afortunados escribir

   Hubo un tiempo, que hoy nos parece muy lejano, en que los escribas –además de necesitar saber escribir– necesitaban saber cómo se fabricaba la tinta o como se cocía la arcilla de sus tablillas. De modo que, antes de ponerse a redactar lo que fuera que necesitasen transmitir, pasaban horas removiendo agua y barro que luego cocían haciendo uso de la leña que ellos mismos habían talado.

   Existió una época en que si alguien deseaba una herramienta de escritura, como un cincel de piedra, debía golpear con un canto rodado una roca dura durante semanas para así dar forma a un cincel que apenas duraría unos días. O debía templar su propio acero para fabricarse un buril con el que marcar las tablillas de barro, o dar forma a los huesos de un animal abatido para lograr un estilete con el que reflejar sus pensamientos en tablillas de cera que él mismo había recolectado de paneles de abejas.

   Allá quedó el tiempo en que, si alguien necesitaba un folio extra, debía aprender a extraer la celulosa de las plantas. O a prensarlas de modo que se pudiesen realizar marcas en su superficie. O a cazar una presa y tensar y tratar su piel para poder dibujar con tinta sobre pergamino. Una tinta de fabricación casera cuyos requisitos consistía ir a la búsqueda de maderas resinosas, aceites, bitúmenes, grasas o incluso deshechos industriales con los que confeccionarla.

Fabricación de negro

Fabricación de tinta negra mediante quema de resinas. Fuente: Bussard.

   Hubo un tiempo en que los escritores debían conocer la intrincada mecánica de las máquinas de escribir, así como el modo en que su cuidado y reparaciones debían realizarse sin romper nada. Los escritores del siglo XV que deseaban editar sus volúmenes se convirtieron en expertos en el tallado de tipos móviles en madera o fundidos de plomo, y los del siglo XIX se convirtieron en conocedores de los sistemas neumáticos industriales que movían los rotativos.

tipos móviles imprenta

Tipos móviles para imprenta. Fuente: Willi Heidelbach.

   Incluso hubo un tiempo, nada lejano, en que los escritores debían conocer un mínimo de código para poder escribir en su ordenador. Tiempos duros en los que dar a conocer al mundo una obra resultaba costoso no solo a nivel intelectual. No bastaba con tener algo que decir o comunicar. Un monje del siglo XIII que tuviese que fabricar sus propia tinta y pergamino tenía una enorme dificultad para abrirse a las masas porque debía fabricar todo desde cero para hacerlo.

   Tiempo pasado que hoy queda muy atrás como para tenerlo en cuenta en nuestro ajetreado día a día, pero que hoy quería traer para vosotros, lectores, mientras recalco lo afortunados que somos por poder escribir como lo hacemos.

   Sin más conocimiento por nuestra parte que aquel que deseamos transmitir con nuestra escritura, y con todas las facilidades dadas por la tecnología conformada tipo a tipo por todos los que nos precedieron. Y sin mayor barrera, hoy, de las que nosotros mismos nos ponemos. Que aunque no son pocas, probablemente desaparezcan a medida que el conocimiento avanza y la estupidez se repliega.

   Gran parte de la población mundial tiene voz en Internet. Y el resto espera su turno a medida que el planeta se va haciendo más pequeño en comunicaciones y más rico en opiniones. Cualquier habitante de un país estable con Internet y luz eléctrica que desee arrancar un debate tiene los medios para hacerlo, adquiriendo un dispositivo y una tarifa de Internet (o acudiendo a una biblioteca pública). Así como para contestar y refutar a aquel con quien no está de acuerdo. Cada ciudadano del mundo tiene su voz, y esta es igual a la voz de quien escribe desde el otro lado del planeta. (No así su repercusión, es evidente)

   Hubo un tiempo en que resultaba absurdo plantearse que un texto podría llegar indemne al otro lado del mundo y ser comprendido. Y uno anterior a ese en que el otro lado del globo ni siquiera se conocía, y pensar en ello resultaba incluso imposible (por estar prohibido). No queda tan lejos el tiempo en que, para que un texto llegase a más de cien personas, debía pasar un filtro tan duro que apenas un puñado de personas lograban emitir (broadcast) al resto de ciudadanos.

   Consideremos por unos segundos lo afortunados que somos gracias a los ingenieros de los cien últimos años que lucharon contra lobbies de fabricantes, editores, periódicos, políticos e instituciones eclesiásticas para que hoy tú puedas contestar a este artículo con tu opinión.

   Hacer clic en una caja dentro de una pantalla interactiva, teclear unas palabras mediante un teclado optimizado para tus dedos, pulsar un botón, y que todo un planeta tenga acceso a su contenido traducido al instante a miles de idiomas mediante bots automatizados.

   Meditemos durante un segundo lo afortunados que somos al poder escribir, y lo importante que resulta defender este derecho.

Imagen de portada | fancycrave1

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