La Biblia «maldita»

   Los errores eran tan habituales en el trabajo de los escribas durante la Edad Media que incluso existía un demonio, llamado Titivillus, que inducía a los monjes a cometerlos. Y es que cuando un manuscrito contenía un error la situación solo podía ir a peor. En el mejor de los casos ese error se arrastraba a los manuscritos que se copiaban de él, aunque lo más habitual es que se introdujeran errores nuevos. Pero no se piense que Titivillus se inventó para descargo del escriba. Muy al contrario, este demonio metía todos los errores en un saco y por las noches lo llevaba al infierno, en donde cada error quedaba anotado en un libro, para que pudiera ser reclamado a los monjes en el Juicio Final. Con la invención de la imprenta Titivillus no cejó en su empeño, pero en lugar de atormentar a escribanos empezó a hacerlo con los cajistas.

   ¿Quién sino un demonio pudo hacer que una Biblia normal se convirtiera en la que se ha conocido como Biblia «maldita»? Algo que consiguió quitando una sola palabra, un sencillo «no» de dos letras. En 1631 los impresores reales de Carlos I de Inglaterra, Robert Barker y Martin Lucas, recibieron el encargo de editar 1.000 Biblias, pero lo hicieron con la particularidad, no se sabe si por error o por sabojate, de que el sexto mandamiento no llevaba impresa esa palabra. Así pues, el texto invitaba al pecado en lugar de prohibirlo: «Cometerás actos impuros». Carlos I ordenó quemar en la hoguera todas las copias del libro e impuso a los impresores una multa de 300 libras ‒unos 54.000 euros actuales‒, además de quitarles la licencia para editar más libros, lo que supuso su absoluta ruina. Hoy en día estas Biblias, de las que no quedan más de una decena de copias, son libros tremendamente raros y buscados, cuyo precio en subastas puede superar con facilidad los 20.000 euros.

Cometerás actos impuros

   Recientemente Danuta Kean ha recordado algunos de los errores tipográficos más sonados del siglo XX en un artículo para The Guardian. En un pasaje de una edición de 1925 de Una tragedia americana de Theodore Dreiser leemos: «Armoniosamente abandonándose al ritmo de la música ‒como dos pequeñas patatas siendo arrojadas sobre un mar áspero pero amistoso». En una primera edición de La carretera de Cormac McCarthy se confunde la palabra «beach» con «bench», de tal manera que en la traducción quedaría así: «Un momento de pánico antes de que lo viera caminando por el banco de la costa con la pistola colgando de su mano, con la cabeza gacha». Aunque si una obra es conocida por el número de errores que contiene su primera edición es Trópico de Cáncer de Henry Miller.

   En determinadas novelas no es fácil saber si los supuestos errores son realmente errores casuales o si son deliberados. Ocurre con Finnegans Wake de James Joyce, que tiene una escritura tan enrevesada que es difícil detectar errores. Para Joyce los errores pueden ser una oportunidad para enriquecer o complicar la novela más todavía. De hecho, el escritor irlandés, que se la dictó a Samuel Beckett, dijo en un pasaje donde alguien llama a una puerta «Come in» y a pesar de ser un error evidente le gustó y lo dejó en la versión final.

   Hay errores que pueden contarle más de un quebradero de cabeza al autor o a su editorial. Mark Twain descubrió, con bastante desagrado, que su primera edición de Huckleberry Finn tenía una ilustración poco decorosa. Aunque no era un error de texto, y no llegó a aclararse nunca si fue accidental o premeditado, el escritor se vio obligado a retirar la edición completa, que había pagado de su propio bolsillo. Pero ni punto de comparación con lo ocurrido con la primera edición de Libertad de Jonathan Franzen, sobre todo porque tuvo lugar en pleno 2010. El autor descubrió que el libro estaba lleno de decenas de errores gramaticales, ortográficos y narrativos en medio de una lectura pública. Tanto se indignó que detuvo su lectura y dijo: «Lo siento, me estoy dando cuenta de que hay un error aquí que se corrigió a principios de las galeras y todavía está en la puta tapa dura del libro». En lugar del texto definitivo y revisado, se envió a impresión un versión temprana del libro, así que HarperCollins se vio obligada a retirar la toda la tirada de 80.000 copias completa. Actualmente los pocos libros que hay de esa primera versión son bastante más caros que la siguiente versión revisada.

   Errores de ese tipo pueden valer su preso en oro. Hace unos días se subastó una copia de Harry Potter y la Piedra Filosofal con el nombre de la autora escrito como «J.A. Rowling» por casi 10.000 libras. Aunque el récord en la saga de libros del joven mago lo tiene una insólita primera edición donde la palabra «filosofal» aparece mal escrita en la contraportada, que se vendió en 2016 por 43.750 libras. ¡Dichoso sea entonces el error! ¿Quién le iba a decir a Titivillus que sus trastadas iban a convertirse en un negocio tan lucrativo?

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