Supongo que los libros han de empezarse por el principio, con ellos cerrados. Y por eso tengo que dar (por segunda vez) mi más sincera enhorabuena a quien haya elegido el tamaño y los materiales de la portada. Es de esas que supone un lujo sostener.

   Nunca me ha gustado leer la contraportada de los libros porque en algunos casos las sinopsis o la información relacionada mata parte de la chispa y la sorpresa en el avance del mismo. En este caso aconsejo casi con locura pasar directamente al interior, a la página 9 y al principio de todo lo que vendrá después.

reseña Un pintor debajo de un fregadero, de Afonso Cruz

Una forma original de construir una vida

   El ritmo, a partir de la tercera página, se vuelve rápido y avanza a saltos. Afonso Cruz va brincando a través de la vida de los personajes a través de aquellos momentos que marcan el carácter de uno.

   Porque, aunque estamos hechos del día a día que vivimos desde que nacemos, hay momentos que tienen mucho más peso que cualquier otro. De esas conversaciones que definen una vida y la diferencian de la vida que surge de la conversación de la mesa de al lado, Cruz levanta las historias de sus personajes.

   Y es que el autor sabe crear memorias ficticias, y lo hace a través de trazas y retales de momentos clave en la vida de sus personajes inventados (o no tan inventados), de modo que cuando echamos la vista atrás en el libro podemos recrear sin problemas la personalidad de cada uno de los actores en base a esos momentos cumbre, que Cruz cosecha con mimo y explica con un cuidado digno de elogio.

Un aplauso a la traductora (otra vez)

   Claro, que ese cariño hacia las palabras no hubiese sido posible sin Teresa Matarranz, a quien ya vimos como traductora de Afonso Cruz en su entrega anterior, La Muñeca de Kokoschka (◄ si no lo has leído, ya tienes uno más para la colección)

   Aunque no es frecuente hablar de los traductores en las reseñas, resulta imposible hablar de este libro sin ella. Pocos escritores seleccionan las palabras que quieren que leas con tanto cuidado como Afonso Cruz, lo que añade una dificultad añadida a la traducción, que es impecable.

Un pintor debajo de un fregadero, de Afonso Cruz reseña

No se sorprende dos veces con el mismo truco

   Sin embargo, no son todo halagos para este libro. Mientras que en La Muñeca de Kokoschka Afonso Cruz nos sorprendía a todos con una forma original y nueva de encadenar las palabras, los personajes y los capítulos, en Un pintor debajo de un fregadero vuelve a rescatar el mismo estilo acalorado durante todo el volumen, casi haciendo difícil diferenciar su obra anterior de esta, que parece una continuación con personajes diferentes.

   Y bien, porque ya comenté que Kokoschka me encantó con su estilo fresco. Pero mientras que su libro anterior nace de la originalidad, este último parece surgir de repetir lo que funcionó en aquel. Dando al traste con cualquier posible sorpresa para el lector (a menos que haya obviado la contraportada, recordad).

Capa sobre capa se construye una realidad

   En Un pintor debajo de un fregadero, Cruz vuelve a usar un recurso que ya me resulta familiar en él, y es el encadenamiento de conceptos a la hora de construir historias. Blindando capa sobre capa para apuntalar sus cuentos.

   Los ojos tienen que ver con la luz, esta con las personas, y ellas con los sentimientos. De modo que los personajes y situaciones acaban tan adjetivadas que resulta imposible separar conceptos como Františka (uno de los personajes) arena, flores y cristal de tiempo.

   Restando puntos la falta de originalidad en esta entrega (no, no se puede tener todo) Un pintor debajo de un fregadero vuelve a ser una maravilla que creo que merece la pena leer. No por el autor. Ni siquiera por el estilo, la magnífica traducción o por cómo está diseñada la cubierta.

   En este libro, y aquí hago hincapié a las últimas páginas se nos demuestra cómo un recuerdo de la niñez puede construir relatos maravillosos llenos de detalles vívidos, aunque al protagonista del libro se le vaya la luz de los ojos.

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