Es algo en lo que llevo mucho tiempo cavilando sin encontrar una respuesta inequívoca, si acaso tal cuestión tiene, al menos, una respuesta: ¿de qué depende el éxito de un libro? El asunto, desde luego, admite cuantas controversias sean posibles. Tal vez el tiempo otorga reputación a obras que en un primer momento no la tuvieron. Tal vez, también, muchas obras apenas llegan a tener la oportunidad de ser leídas después de una determinada temporalidad. Pero ante todo, previamente, es el período de escritura (la creación de una obra literaria, como un libro) un trabajo arduo, extenuante, arriesgado y, ante todo, una maravillosa experiencia desde el punto de vista creativo. La creación de una historia, el esbozo de unos personajes cuyas vidas quedan a expensas de la ficción, el marco donde sus biografías van dando paso a todo tipo de experiencias, implica para el riesgo del propio autor o autora, emprender un viaje literario que desconoce su destino y, a lo largo de ese viaje, puede encontrar otros acompañantes que, desde ópticas diferentes, compartan un mundo ajeno a la cotidianidad: extravagante, superfluo, sugestivo, enigmático y a veces también paralelo a la vida misma.

   En ese viaje quizás lo de menos sea llegar a alguna parte, cuanto ni menos alcanzar el éxito a posteriori; en todo caso, la oportunidad de poder realizarlo es una verdadera satisfacción. De modo que esas páginas por las que tanto se ha devanado la mollera el autor o autora son una cosecha de la que desconoce su eco. Por ello siempre se escribe con una completa incertidumbre sobre la transcendencia de aquello que se intenta crear, esto es, la vida convertida en Literatura. Todo lo que sobrevenga después, para bien o para mal, es ajeno a las intenciones de quien escribe. O, por mejor decir, de su voluntad. Que esa obra en cuestión llegue a convertirse en un best seller, en un fenómeno imparable de ventas o en un boom editorial no es su destino principal. Pero ¿qué garantiza entonces el éxito de un libro? ¿Estar escrito por un afamado escritor o escritora? ¿Impulsado por una gran editorial cuyo marketing acrecienta no sólo la obra, sino la imagen de quien lo escribió? ¿Las preferencias de los lectores? ¿Su belleza literaria? ¿Su originalidad? ¿Su vanguardia narrativa? O como dijo alguien cuyo nombre no recuerdo, que, el éxito de un libro, reside cuando las obsesiones del autor coinciden con las obsesiones de la sociedad. Puede que un poco de todo ello. Pero el éxito de un libro depende, en todo caso, de lo que se entienda por éxito. Si admitimos como una posible acepción (de las tantas que se pueden ofrecer de dicho concepto), una de ellas, según la RAE, el éxito es: buena aceptación que tiene alguien de algo. Entonces, verbigracia, el éxito de un libro puede entenderse como el agrado de un lector al sumergirse en sus páginas siendo partícipe de sus acontecimientos; el grato recuerdo que pueda dejar en la memoria de quien leyó el texto; el mundo distinto al que nos abre camino a través de la celulosa; el punto de inflexión al que nos conduce; las posibilidades que nos ofrece de entender mejor al ser humano y a sus facetas; su capacidad de seducirnos; las garantías de permanecer aislados de los fanatismos y de las ideologías atávicas; el nutriente lúcido que emana de su prosa, exquisita, bella, fascinante e imperecedera; los buenos momentos que nos proporciona su lectura; o simplemente el placer físico de tenerlo en las manos, oxigenando nuestra percepción ante las cosas mundanas. Sabrá el lector perfectamente que las novelas más vendidas, aquellas que alcanzan el culmen en las listas de Amazon, aquellas que predominan en los escaparates de las librerías (El Corte Inglés, Fnac, por citar las más populares y por consiguiente también las más anodinas para la promoción de libros) aquellas listas, como digo, que tanto proclaman la publicación de sus títulos, no siempre publicitan –si se puede decir así–, las mejores obras. Sin menoscabar a éstas ni a sus autores, detrás de esas obras hay, en muchos casos, un exacerbado marketing editorial. Y, como tal, para muchos editores les interesa rentabilizar sus productos de venta. Parece que si un libro no genera dinero para el editor no es una obra insigne, condenado a no ver la luz, sepultando en el olvido la obra como el talento del autor o autora. Y en este tipo de asuntos a veces no hay mala Literatura, ni malos escritores, sino mala fortuna para ser reconocido entre el público. Un ejemplo de ello son autores que, con el tiempo, y más todavía por suerte o por azar, pudieron publicar sus obras: García Márquez y sus escollos para publicar Cien años de soledad, al igual que le ocurrió con su primera novela La hojarasca. Ambas habían sido rechazadas numerables veces por los editores. En líneas paralelas destacan otros muchos literatos. José Saramago afrontó durante cierto período de tiempo muchos titubeos de la editorial Alfaguara; tiempo en el que el premio Nobel portugués no encontraba cabida en el mundo de las letras. Pedro Páramo fue desprestigiado en varias ocasiones por el sector editorial al intentar publicar su colección de relatos El Llano en llamas. James Joyce también sería rehusado por las editoriales con su famosa obra Ulises. Son muchos los libros que, por algún extraño inconveniente, apenas llegan a las manos de los lectores, o, al menos, en términos considerables, no abarcan un determinado número de ventas, no resultan recurrentes para su edición (incluyendo traducciones a otros idiomas), no terminan siendo valorados consecuentemente –tanto la obra como el propio autor–. Y, empero, hay libros que tras su publicación tienen una notoriedad a raudales. Libros que momentáneamente se convierten en ínclitas lecturas y que, tras un cierto tiempo, ya no suscitan interés ninguno. Y ocurre al contrario: obras que tras su edición no gozan, si así puede decirse, de un excelso entre los lectores. El ejemplo más destacado está en El Quijote: al publicarse en 1605 la primera parte, tras haber tenido la aprobación de los censores del Consejo de la época (Guitierre de Cetina, Josef de Valdivielso, Márquez Torres y Pedro de Contreras), y al aprobar su impresión de la segunda parte, en 1615, no fue hasta el siglo XIX cuando empezó a considerarse como un libro esplendoroso escrito en castellano.

   Inevitablemente, al escribir, siempre se anhela un poco de éxito de la misma manera que también se aspira a conquistar a cuantos lectores se pueda. Y se olvida muchas veces que escribir es, ante todo, una forma humilde de susurrarle a la vida, una forma humilde, docta y humana de dar testimonio, de reinventarse, de humanizar, de suavizar las tempestades a las que la condición humana, por falta de corazas o de entereza moral, no puede gobernar. Ya que la vida es un viaje hostil, traidor, abusivo, y a veces deleznable y que el mundo no invita a convivir en armonía, por lo menos no ya la Literatura, sino la escritura nos ofrece la posibilidad de adaptarnos a otras realidades, en la medida de lo posible, más decentes y más humanas. Ése es el propósito de todo libro. Así que cada cual escribe como quiere. Pero no es cierto. Cada cual escribe como puede. O sería mejor decir que cada cual escribe como mejor sabe hacerlo, sin que ello tenga una buena estimación en recompensa. Y sin que ello tampoco garantice la publicación de esa obra en la que tanto ahínco hemos puesto. Lo dijo Katherine Neville: «Pueden impedirte ser un autor publicado, pero nadie puede impedirte ser un escritor». El éxito no forma nunca, ni nunca formará parte del oficio de escribir. El éxito, creo yo, es algo que se encuentra por el camino, a veces por fortuna y otras por azar. Después de todo lo dicho, todavía no sé de qué depende el éxito de un libro. No sé tampoco si algún día llegaré a saberlo.

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