Cerbantes en la casa de Éboli de Álvaro Espina

   Después de medio año de resaca cervantina, si es que alguna vez llegamos a embriagarnos, es posible afirmar que el centenario de nuestro autor más icónico no tuvo la proyección que se esperaba, o al menos no a la altura de la celebración de Shakespeare. No es que no haya habido un programa sólido y variado, a nivel nacional, autonómico o institucional –caso de la RAE o del Instituto Cervantes–, es que arrancó algo tarde, con una cierta improvisación y, una vez puesto en marcha, fue disperso y poco original desde un punto de vista organizativo. Eso no quiere decir que no se hayan producido aportaciones fundamentales, como las biografías de Jordi Gracia, Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía y La figura en el tapiz, de Jorge García López, o la publicación del Quijote supervisada por Francisco Rico e impulsada por la RAE. Lo que ocurre es que los mayores logros finalmente han acabado teniendo muy escasa difusión, reducidos casi al ámbito académico.

   Durante el 2016 –y en los meses previos– se han publicado libros sobre Cervantes, pero tampoco tantos como se esperaba. Hay partes de la vida del autor del Quijote que todavía siguen siendo bastante desconocidas, como su juventud, sobre todo antes de su viaje a Italia en 1569. Y no es que no hayan aparecido libros que no intenten arrojar algo de luz a esta etapa, como La juventud de Cervantes. Una vida en construcción, de José Manuel Lucía Mejías, por poner un ejemplo. Sin embargo, biografías aparte, se echaban en falta más novelas de ficción, al estilo de La sombra de otro de Luis García Jambrina, porque aunque sean menos rigurosas desde un punto de vista histórico, las novelas son la forma más efectiva de acercar la figura de un personaje histórico al gran público.

En ese sentido, y aunque estemos ya fuera de plazo de conmemoraciones, como si solo se pudieran festejar escritores de siglo en siglo, que apareciera una nueva novela sobre la juventud del manco de Lepanto era algo para celebrar. Me refiero a Cerbantes en la casa de Éboli de Álvaro Espina, publicado por Suma. El punto de partida tiene todos los ingredientes para una historia cervantina ortodoxa: todo lo que relata el libro procede de un texto de autoría dudosa, que aparenta haber sido dictado o escrito por el propio Cervantes, descubierto en un cartapacio dentro de una hornacina que apareció tras el terremoto de Orán el 6 de junio de 2008; aunque el propio editor es incapaz de certificar su autenticidad, por lo que podría tratarse de un apócrifo en la línea del Quijote de Avellaneda. El mismo juego del manuscrito encontrado que utiliza Cervantes con Cide Hamete Benengeli y que le sirve para poner en duda e ironizar con el concepto de autor.

   La novela se centra en un período de tres años de la vida de Cervantes, de 1566 a 1569, momento en el que Álvaro Espina aprovecha algunas lagunas sobre la relación del entonces joven escritor, que en esas fechas estaría ya liado con La Galatea, con la casa Éboli. Espina coquetea con la idea de que Cervantes, instalado en la calle Atocha, entrara como secretario en la casa Éboli, además de como preceptor de la hija del matrimonio, Ana de Silva, mientras se forma en el estudio de López de Hoyos. En ese apasionante y vertiginoso Madrid de los Austrias la trama nos sumerge en un relato de intrigas palaciegas, casi policíacas. Y de paso se hace un repaso, desde la ficción, a la juventud del escritor, a sus amores y desengaños, a sus inquietudes y sus primeros pinitos con la literatura.

   Dicho así, parece que la novela tiene todas las papeletas para entusiasmar a cervantinos. Y, sin embargo, he sido incapaz de terminarla. Pongo en antecedentes. Álvaro Espina, doctor en Ciencias Políticas y Sociología, administrador civil del Estado y consejero de Política Económica, tiene publicados decenas de artículos, ensayos y libros, pero Cerbantes en la casa de Éboli es su primera novela. La idea original, hace 45 años, era escribir una tesis doctoral pero Espina no lo hizo en su momento y convirtió todos los materiales que tenía en una obra de madurez. Eso da cuenta del minucioso trabajo de documentación histórica que hay detrás. Esto, sumado a su escasa preparación como novelista, hace que el libro sea una especie de híbrido extraño, a medio camino entre la ficción y el ensayo histórico, en un conjunto heterogéneo de variantes narrativas que pasan del narrador en tercera persona al narrador en primera, a modo de diario intercalado, e incluye además de un prólogo donde se nos relata toda la historia del manuscrito hallado y un aparato de notas adicionales que se reproducen al final del texto. El problema es que todo esa estrategia cervantina encaminada a darle una mayor veracidad al texto como descubrimiento casual antes de hacer el libro más atractivo, o siquiera contextualizar la historia, son un embrollo del que el lector sale tan confuso y aturdido que pasa por ellas de puntillas. No era necesario escribir treinta páginas dándole vueltas a la posible autoría del manuscrito o elaborando una historia sobre su génesis, como tampoco lo era añadir más de cuatrocientas cincuenta notas en noventa páginas al final de la novela. El lector, que entiende el juego literario, no necesita tanto para aceptar el pacto ficcional. José C. Valés, por poner un ejemplo, utiliza esta misma técnica en Cabaret Biarritz, de forma mucho más concisa y eficaz, construyendo una novela polifónica muy poco al uso.

   Ese es el problema de este libro. Cualquier novelista de histórica sabe que aunque el trabajo de documentación suele ser una fase tediosa que da como resultado una cantidad de información monumental, pero que solo una pequeñísima parte de esa información pasa finalmente a la novela. Porque los lectores que se acercan al género histórico lo hacen sabiendo que es ficción y buscando ficción, no puramente información, en cuyo caso leerían libros de historia. El escritor, en este caso, tiene la difícil tarea de buscar el equilibrio, de no ser anacrónico o incorrecto con la historia y de no abrumar al lector con datos que serían más apropiados para un ensayo académico. Entiendo que Álvaro Espina tuviera toda esa información, y que dejarse parte de ella en el tintero resultara doloroso, pero haberla expuesto toda, absolutamente toda, en un libro de novecientas páginas –recordemos que hay cuarenta páginas de prefacio y otras noventa de notas– hacen que la lectura sea un camino tortuoso, difícil de transitar. Porque hay tres tipos de libros de novecientas páginas: los que se leen casi como si no llegaran a las cien, los que se sufren enormemente pero uno se alegra de haberlos leído cuando termina la última página, y los que son una absoluta pérdida de tiempo no porque sean malos sino porque te quitan tiempo de leer otros libros.

   Personalmente considero que la novela de Álvaro Espina está en este último grupo. Y si al principio lamentaba que no se hubieran publicado la suficiente cantidad de libros para celebrar y acercar la figura de Cervantes a todos los lectores, Cerbantes en la casa de Éboli no lo hace –por cierto, aunque admitamos que Cervantes hubiera firmado como «Cerbantes», no tiene coherencia que nunca más se le vuelva a mencionar como Cerbantes y el resto de la novela sea ya Cervantes–. Si yo, que me considero un profundo amante de Cervantes y de su obra –sirvan como prueba los artículos que he escrito sobre él–, me he sentido sobrepasado por este libro, entiendo que no está escrito para el común de los mortales. Ni siquiera la recomiendo para cervantinos incurables.

Comentarios

comentarios