La armadura de la luz de Javier Miró

   Lo he dicho en alguna ocasión y ahora lo repito: el libro que más me gustó en 2016 fue El nombre del viento ‒sí, no soy un gran lector de fantasía épica y tardé bastante en leerlo‒. Por eso, creo que decir que leer La Armadura de la Luz de Javier Miró me ha provocado sensaciones muy parecidas a las que tuve en su día con la novela de Patrick Rothfuss es decir mucho. A Miró ya lo conocerán muchos, y es que es la cabeza de proyectos tan interesantes como Autorquía o Libros prohibidos, con quienes hemos colaborado en alguna ocasión. Con este libro Miró da un salto de género, pasando de la ciencia ficción, terreno en el que se inició como novelista con Rebelión 20.06.19, a la fantasía épica de corte más clásico, de tipo medieval y rolero ‒al fin y al cabo, en una entrevista el autor ha afirmado que la idea del libro la tuvo durante una partida de rol con los amigos‒.

   La Armadura de la Luz nos cuenta la historia de este objeto mágico, una armadura que fue forjada en el principio de los tiempos junto con la Armadura de la Oscuridad. La primera representaba el Bien puro y la segunda el Mal puro, y unidas tenían la capacidad de convertir a su portador en la criatura más poderosa del mundo, alguien equiparable a un dios. Ambas armaduras fueron separadas y se perdieron, quedando reducidas a simple mito. Pero he aquí que la Armadura de la Luz reaparece, ofrecida como premio en un torneo que se celebrará en la ciudad portuaria de Melay y a la que acudirán desde todos los rincones del mundo para medir sus fuerzas guerreros, paladines y, cómo no, fuerzas oscuras y misteriosas. En este contexto conoceremos a Jax e Iviqi, dos mercenarios aventureros que consiguen sobrevivir a duras penas con los trabajillos que les van saliendo.

   Casi desde la primera página, la historia nos deja muy claros sus objetivos. Se trata de una novela de aprendizaje en el que iniciaremos el viaje de héroe con Iviqi, una joven con un pasado incierto, en el que incluso se ha visto obligada a robar para sobrevivir, que tiene poca experiencia en el campo de batalla pero llena de entusiasmo y pasión. Más que con hacerse con la Armadura de la Luz, Iviqi sueña con dominar las artes Jhassai, una antigua y secreta disciplina de lucha que combina las artes marciales con la magia. Frente a Iviqi se perfila, a través del contrapunto, Jax, voz de la conciencia de la joven, que a sus treinta años puede considerarse ya un guerrero curtido, de vuelta de todo, que sueña con acabar con la azarosa vida de los caminos y retirarse, como buen soldado, a la tranquilidad de una granja en el campo. Javier Miró ha creado dos personajes que, de alguna manera, consiguen desdoblar al Kvothe de Rothfuss. Iviqi es equiparable al joven Kvothe, con quien comparte, entre otros elementos, los orígenes circenses, la fascinación por la magia o el talento en la lucha; Jax, en cambio, es el viejo Kvothe de la posada Roca de Guía, ese que ya ha colgado su espada en la pared, donde empieza a oxidarse.

   No son los únicos paralelismos entre ambas novelas. ¿Cómo no recordar la altivez, la soberbia o el desprecio hacia todo de Haslor de Erjkeraal a Ambrose Anso? Javier Miró ha conseguido algo que me parecía casi imposible: crear un personaje todavía más odioso y detestable que Ambrose. Los caminos de Haslor y el par de aventureros se cruzan iniciando una persecución obsesiva y casi podría decirse que masoquista después de que Iviqi robe al noble su objeto más preciado, una espada cuyo valor real el impertinente Haslor desconoce. Este personaje, además, se rodea de una cuadrilla de secundarios que no tienen desperdicio y que producen una serie de emociones que van desde el patetismo más absoluto a una jocosidad que le da a la historia algunos de sus momentos más divertidos.

   Una vez en Melay el autor demuestra su más que sobrada capacidad a la hora de recrear mundos sólidos, con una cultura, una cosmogonía, una historia propias, con unas pocas pinceladas que no abruman al lector. Desde el primer momento en que los dos protagonistas ponen un pie en la ciudad, se inician una serie de episodios tremendamente roleros, ya sea en posadas, en tabernas, en mercados, etc. Acontecimientos que culminan en el torneo por la Armadura de la Luz, uno de los momentos más deslumbrantes y sorprendentes de la novela.

   Junto a los personajes señalados a lo largo del relato van apareciendo muchos más, algunos de ellos llenos de carisma o de misterio, como el enigmático monje asceta Aezhel, los asombros Shalteis, el diestro espadachín Sergivs Dulegween III, el extravagante mago Mness o el grupo de terribles y fieras amazonas. No todos los personajes están definidos al mismo nivel, pero por encima de los desarrollos psicológicos, cada uno cumple perfectamente con su función. Además, el autor consigue algo imprescindible en este tipo de tramas: mantener el misterio hasta el final. Esto se consigue porque hasta los últimos capítulos muchos de los personajes no desvelan sus verdaderas intenciones, y porque además introduce conspiraciones de órdenes secretas enfrentadas a otras órdenes secretas.

   Si La Armadura de la Luz gusta, el final es quizá lo mejor, porque siendo abierto da pie a posibles continuaciones. No es que se haya quedado nada en el aire, todo acaba atado y bien atado, pero en los últimos momentos se sugieren nuevas posibilidades de aventuras, un caramelo más que apetecible para los amantes de las sagas. De hecho, el propio Javier Miró ha afirmado que tiene pensado escribir más historias ambientadas en Umheim, el universo de La Armadura de la Luz. Historias que estoy seguro de que leeré. Ya solo falta esperar que en este aspecto Javier Miró no se parezca a Patrick Rothfuss.

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