L.J. Ross

  Pocas cosas hay más satisfactorias para un escritor que poder vivir de lo que escribe. No porque uno piense que va a conseguir amasar grandes sumas de dinero sino porque lograrlo implica dedicarte a tiempo completo a la escritura y que no necesitas compaginarlo con otros trabajos, implica que habrá mucha gente que te lea. Es algo difícil de conseguir, pero no imposible. Casos como los de J.K. Rowling, Suzanne Collins, Dan Brown, Veronica Roth, George R.R. Martin o Anna Todd demuestran que es posible conseguirlo con un solo libro. Independientemente de que se hayan leído o no, estos nombres resultarán familiares a cualquier lector, a no ser que haya vivido en una cueva, aislado del mundo, en la última década.

   Porque, ¿acaso es posible que un escritor venda millones de libros y sea prácticamente un desconocido? Parece inverosímil, pero nadie diría que detrás de nombres como Keith Houghton, L.J. Ross o Rachel Abbott hay autores que han conseguido vender millones de copias de sus libros. ¿Cómo han logrado esta hazaña? Muy sencillo: después de decenas ‒o en algunas casos cientos‒ de rechazos editoriales, estos autores decidieron autopublicarse a través de Amazon, por lo que sus libros, que a menudo ni siquiera tienen ISBN, son ignorados de forma sistemática por los cauces habituales de la industria para dar a conocer a autores: listas con los libros más vendidos, medios de comunicación y crítica, etc.

   Keith Houghton compaginaba su trabajo de técnico informático con la escritura de thrillers. Tras más de cien rechazos editoriales decidió autopublicarse. Para promocionar el libro decidió permitir que se descargara gratis. El resultado fueron más de 25.000 descargas en un solo día, lo que se tradujo en beneficios de seis cifras a los pocos meses. En seis años Houghton ha vendido más de 500.000 libros, principalmente con su serie de libros Gabe Quinn.

Keith Houghton

  El caso de L.J. Ross fue bastante parecido. Esta abogada dedicó parte de su baja por maternidad a escribir. Después de ponerse en contacto con varias editoriales y de revisar sus contratos se dio cuenta de algo que es evidente: la autopublicación es muchísimo más rentable económicamente para los autores. Mientras que en una editorial tradicional el autor percibe de media alrededor del 7,5% de cada libro vendido, en Kindle Direct puede conseguir un 70% del precio de venta. Esto hace que autores como Ross, que ha conseguido superar los 900.000 libros vendidos, pueda dedicarse por completo a la escritura.

   Además de los beneficios económicos, la autopublicación tiene la ventaja de otorgar a los autores mayor libertad sobre lo que escriben. Una editorial tradicional nunca va a publicar un libro que no tenga potencial comercial, lo que hace que muchos de los libros que publiquen estén cortados por el mismo patrón. Con la autopublicación el escritor tiene la libertad de hacer absolutamente lo que le dé la gana con su libro, haciendo historias que quizá ningún editor se atrevería a publicar. Como si quiere romper con la tradicional separación entre géneros. Pero eso sí, tendrá que cargarse de un montón de trabajo extra que no es escribir y del que se encargaría una editorial. Rachel Abbott ha vendido más de 2 millones de copias de sus libros pero ella viene del mundo de los medios de comunicación y se dedicó durante años a tiempo completo no solo a escribir sino a darle publicidad a lo que escribía, siguiendo un estudiado plan de marketing.

   Houghton, Ross o Abbott son probablemente una especie en peligro de extinción. Como he dicho en alguna ocasión, Amazon y su efecto Kindle cambiaron las reglas de la industria editorial, como demuestran casos como el de Anna Todd o el de la propia Abbott, que también ha dado el salto a las grandes editoriales. Los editores son conscientes del potencial que hay en la autopublicación y están más pendientes que nunca de lo que se cuece por esos lugares, dispuestos a lanzar a autores que ya han demostrado tener el apoyo de un público afianzado con cientos de miles de descargas. Los autores, por su parte, parecen no tener problema en dejarse seducir a golpe de talonario y de unos contratos mucho más ventajosos. Esto, a su vez, ha repercutido en muchos de los autores autopublicados, que ahora escriben lo que piensan que puede llamar la atención de las editoriales ‒refritos de otros éxitos‒ esperando que llegue su turno. Lo de los escritores desconocidos que venden millones de libros parece ya cosa del pasado.

   Vía: The Guardian

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