La industria de la felicidad de William Davies

   Parece que la felicidad está ahora más de moda que nunca, si es que ha dejado de estarlo en algún momento. Los departamentos de recursos humanos de las grandes empresas están empezando a incorporar a expertos en felicidad y a implementar actividades para desarrollarla. Los programas educativos de muchas universidades de todo el mundo van en esa misma línea. Conceptos como el de «bienestar», «coaching», «psicología positiva», «mindfulness» o «conciencia plena» están cada vez más presentes en nuestras vidas, a todos los niveles, desde el personal hasta el profesional.

   Como advirtiera Aristóteles, todo el mundo aspira a la felicidad. El problema está en concretar qué es la felicidad. Desde el filósofo griego, que la definió como la adquisición de la excelencia del carácter y de las facultades intelectivas, a lo largo de la historia infinidad de pensadores han tratado de darle forma a este concepto sin ‒afortunadamente‒ llegar a ponerse de acuerdo. ¿Es la felicidad una percepción subjetiva por completo o es posible medirla, de alguna manera, de forma más o menos objetiva? Las implicaciones de dar por cierta esta última posibilidad es que el individuo tendría que aceptar un concepto de la felicidad que le viene impuesto desde fuera. Y eso es, precisamente, lo que ha ocurrido en nuestro tiempo, que el concepto de felicidad ha pasado de la esfera privada a la pública. Ahora bien, esto plantea nuevas cuestiones a las que no es fácil responder: ¿podría una persona ser feliz sin saberlo o sentirse desdichada estando feliz en realidad?

   El sociólogo William Davies ha tratado de contestar a estas y otras preguntas analizando ese movimiento de la felicidad lo privado a lo público en su ensayo La industria de la felicidad, una de las aportaciones más brillantes a este género en los últimos años. Más de medio siglo después del descubrimiento de los antidepresivos, una parte muy significativa de la población creen sufrirla, lo cual aumenta el riesgo de padecer enfermedades cardíacas. ¿Por qué se han invertido ingentes sumas de dinero y de esfuerzo para desplazar la noción de felicidad al ámbito público? Por una sencilla razón: porque la infelicidad cuesta mucho dinero. La enfermedad, el absentismo laboral, el estrés o la apatía que se derivan de ella se traduce en miles de millones de pérdidas en todo el mundo. Un trabajador feliz es hasta un 12% más productivo. Frente a esto, los datos indican que solo el 13% de los trabajadores de todo el mundo están comprometidos con su labor, mientras que el 20% de los trabajadores norteamericanos y europeos no se implican ni muestran interés por lo que hacen. Da igual, dice Davies, si se es un directivo o un trabajador mal pagado, este problema puede afectar por igual a todos. La industria de la felicidad es, entonces, una de las respuestas que ha generado el sistema financiero ante la crisis capitalista, porque parece más fácil buscar el problema en el cerebro que en la manera en la que se organiza la economía.

   Davies empieza haciendo un recorrido histórico en el que explica cómo Jeremy Bentham, el padre de la filosofía utilitarista, preparó el escenario para que psicología y capitalismo se aliaran para darle forma a las prácticas comerciales del siglo XX, a esa industria de la felicidad. Una vez que la felicidad se ha convertido en un concepto totalmente delimitado y cuantificable, es posible vigilarla, gestionarla y controlarla, que es lo que han empezado a hacer grandes empresas como Facebook, Google o British Airways a través de diferentes dispositivos o experimentos. Todos conocemos las aplicaciones que registran y monitorizan los cambios de humor, pero existen ya programas de exploración facial que revelan los estados emocionales de los clientes para hacer más efectivas las ventas. Por otro lado, investigaciones que unen psicología y marketing parecen estar ya cerca de descubrir el «botón de compra» en el cerebro. Y lo peor de todo: hay grandes empresas que tienen esta información y pueden venderla a su antojo.

   Así mismo, el sociólogo hace hincapié en las curiosas contradicciones del sistema. Por una parte, los países con sociedades muy desiguales y competitivas, como puede ocurrir con Estados Unidos, tienden a tener más problemas de salud mental que otros mucho más igualitarios, como ocurre en Suecia. Y no solo entre los perdedores, sino incluso entre los ganadores, como vemos que ocurre en el mundo del deporte. Sin embargo, la cultura estadounidense tiende a minimizar su abatimiento, a ser más positiva, probablemente porque, al fin y al cabo, la industria de la felicidad nació en ese país y en él es donde más se ha desarrollado.

   Lo que más inquieta de la reflexión de Davies es que los gobiernos se encuentren metidos por medio, aliados con las grandes multinacionales. Porque un estados que promueven la felicidad a toda costa no parecen tanto entidades abnegadas y magnánimas que piensan en el bieniestar de sus ciudadanos como la realidad distópica que Aldous Huxley describe en Un mundo feliz. Si bien es cierto que la felicidad no puede reducirse meramente a una noción subjetiva, tampoco parece, se concluye leyendo a Davies, que sea un interruptor que hay en el cerebro que se puede encender o apagar como opinan algunos neurólogos. No hay que olvidar que la felicidad se basa en procesos mentales y que estos están ligados a las acciones de los seres humanos, que dependen de un contexto formado por relaciones sociales, por propósitos e intenciones que no siempre son fáciles de interpretar.

   De cualquier modo, no parece que los psicólogos y expertos en marketing vayan a conseguir erradicar la infelicidad a medio plazo. Ni parece que millones de personas de todo el mundo vayan a ser persuadidas por las tecnologías de control mental para trabajar o para consumir más. Y esperemos que esto nunca ocurra.

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