Lesbia mía de Antonio Priante

  Descubrir a grandes de la escritura es uno de esos placeres que nos depara la vida como lectores. No importa cuánto hayas leído ni la edad que tengas. Siempre seguirá pasando. A mí me ocurrió hace un par de años con Antonio Priante gracias a Piel de Zapa, que rescató El silencio de Goethe, publicado en 2006 por la desaparecida Ediciones Cahoba. Descubrí entonces a un escritor poco conocido pero tan apreciado por quienes lo han leído que podría considerarse autor de culto. Ahora, una vez más, Piel de Zapa lo ha vuelto a hacer, reeditando la que fuera la primera novela de Priante, Lesbia mía, publicada por Seix Barral en 1992.

   La novela tenía motivos para conquistarme antes incluso de abrirla. Catulo, su pasión desbordada y contradictoria hacia Lesbia y su complejo concepto del amor se encuentran entre los descubrimientos más brillantes y felices de mi época universitaria. También lo fue Los idus de marzo de Thornthon Wilder, novela de la que es un complemento perfecto la de Priante. Ambas corren paralelas en muchos aspectos, porque lo que Wilder hizo con la figura de Julio César, usando a Catulo como figurante de lujo, Priante lo ha hecho justo a la inversa, destacando al segundo sin olvidar al primero. Ambos han elegido además, con bastante acierto, el género epistolar, lo que da una mayor viveza y verosimilitud al relato.

   «La reconstrucción histórica no es uno de los principales propósitos de esta obra. Puede considerársela como una fantasía sobre ciertos acontecimientos y personas de los últimos días de la República Romana», declara Wilder en el prólogo que hace de su novela. Y, ¿no podría decirse lo mismo de la novela de Priante? Pero aunque demos por hecho que Lesbia mía es la reconstrucción ficticia de unos sucesos y de unos personajes, es decir que, al fin y al cabo, es fantasía, la técnica utilizada por el autor, a través del relato epistolar, hacen que todo sea tan convincente que el lector fácilmente se deja caer en el dulce engaño de la ficción, creyendo como real aquello que es producto de la fantasía del escritor. Los acontecimientos históricos reales y documentados están tan mezclados con esa ficción que solo un profundo conocedor de la historia podría desenredarlos y separarlos. ¿Acaso no debería ser así la novela histórica, la verdadera novela histórica?

   Y no es solo que Priante haya escrito un libro con el que consigue una deslumbrante reconstrucción histórica, es que la novela contiene grandes verdades filosóficas. Siendo Catulo el protagonista, ¿qué cabía esperar? A través de sus ojos, de los de Clodia, los de Julio César y los de otros personajes, Priante llena la novela de observaciones sobre la inestabilidad política de la época, sobre las alegrías y los terrores del género humano, sobre el amor ‒no podía faltar el amor en siendo Catulo el protagonista‒.

   Siguiendo la distinción que hace Platón en El banquete, y que siglos más tarde cantará con tanto desaliento Gil de Biedma, en Lesbia mía se mencionan los dos tipos de amor que puede conocer el ser humano, el pandémico y el celeste, «la pasión vehemente y cerebral de Safo y la nostálgica y dulce de Teócrito: el amor de los poetas» y la «triste realidad de las relaciones con los seres vivos, donde no hay más poesía que la que una misma quiera poner». Aquí está, implícita, la distinción entre la mujer irreal y la real, entre la Lesbia diosa y la Clodia mujer. Esta última, la Clodia mujer, no duda en reivindicar un trato de igual a igual con los hombres, en un concepto muy moderno de la figura femenina. Ambos amores, ambos tipos de mujer, confluyen en la poesía de Catulo, que amará con todas sus fuerzas a la primera y odiará más allá de lo posible a la segunda, en un amor destructivo que lo llevará al borde del abismo.

   Como consecuencia de esta contradicción, Octavio Paz menciona a Catulo en La llama doble como uno de los iniciadores del concepto del amor moderno, gracias a tres elementos: la elección libre, el desafío o transgresión y los celos. Clodia, transfigurada en Lesbia, se convierte en una fuerza generadora de poesía, en una inspiración dolorosa. Aunque los momentos de entrega amorosa son intensos ‒en estos pasajes Priante pasa del género epistolar al diálogo más íntimo, propio del encuentro entre enamorados‒, Catulo finalmente es traicionado, lo que unido a la muerte de su hermano hace que se hunda en un pozo de desesperación. La traición de Lesbia no hace sino acrecentar su amor en lugar de disminuirlo, haciendo que el poeta borre las fronteras entre el deseo y el desprecio, entre el amor y el odio, con la formulación de su inmortal «odi et amo», que por supuesto aparece en la novela. Y aunque el autor es consciente de que la pasión amorosa lo está destruyendo, no solo es incapaz de dejar de amarla sino que aún la ama o que la odia con más pasión todavía, porque al final ambas emociones vienen a significar lo mismo.

   Pero no hay que despreciar esa traición amorosa, porque es precisamente eso lo que hace que Catulo escriba sus reflexiones y sus poemas más intensos, más sorprendentes y grandiosos. Parece como si el sufrimiento fuera necesario para Catulo, como si sobre él hubiera levantado su arte y su vida, y sobre todo su arte. Como si hubiera perdido su vida para que hubiese ganado el arte, y con él todos. En algún momento del libro se dice sobre el poeta: «se sumerge en el dolor, en la rabia, en el odio, en el desprecio, y desde esos sentimientos negativos va levantando una obra que suele ser de una belleza extraña. […] Hasta Catulo, ningún poeta ha descendido tanto en las profundidades del corazón humano; nadie hasta él, o por lo menos como él, ha utilizado el arte poético para transitar por esos territorios inferiores, opacos por completo a la luz de la razón». Se añade más adelante que solo los poetas pueden transmutar los desastres en belleza y que los versos de Catulo deberían estar prohibidos en un mundo donde se pretenda ser feliz porque el escritor está condenado y pretende condenarnos a todos con él. Bendita condenación. Este fragmento podría ser la explicación más certera para la admiración que he sentido por Catulo desde que leí sus primeros versos. La novela de Priante no ha hecho sino rememorar esa admiración, darle forma y sentido y hacerla más vívida. Casi me atrevería a decir que hay pizca de la grandeza de Catulo en las páginas de Lesbia mía.

   Lo más sorprendente de todo es que la novela es primeriza y que en la reedición se dice explícitamente que el autor «no ha modificado nada más allá de algún signo ortográfico o alguna palabra que ha estimado mal colocada». Entrar en la narrativa con Lesbia mía es hacerlo por la puerta grande de la literatura. No hay que olvidar que cuando Thornthon Wilder escribió Los idus de marzo llevaba ya cuatro novelas a sus espaldas. Después de hacerlo con Catulo, Antonio Priante siguió diseccionando algunas de las más grandes personalidades de la historia: a Cicerón en La encina de Mario, a Schopenhauer en El silencio de Goethe, a Mariano José de Larra en El corzo herido de muerte. De todas ellas, doy fe de que lo consiguió con Schopenhauer, que no tiene nada que envidiar de su Catulo en cuanto a profundidad y a complejidad. Con esto solo quiero decir que estoy deseando leer otra novela de Priante.

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