George Orwell

   La tuberculosis ha hecho mucho por la literatura. Infinidad de escritores la padecieron, muchos de ellos murieron por su causa, y otros tantos pudieron escribir muchos de sus libros gracias a los periodos de convalecencia que la enfermedad les procuraba. Algo que continuó ocurriendo, ya con la dolencia desmitificada, durante buena parte del siglo XX. En un artículo publicado hace tiempo hablaba de ello y mencionaba de pasada el caso de George Orwell, que pasó los últimos años de su vida entre hospitales y murió con 46 años.

   En 1938 Orwell fue a un sanatorio porque estaba tosiendo sangre y finalmente fue diagnosticado de tuberculosis. No es fácil saber en qué momento contrajo la enfermedad, tal vez durante su infancia en la India o quizá en alguno de sus muchos viajes por el mundo, como policía en Birmania o como soldado en la Guerra Civil Española. Su tratamiento fue el habitual, basado en reposo y buena alimentación, lo cual en principio fue suficiente para mejorar su salud y que fuera dado de alta pocos meses después. Sin embargo, ocho años después, al final de la vida del escritor, la dolencia ofreció su cara más virulenta.

   Entre 1947 y 1948, deprimido por la muerte de su esposa, Orwell se trasladó a una isla escocesa de Jura. Acaso fuera el clima frío y húmedo, tal vez la depresión derivada de la pérdida reciente, quizá sus sombrías experiencias en la guerra, o puede que fuera la suma de todo ello, el caso es que su salud empeoró de forma significativa, al tiempo que trabajaba en el primer borrador de la que sería su última novela, 1984, basándose en apuntes que había estado desarrollando desde 1944. La enfermedad le condicionó no solo a nivel anímico sino también físico: no podía estar sentado durante largos períodos de tiempo, por lo que a menudo tenía que escribir desde la cama, algo que resultaba muy incómodo con la máquina de escribir. En un artículo publicado en The Guardian Robert Crum defiende que las circunstancias que rodearon la escritura de 1984 contribuyen a explicar la visión desoladora de la distopía de Orwell. No puede ser de otra forma, a la vista de la descripción que Crum hace de la situación que atravesó el autor mientras estaba escribiendo su novela: «Allí estaba el escritor inglés, desesperadamente enfermo, luchando solo con los demonios de su imaginación en un sombrío pueblo escocés tras las desoladas secuelas de la Segunda Guerra Mundial».

Manuscrito de 1984, datado de 1947, que muestra las revisiones de la novela

   En esta misma línea, un estudio del doctor John Ross, publicado en Science Daily, defiende que la tuberculosis, unida a la infertilidad, podrían haber marcado la pesimista representación del futuro que Orwell hace en 1984. Es más, el terrible sufrimiento que experimentó a causa de esta enfermedad y de sus complicaciones podrían haber ayudado a hacer más realista el sufrimiento del protagonista de su novela. Mientras escribía el libro Orwell tuvo que ser ingresado en el hospital debido a su constante y peligrosa pérdida de peso elevada y a una altísima fiebre, ante lo cual fue sometido a la llamada «terapia de colapso», un tratamiento tan doloroso que, dice Ross, podría haber influido en la descripción de las torturas que Winston Smith padece en el Ministerio del Amor. Orwell podía describir bien la manera en la que el cuerpo de Winston se deterioró porque era el estado de su propio cuerpo: con la columna completamente arqueada, la cintura tan consumida como la de un esqueleto y las rodillas más gruesas que los muslos.

   El mismo Orwell le dijo a sus amigos que 1984 habría sido menos oscuro, inquietante y pesimista si no hubiera estado tan enfermo. Pero en este caso, admitámoslo, 1984 no habría sido 1984. La enfermedad no solo le dio a Orwell una tremenda capacidad de concentración, dice Ross, sino que lo hizo consciente de su propia mortalidad, más empático, le dio un sentido más amplio del sufrimiento humano, lo que trasladó a su historia haciéndola más universal. En definitiva, la tuberculosis hizo de George Orwell un mejor escritor. Aunque el precio que tuviera que pagar por ello fuera su propia vida.

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