Hace un par de semanas leí un artículo de Miriam Beizana, en que abordaba el modo en que el autor debe encajar las reseñas. Entre otras cosas, utilizaba como ejemplo mi aparente indiferencia ante las críticas, positivas o negativas. Más allá del interés que el artículo pueda tener para los escritores nóveles (que lo tiene) y que la reflexión acerca del vaivén de las críticas sea o no acertada (que en mi opinión lo es), creo conveniente matizar el por qué no se debe atender a todo lo que se dice acerca de lo que uno escribe.

   De la misma manera que existen obras literarias buenas y malas, existen malas y buenas reseñas. Es decir, una reseña podría ser catalogada como buena o mala en dos sentidos distintos: si habla bien o mal de nuestro libro, o por su valía interna, su coherencia, la profundidad de sus análisis, o incluso por su lógica argumental. En general, los autores mezclamos ambos términos y tendemos a pensar que si tal o cual crítico, bloguero o youtuber habla bien de nuestro libro, es que acierta, y que si habla mal de nuestro libro, se equivoca. O bien, en un ejercicio de humildad admirable (pero también ingenuo), que se deben aceptar, asimilar e incorporar a nuestro proceso de escritura todas las críticas negativas que se reciban, vengan de donde vengan.

   Ya señalé en otra ocasión cómo el avance de las nuevas tecnologías modifica el acceso a la cultura y las posibilidades de edición, así como las oportunidades que ofrece y los riesgos que entraña. En este caso, la argumentación es similar. Cualquier aficionado a la lectura con acceso a Internet puede hoy erigirse en crítico literario, y ello por un lado sugiere un proceso de democratización de la lectura, pero por otro anuncia la devaluación del concepto mismo de crítica literaria. De esta manera, encontramos desde blogueros que confunden recursos estilísticos con faltas de ortografía hasta portales especializados capaces de evaluar en profundidad el contenido de las obras.

   Así, no se trata tanto de mostrar indiferencia ante las reseñas positivas o negativas, de atender a sus consejos o rechazarlos de plano, como de discernir el valor interno de la reseña, su capacidad de desgranar la obra y realizar un análisis riguroso. En ese sentido, una reseña debe identificar la temática central de la obra y su estructura formal, evaluar la verosimilitud de la trama y de las subtramas, analizar la construcción de personajes principales y secundarios, la naturalidad de los diálogos y la presentación del contexto. Además, debe tener en cuenta el potencial estético de la obra, el trasfondo ideológico, su pertinencia, su originalidad, el ritmo interno, su coherencia o el manejo del tiempo y el espacio. Jamás debe guiarse por principios subjetivos relacionados con el gusto, ni debe proyectar preferencias o aversiones personales. No debe centrarse en aspectos, pasajes o personajes marginales, reducir la reseña a su propia experiencia de lectura o aventurar hipótesis acerca de las intenciones del autor.

   Parafraseando a nuestro actual presidente, podría decirse aquello de que una reseña no es cosa menor, sino cosa mayor, y exige ciertos conocimientos previos, además de un gran número de lecturas acumuladas. En ese sentido, resulta razonable “no hacer mucho caso a las críticas”, siempre y cuando estas provengan de lecturas precipitadas, relacionadas con apreciaciones personales y carentes de un mínimo rigor estético. Y ello con independencia de que al bloguero de turno le haya gustado o no la obra.

   Sin embargo, da la impresión de que, en virtud de aquél proceso de democratización (digital) de la cultura, en el que cualquiera puede escribir, cualquiera puede evaluar, e incluso cualquiera puede realizar ambas tareas (sólo por el hecho de proponérselo), en la mayoría de los casos nos abocamos a un diálogo de sordos entre autores y lectores, sustentado en la opinión personal, el gusto, y la ausencia de fundamentos objetivos. Así, ni el lector que reseña posee conocimiento suficiente para analizar la obra, ni el autor que la escribe condiciones suficientes para discernir si la reseña es buena o mala, originando de esta manera una argumentación en círculo o petición de principio, a la que precisamente le falta la luz externa de los fundamentos básicos de la escritura y la lectura.

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