Ilustración de Charles Dana Gibson, publicado en Life en 1900

   Debido al modo de vida acelerado y estresante que tenemos en la actualidad, el contacto de muchos lectores con los libros se reduce principalmente a dos momentos a lo largo del día: cuando van en medios de transporte para dirigirse a casa o al trabajo y en la cama, justo antes de irse a dormir. De ahí el tópico de la montaña de libros pendientes en la mesita de noche, un imprescindible en el mobiliario de lectores de todo el mundo. Eso sí, si consigues ‒que no suele ser mi caso‒ aguantar más de tres páginas sin caer rendido de sueño. Pero aunque solo sea para leer unas pocas páginas, merece la pena hacerlo, a la vista de los innumerables beneficios que tiene leer antes de dormir.

   Sin embargo, este hábito no siempre se consideró una actividad tan habitual, tan valiosa, tan placentera y, en definitiva, tan recomendable. En la Europa del siglo XVIII leer antes de dormir, o más bien, leer en la cama, se llegó a considerar una práctica arriesgada que ponía en peligro la integridad tanto del cuerpo como del alma. En 1831 el diario The Spectator publicó un artículo en el que se informaba de la muerte de un noble, Lord Walsingham, cuyos restos habían sido encontrados carbonizados por sus sirvientes en su dormitorio tras un incendio. Así mismo, su esposa también sufrió un trágico final: murió al saltar por la ventana tratando de escapar de las llamas. La causa que con la que se especuló en su momento para explicar este fatal suceso fue que Lord Walsingham se había atrevido a realizar algo que, según se decía, era sinónimo de muerte segura: leer en la cama. En una época en la que la iluminación para la lectura nocturna se conseguía con velas, dormirse mientras se leía podía resultar fatal al golpear una vela y producir un incendio. Desde The Spectator se instaba a los lectores para que evitaran una costumbre que no solo ponía en peligro sus vidas sino también sus almas. Lo recomendable era, advertían, terminar el día con una «oración, para mantenerse a salvo de los peligros corporales y espirituales».

   Durante los siglos XVIII y XIX aparecieron muchos escritos que no dudaban en exagerar los horribles peligros de leer en la cama. En 1791 se publicaron, bajo el título de Tale of Truth as well as of Sorrow, las memorias de Hannah Robertson, donde se exponía un ejemplo del riesgo de leer en la cama. Robertson cuenta el inicio de un incendio de un visitante que se había quedado dormido en la cama y que accidentalmente golpeó una vela; las llamas llegaron a los muebles y consumió prácticamente todas las posesiones. También hay algunos escritores conocidos que incurrieron en esta peligrosa falta. En 1778, una biografía póstuma llamó a Samuel Johnson «niño insolente» por su costumbre de leer en la cama; y otra biografía, esta de Jonathan Swift, exponía que el autor casi quedó al completo su castillo de Dublín por este mismo hábito, tras lo cual trató de ocultar el incidente sobornando a las autoridades.

   Es comprensible, hasta cierto punto, la preocupación por una actividad que podía desencadenar una tragedia. Sin embargo, no era tan habitual como se pretendía hacer ver. De los 29.069 incendios registrados en Londres entre 1833 y 1866, solo 34 se atribuyeron a leer en la cama, la misma cantidad de incendios que los producidos por algún incidente desencadenado por gatos. Si nos atenemos a los datos, la probabilidad de que ocurriera era mínima.

   ¿Por qué demonizar, entonces, una práctica que además se vinculó con la decadencia moral y espiritual? ¿Por qué leer, además de peligroso para la vida, se consideraba depravado para el alma? Pues porque la lectura en la cama suponía algo totalmente nuevo. En el pasado la lectura había sido una actividad que se realizaba de forma oral y en grupo. Cuando se convirtió en una práctica silenciosa e individual hubo muchas personas que no estuvieron de acuerdo. Allá por el siglo IV San Agustín de Hipona cuenta en sus Confesiones que se quedó estupefacto cuando vio a san Ambrosio de Millán leyendo en silencio en su celda.

   Hasta los siglos XVII y XVIII leer en la cama era un privilegio reservado solo a unos pocos afortunados que sabían leer, que tenían acceso a libros y que podían permitirse el lujo de tener tiempo de ocio antes de ir a dormir. Pero la imprenta hizo que la lectura silenciosa e individual se convirtiera en algo habitual, tanto que muchas bibliotecas se trasladaron de las salas comunes, de los salones o los estudios, a los dormitorios. Al mismo tiempo se fue cambiando el concepto de dormitorio, que hasta ese momento en muchos hogares era el lugar de reunión de la familia, hasta convertirse en un espacio totalmente privado. Y al convertirse este en un espacio completamente privado, se creaba una peligrosa oportunidad para caer en la transgresión. De hecho, en su historia de la masturbación, Solitary Sex, el historiador Thomas Laqueur vincula la preocupación del siglo XVIII hacia la lectura en la cama con la masturbación. Se temía que la autonomía individual que resulta de ambas actividades condujera a la ruptura del orden moral colectivo.

   En definitiva, más que poner en riesgo la vida o las propiedades, la lectura solitaria promovía la vida privada y fantasiosa que amenazaba a la colectividad, especialmente en el caso de las mujeres. La independencia o la riqueza interior que conlleva la lectura no casaban bien con la sumisión que se exigía de ellas.

   Cuando se produce una transformación social importante esta suele venir acompañada con voces que advierten de sus peligros morales y espirituales. No hace falta ir demasiado lejos para comprobarlo porque lo estamos viendo con el desarrollo de Internet, una herramienta que ha alterado la manera de leer y de comunicarnos todavía más de lo que en su día supuso el cambio de la lectura colectiva a la individual. Irónicamente, en la actualidad hemos llegado a una especie de situación inversa. Si en el siglo XVIII se prevenía de los peligros de aislarse en la cama con un libro, hoy en día se advierte justo de lo contrario. Sacrificamos el momento de privacidad que nos puede proporcionar un libro en el momento de irnos a dormir en favor de la conexión social que obtenemos de Internet. Y parece que ni siquiera los innumerables beneficios que hoy en día se atribuyen a leer en la cama pueden invertir esta tendencia.

   Fuente: The Atlantic

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