La biblioteca secreta de Daraya

La biblioteca secreta de Daraya

   Durante los últimos cinco años la ciudad de Daraya, al sudoeste de Damasco, ha sido de las más castigadas por la Guerra Civil Siria. Eso no ha impedido que decenas de voluntarios hayan rescatado de los edificios bombardeados, de forma totalmente desinteresada, más de 14.000 libros de todas las temáticas inimaginables, a veces esquivando disparos o detonaciones, y los hayan reunido en una biblioteca biblioteca subterránea secreta. «En cierto sentido, la biblioteca me devolvió la vida… al igual que el cuerpo necesita alimento, el alma necesita libros», declara Abdulbaset Alahmar, uno de sus usuarios, y este comentario es suficiente para comprender cómo es posible que haya personas capaces de arriesgar su vida para salvar libros.

   Al igual que la biblioteca secreta de Siria, muchas otras bibliotecas se han mantenido ocultas al mundo, debido sobre todo al tremendo peligro que las presiones religiosas o políticas suponían para la conservación de los libros.

El arqueólogo y sinólogo francés Paul Pelliot leyendo manuscritos de Dunhuang en 1908

   Una de ellas se encuentra en el desierto de Gobi, entre el norte de China y el sur de Mongolia, concretamente en la región de Dunhuang, donde se encuentra una red de santuarios que había estado sellada durante casi mil años conocida como las Mil Grutas de Buda. En el 1900 un monje taoísta llamado Wang Yuanlu, guardián no oficial de las cuevas, descubrió una puerta oculta que condujo a una cámara llena de manuscritos que databan de entre el siglo IV al siglo XI. Wang se puso en contacto con las autoridades provinciales y en un primer momento mostraron poco interés en el descubrimiento. Sin embargo, las noticias del hallazgo no tardaron en llegar a oídos del explorador húngaro Aurel Stein, que consiguió convencer a Wang para que le vendiera unos 10.000 manuscritos. De esta forma, la mayor parte de los manuscritos acabaron en colecciones de Francia, Rusia o Japón. Cuando en 1910 el gobierno chino dio la orden de que los manuscritos que quedaban fueran trasladados a Pekín solo se conservaba una quinta parte del tesoro original. Una colección que empezó a ser digitalizada en 1994 gracias al Proyecto Internacional Dunhuang, dirigido por la Biblioteca Británica y con la colaboración de bibliotecas de todo el mundo. Gracias a ello es posible consultar la primera carta astral completa del mundo, leer el texto, en hebreo, de un comerciante que viajaba de Babilonia a China o consultar el contrato de la venta de una esclava que permitía saldar la deuda de un comerciante de seda. Pero por encima de todos los documentos destaca el Sutra del Diamante, obra sagrada clave del budismo. Según la Biblioteca Británica, la copia de la cueva data del 868 y es la primera copia completa del mundo de un libro impreso con fecha.

   Stein defendía que esta biblioteca era una especie de almacén de manuscritos que habían perdido utilidad pero que se consideraban demasiado importantes como para ser destruidos. El arqueólogo y sinólogo francés Paul Pelliot sugirió que la biblioteca había podido ser cerrada en 1035, cuando el imperio de Xi Xia invadió Dunhuang. Por su parte, el erudito chino Rong Xinjiang defendía que la biblioteca se había ocultado por temor a una invasión de los Qarajanidas islámicos, algo que nunca llegó a ocurrir. Sea cual fuera el motivo de que la biblioteca estuviera oculta, los tesoros que contenía cambiaron algunos conceptos clave de la historia, además de recordarnos que el papel y la impresión no se originaron en Europa.

Solomon Schechter trabajando en la Biblioteca de la Universidad de Cambridge, 1898

   Cuando se habla de bibliotecas ocultas no hay que pensar únicamente en cuevas selladas con un montón de estantes llenos de manuscritos. A finales del siglo XIX fueron descubiertos, ocultos tras una pared de la sinagoga de Ben Ezra, casi 280.000 fragmentos de manuscritos judíos, en lo que se conoció como la Genizah de El Cairo ‒la palabra «genizah», que proviene del hebreo, originalmente significa «esconderse» y más tarde pasó a significar «archivo»‒. Un judío rumano Jacob Saphir dejó constancia del escondite en un libro de 1874 pero no fue hasta que en 1896 dos hermanas gemelas escocesas, Agnes Lewis y Margaret Gibson, mostraron algunos de los manuscritos al académico de la Universidad de Cambridge Solomon Schechter que el tesoro fue conocido por el mundo entero.

   De acuerdo con la ley judía, ningún escrito que contenga el nombre de Dios puede ser destruido. Los judíos medievales apenas escribían nada sin nombrar a Dios, incluidas cartas personales o listas de la compras, lo que explica que no se tirara ningún documento. Cuando los textos iban quedando inservibles eran almacenados en un área de la sinanoga a la espera de ser enterrados. Durante mil años, la comunidad judía de Fustat depositó allí sus documentos, que se mantuvieron intactos y que hoy en día, formado por unos 250.000 fragmentos de textos, son el mayor y más completo archivo sobre la vida de Egipto desde el siglo IX al XIX. «No es una exageración decir que nos ha permitido reescribir lo que sabíamos de los judíos, de Oriente Medio y del Mediterráneo en la Edad Media», dijo Ben Outhwaite, jefe de investigación de Genizah en Cambridge, para una entrevista en The New Yorker.

   Son una fuente de información prácticamente única para reconstruir la historia de los siglos X al XII en Europa y en el mundo islámico. Gracias a esos fragmentos sabemos que los comerciantes judíos tenían buenas relaciones con cristianos y musulmanes, que eran tratados con más tolerancia de la que se pensaba y que el antisemitismo no era alto tan habitual. Tal es la importancia de estos documentos que en 2013, las bibliotecas de las universidades de Oxford y de Cambridge se unieron por primera vez para para recaudar fondos que permitieran mantener a salvo la colección.

Los Archivos Secretos del Vaticano

   Que se conozca la ubicación de una biblioteca no significa que no esté oculta. Situados en un búnker de hormigón, en la parte de atrás de la Basílica de San Pedro y protegidos por guardias suizas y oficiales de la policía de la Ciudad del Vaticano, los Archivos Secretos del Vaticano han sido objeto de toda clase de teorías conspiratorias desde que fueran fundados en 1612 ‒un mito alimentado por Ángeles y demonios de Dan Brown‒. Además de contener correspondencias papales de más de mil años ‒con figuras como Mozart, Erasmo, Carlomagno, Voltaire o Hitler‒, las leyendas cuentan que la colección incluye cráneos extraterrestres, documentación que haría referencia a la descendencia de Jesucristo o incluso una máquina del tiempo llamada Chronovisor, construida por un monje benedictino para poder retroceder al pasado y filmar la crucifixión de Jesús.

   Para intentar disipar esos mitos, en los últimos años se ha abierto el acceso a la colección, e incluso tuvo lugar una exposición de documentos de los archivos en los Museos Capitolinos de Roma. Además, hay investigadores y estudiosos que tienen acceso a una parte de los archivos ‒ya en 1881 el papa León XIII permitió el acceso a varios eruditos‒. Existen secciones cuya consulta, sin embargo, continúa estando vetada, como los documentos relativos al momento en que Pío XII se convirtió en Papa o los archivos vinculados a los asuntos personales de los cardenales desde 1922 en adelante. Hay que recordar que la palabra «secreto» que encontramos en el nombre de esta biblioteca proviene del latín «secretum», y hace más referencia a «privado» que al concepto que hoy en día le damos a «secreto».

   Más allá de esas leyendas, los Archivos Secretos del Vaticano contienen documentos que se consideran claves para la historia, como la negativa del Papa Clemente VII a anular el matrimonio de Enrique VIII con Catalina de Aragón, lo que daría lugar a la ruptura de la Iglesia de Inglaterra con Roma, el decreto de 1521del Papa León X que excomunga a Martín Lutero, una transcripción manuscrita del juicio contra Galileo por herejía o una carta de Miguel Ángel quejándose de que no había sido pagado por su trabajo en la Capilla Sixtina.

Fragmento de un manuscrito del siglo XII en encuadernación del siglo XVI (foto de Erik Kwakkel)

Fragmento de un manuscrito del siglo XII en encuadernación del siglo XVI (foto de Erik Kwakkel)

   Los Archivos Secretos del Vaticano son un ejemplo de que es posible mantener oculta una biblioteca cuya localización se conoce, pero es posible ocultar libros todavía más expuestos. Es más, es posible ocultar libros en libros delante de nuestras narices. Es lo que sacó a la luz en 2013 el historiador medieval holandés Erik Kwakkel, cuando informó que sus alumnos, de la universidad de Leiden, descubrieron fragmentos de textos ‒notas, cartas y recibos‒ ocultos dentro de la encuadernación de un libro impreso en 1577. No hay que extrañarse ni la intención era ocultar esos documentos. Una práctica habitual durante la Edad Media para reciclar manuscritos consistía en pegarlos en el interior de las encuadernaciones para reforzarlas, una costumbre todavía más común con los libros encuadernados entre los siglos XV y XVIII, ya que con el uso de la imprenta se entendía que los manuscritos medievales habían quedado desfasados.

   Usando la tecnología de rayos X, creada para analizar debajo de la superficie de las pinturas y poder detectar etapas tempranas de la composición, Kwakkel ha desarrollado un procedimiento para descubrir los textos ocultos en los libros. Sospechando que la colección podría ser mucho más grande de lo que se piensa, en octubre de 2015 comenzó a escanear libros de la Biblioteca de la Universidad de Leiden para poder aplicarlo. «Esta nueva técnica es increíble en el sentido de que nos muestra fragmentos ‒textos medievales‒ que de otra manera nunca podríamos ver porque están ocultos detrás de una capa de pergamino o de papel», escribió Kwakkel en el blog del proyecto. El tipo de mensajes al que se puede acceder, como recibos, peticiones a los sirvientes o listas de compras, conforman una colección singular para los historiadores, que pueden acercarse a la verdadera sociedad medieval como nunca antes se había hecho. Es cierto que la tecnología todavía necesita ser mejorada, pero permite revelar algo completamente insólito en la historia de las bibliotecas secretas: una biblioteca oculta dentro de otra biblioteca.

   Fuente: BBC

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