En la noche de los cuerpos de Esther Ginés

   «El arte no es un espejo en el que nos contemplamos, sino un destino en el que nos realizamos», escribió Octavio Paz. Alejandra Pizarnik lo sabía y, consciente de ello, inventó una vida en la que convirtió la poesía como destino en su propio mito personal o, en palabras de Enrique Vila Matas, creó «una lírica extrema y también una tragedia». El 15 de abril de 1961 la autora de Extracción de la piedra de la locura escribía en su diario: «La vida perdida para la literatura por culpa de la literatura. Por hacer de mí un personaje literario en la vida real fracaso en mi intento de hacer literatura con mi vida pues esta no existe: Es literatura».Por eso, que Esther Ginés haya elegido un verso de Pizarnik para darle título a su última novela, En la noche de los cuerpos, es prácticamente una declaración de intenciones.

   Porque sobre eso trata este librito escrito en forma de carta que no llega a las doscientas páginas, del arte como destino, por encima y por delante de la vida. En ocasiones hay personas que han tenido que sacrificar su existencia al arte en favor del resto de seres humanos, personas que han tenido que morir, llevados por una fuerza interior que los impulsaba hacia la autodestrucción, para que muchos otros sobrevivan. Carlos Mayoral ofrece un sucinto catálogo de ellos en su maravilloso Etílico. ¿Quién se atrevería a mirar a los ojos a esas personas y a decirles «tú eres la ofrenda en el altar del genio para que todos los demás nos aprovechemos»? Solo así se explica cómo de las manos de cretinos, de neuróticos, de drogadictos o de cualquier ser humano decadente ‒como reflexiona Thomas Mann en Muerte en Venecia‒ pueden salir algunas de las obras de arte más grandes de la historia. Miguel D´ors condensa como nadie esa contradicción en los versos de un poema dedicado a otro artista inmolado, Charlie Parker: «el indecible / esplendor de la rosa / y el estiércol».

   Tal vez pueda parecer que me enrollo mucho para no decir nada sobre la novela de Esther Ginés y, sin embargo, creo que lo digo todo. Los personajes de En la noche de los cuerpos también deciden sacrificar sus vidas al arte, en concreto a la pintura, ya sea de forma libre o involuntaria. Olivier es un pintor que, para crear una obra que transcienda, está dispuesto a realizar ese sacrificio, y no solo en sus propias carnes. Llevado por esta idea, la inmensidad del arte lo justifica todo, incluso los actos más repugnantes y reprobables, como privar de la libertad a un ser humano. La idea de D´ors llevada al extremo. Y por otra parte tenemos a Cecilia, que se sacrifica por lo que para muchos podría ser una variante del arte, el amor, pero no cualquier tipo de amor sino uno malsano y obsesivo, basado en una relación desigual ‒no por casualidad dentro de la historia es también importante el cuadro de Waterhouse Cupido y Psique‒. El triángulo se cierra con Laia que es, con diferencia, la mayor ofrenda de la novela.

   Otras dos de esas vidas ofrecidas al arte son las de Dante Gabriel Rossetti y la de su musa Elizabeth Siddal, su Lizzie. Para que el autor prerrafaelista pudiera inmortalizarla en obras como Beata Beatrix, fue necesario el sacrificio personal. Lejos de los idealismos del arte y del amor, la vida de Elizabeth junto a Rossetti estuvo llena de infidelidades por parte de él, de desgracias vitales como la muerte de su hija, de enfermedades, de depresiones y de adicciones. Esta historia real corre paralela a la novela de Esther Ginés, donde Rossetti y Lizzie son tan importantes que los personajes de la novela prácticamente pretenden convertirse en ellos. Y en el centro de todo ese universo una obra icónica: la Ophelia que John Everett Millais pintó en 1852. Este cuadro, como ningún otro, simboliza ese sacrificio al arte, porque para crearlo Siddal tuvo que representar el ahogamiento flotando vestida en una bañera de agua helada, durante el invierno, lo que la llevó a padecer una severa neumonía. Este cuadro, que es la obra inmortal que Olivier trata de emular, será uno de los pilares de la novela y desencadenante del último y definitivo sacrificio del pintor.

   No se puede negar, desde luego, que En la noche de los cuerpos sea una historia para reflexionar, no solo sobre los vínculos entre vida y arte, o sobre las barbaridades que nos puede llevar a cometer una relación dañina, o sobre el papel de la mujer como musa a lo largo de la historia del arte, sino que es, ante todo, una novela para disfrutar, para dejarse encandilar, porque el hecho de que sepamos la historia que hay detrás de la Ophelia de Millais o de la Beata Beatrix de Rossetti no hace que admiremos o amemos menos esos cuadros; al contrario, uno estaría dispuesto a mirar a la cara a Rossetti, a Lizzie, a Millais, y decirles: «gracias por este sacrificio, gracias por habernos dado tanto». Y, por supuesto, gracias a Esther Ginés por recordárnoslo con este libro.

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