente, éso ya había empezado a ocurrir mucho antes en Alemania y en Italia, y no tardaría en ocurrir con los camisas azules en nuestro país. Al instaurarse el régimen franquista se lleva a cabo, como forma de armisticio –y propio de una dictadura– una represión política contra los subversivos; razón por la cual, Dolores Ibárruri se vería obligada a exiliarse, junto con otros dirigentes comunistas. Durante ese período –casi unos treinta y ocho años– su popularidad política se va desestabilizando hasta el punto de perder toda su conexión con las masas. Regresaría a España en 1977 y sería elegida como Diputa en las Cortes por Asturias. Lo cual suponía la llegada de una mujer a la vida política española, por vez primera, durante la Transición. Hasta entonces en el panorama político predominaban los hombres. Valga decir, pues, que su vida personal estuvo sumida en infortunios biográficos: la muerte de sus tres hijos a temprana edad, y su divorcio con Julián Ruíz Gabiña implicó numerables críticas ante su abnegación al modelo femenino tradicional: parir, criar hilar y servidora del marido. No poco menos fueron las críticas de los detractores políticos acusándola de promiscuidad sexual. Falleció en 1989, en Madrid. Y su vida ha sido venerada por intelectuales varios, destacando a Julio Anguita y diversas elegías de Rafael Alberti. Una de ellas, dice:

Dolores Ibarruri en la vejez

Una pasionaria para Dolores

¿Quién no la mira? Es de la entraña
del pueblo cántabro y minera.
Tan hermosa como si uniera
tierra y cielo de toda España.

¿Quién no la escucha? De los llanos
sube su voz hasta las cumbres,
y son los hombres más hermanos
y más altas las muchedumbres.

¿Quién no la sigue? Nunca al viento
dio una bandera más pasión
ni ardió más grande un corazón
al par de un mismo pensamiento.

¿Quién no la quiere? No es la hermana,
la novia ni la compañera.
Es algo más: la clase obrera,
madre del sol de la mañana.

(Signos del día, 1963)

Referencias bibliográficas
Cruz, R. (1999). Pasionaria: Dolores Ibárruri, Historia y Símbolo. Madrid: Editorial.
Díaz, J. (1969). Tres años de lucha, Edit. Ebro.
Vázquez Montalbán, M. (1995). Pasionaria y los siete enanitos. Barna: Ed. Planeta.

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