Las últimas noches de París de Philippe Soupault

   De todas las figuras eclipsadas por la sombra de André Breton las menos perjudicadas quizá sean las de Paul Éluard, Louis Aragon y Philippe Soupault. Y, con todo, es necesario recuperarlas. Aunque Breton fuera la cabeza visible del grupo, los todos ellos se embarcaron en la aventura dadá que, tras la ruptura con Tristan Tzara, evolucionará hacia los derroteros surrealistas. En 1920 Breton quiso demostrar que era posible hacer un libro entero mediante la escritura automática, y fruto de ello surgió en 1921, en colaboración con Soupault, Los campos magnéticos, verdadero inicio del movimiento, más incluso que el manifiesto publicado en 1924. A partir de 1927 el grupo surrealista coquetea con el compromiso político y el papa del movimiento, Breton, excomulga a todos los que no se adhieren a las nuevas ideas. Con Éluard y Aragon afiliados al partido comunista, son expulsados, entre otros, Artaud, Desnos, Picabia ‒que se vengó escribiendo Pandemonio‒ o el propio Soupault.

   Antes de salir por la puerta falsa del grupo Soupault tuvo ocasión de escribir unas cuantas novelas surrealistas, entre las que destaca Las últimas noches de París, recuperada en una edición exquisita por Jus Ediciones. Soupault publicó su novela en 1928, el mismo año en el que Breton publicaba su autobiográfica novela Nadja. Los puntos en común entre ambos libros no son casuales. Ambas novelas comienzan con el encuentro inesperado entre el protagonista ‒en Nadja es el propio Breton‒ y una misteriosa joven que ejerce sobre él una particular atracción, capaz de afectar al comportamiento de quienes la rodean; en ambas el espacio, el enigmático y fascinante París de los años veinte, se convierte en un personaje más cuyo secreto se pretende desvelar; ambas tienen una prosa híbrida, desordenada deslumbrante.

   La trama, como es de suponer, es lo de menos: un hombre, del que ni siquiera se sabe cómo es o cuál es su nombre, es testigo de la confesión de un asesinato, lo que le conduce a un alucinante viaje por las calles del París nocturno, a un desconcertante encuentro con toda clase de aves nocturnas, con prostitutas, hombres de dudosa moral, asesinos y ladrones, con un marinero, un perro o un pirómano. «La noche de París se había adueñado de todo y era como si las manos negras, los andenes del río y el puente fueran a desaparecer para siempre», se advierte en las primeras páginas. A medida que la historia avanza se va intuyendo que los protagonistas son, a partes iguales, esa noche y París, esa combinación que tan nutrida y mitificada se vio por la bohemia desde mediados del siglo XIX. Hay en el libro posos del decadentismo romántico de Lautréamont, del spleen de Baudelaire, de los affaires de Rimbaud y Verlaine, de la bohemia desvergonzada de Toulouse Lautrec. Y todo ello simbolizado en la figura de la mujer.

   En La mujer en el imaginario surreal Juncal Caballero hace un análisis de las figuras femeninas del universo de Breton que bien podría aplicarse al resto de compañeros surrealistas, incluido Soupault. «Las obras surrealistas se encuentran inundadas de imágenes femeninas tratadas como símbolos, como cuerpos carentes de racionalidad», dice Caballero. La mujer aparece vinculada a conceptos tan dispares como el azar, el amor, la naturaleza, el misterio o el destino. Ocurre con la Nadja de Breton y también con la Georgette de Las últimas noches de París. No solo tiene la capacidad de destruir, a su paso, la tristeza, la soledad y la angustia, sino que prácticamente puede transfigurar la noche parisina, convertirla en un espacio desconocido, maravilloso e inmenso, porque ella misma es la propia noche y su belleza nocturna encarna el misterio.

   Leer Las últimas noches de París no solo es un ejercicio de recuperar a Soupault, es una manera de resucitar y recrear la oscuridad de la bohemia parisina de finales del siglo XIX y principios del XX, de acercarse al surrealismo a través de una de sus obras maestras, de dejarse atrapar por una historia con unas reglas distintas a las de la realidad y, en definitiva, asumirlas como propias. ¿Acaso no debería consistir en eso la literatura?

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