Recreación de la locura del fútbol de carnaval

Recreación de la locura del fútbol de carnaval

  Muchos aficionados ‒y no tan aficionados‒ al fútbol piensan que este deporte nació a mediados del siglo XIX, pero lo que en realidad tuvo lugar en esa época fue la unificación de la enorme diversidad de reglamentos que existían en el llamado Código Cambridge, un hito tan significativo que prácticamente sí se puede considerar el nacimiento del fútbol moderno. Sin embargo, no es tan sencillo establecer el punto exacto donde nace el fútbol: desde hace siglos atrás culturas de todas partes del mundo practicaron juegos en los que se incluía una pelota con la finalidad de pasarla por una abertura o por algún tipo de estructura, utilizando las manos, los pies u otras partes del cuerpo. De todas esas variantes una de las más similares al fútbol actual fue el fútbol de carnaval, que se practicó en Inglaterra entre los siglos XI y XVIII ‒aunque se estima que llegó a las islas en el siglo III, como festejo de la caída del Imperio romano‒.

   A diferencia del moderno, en el fútbol de carnaval, llamado así por celebrarse el Martes de Carnaval, los tantos se anotaban golpeando con la pelota una rueda de molino, en un campo que medía aproximadamente un kilómetro. El balón, por cierto, es bastante más pesado y voluminoso que el actual, lo que hacía que el juego fuese más rudo, tanto que llegó a ser considerado un deporte muy violento. Si a esto le añadimos que la cantidad de jugadores era ilimitada y que en ocasiones un equipo podía estar formado por un pueblo entero, que se enfrentaba a otro pueblo entero, el grado de riesgo era bastante alto. Además, las reglas eran muy escasas. Si acaso, algunos de los reglamentos de la época advertían que no se podía asesinar a nadie voluntaria o involuntariamente.

Eduardo III

Eduardo III

  Como en la actualidad, con el paso del tiempo el fútbol de carnaval llegó a ser muy popular, tanto que en 1349 empezó a resultar un peligro para el rey Eduardo III. Por una parte, los encuentros se convertían en auténticas batallas campales de miles de personas, que enfrentaban a pueblos enteros y que se saldaban con decenas de muertes y centenares de descalabramientos. Por otra, la llegada de la peste negra hizo estragos entre la población y mermó considerablemente al ejército. Para compensar esas pérdidas el rey tuvo que echar mano de gran parte de sus ciudadanos, y el fútbol, junto con otras actividades, suponían una distracción de ocupaciones más útiles como el tiro con arco. Y parece que no le fue del todo mal, porque consiguió convertir a Inglaterra en una de las potencias bélicas más formidables de Europa, como demostró en la guerra de los Cien Años.

   Así que en 1349 Eduardo III prohibió el fútbol por decreto real. Aunque ese decreto se perdió, un texto posterior, emitido en 1363, tenía un mensaje muy similar: «Se ordena bajo pena de prisión a vecinos y extraños la prohibición del lanzamiento de piedra, madera o hierro, el balonmano, el fútbol o el hockey, las peleas de gallos u otros juegos de inactividad».

   Pero Eduardo III no fue ni mucho menos el primero monarca que trató prohibir el sangriento deporte del fútbol. Su antecesor, Eduardo II, ya había emitido una proclama prohibióndolo en las calles de Londres el 13 de abril 1314; y su sucesores, Ricardo II y Enrique IV, hicieron lo mismo en 1389 y 1401 respectivamente. De hecho, el fútbol estuvo prohibido en Inglaterra durante quinientos años, hasta que se recuperó en el siglo XIX, ya como un deporte bastante diferente y cuando ya no suponía una clara competencia contra el tiro con arco.

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