Si hace unos días hablaba de las fobias y los odios que transmitimos a generaciones posteriores hoy querría hablaros de la cultura que destruimos para que no puedan verla.

   Hace unos días ocurrió en América algo que considero trágico para los tiempos que corren (en el pasado era frecuente y estaba totalmente normalizado) y que será conocido en la historia como La Macha de Charlottesville. Para aquellos que no hayan estado pendientes de la actualidad, centenares de supremacistas blancos (luego explicaré por qué no les llamo nazis) marcharon para defender sus ideales usando antorchas y consignas racistas.

marcha de charlottesville

   Aunque distinto del nazismo del siglo pasado y de algunos movimientos neonazis que se dan en la Rusia, Europa y también los Estados Unidos actuales, el supremacismo blanco comparte una misma base de odio al diferente y parte del hecho (obviamente nunca contrastado) de que la raza blanca es superior a otras razas.

   Sin embargo, el supremacismo blanco no proviene del movimiento nazi, sino del propio pasado americano y del KKK (Ku Klux Klan). Es decir, que por un lado ya existía cuando Alemania tomó como nación la decisión que convulsionó al mundo y mató a millones de personas inocentes durante el siglo pasado y; por otro, el movimiento supremacista no aprendió nada de aquello. Es un movimiento paralelo y diferido en el tiempo que parece querer olvidar lo que supuso el discurso del odio no solo para la población inocente, sino para los propios nazis.

   Por desgracia, aquellos que defendemos la paz y la inclusión no hemos estado a la altura para hacer sombra o responder a la Marcha de Charlottesville. A la marcha hemos respondido con otras marchas, a las consignas hemos respondido con otras consignas, a los discursos racistas hemos respondido con discursos inclusivos y conciliadores. Y hasta aquí hemos manejado el tema, en mi opinión, relativamente bien. Con más o con menos línea dura, buena parte del mundo se ha plantado en contra del comportamiento infantil de los supremacistas blancos para decirles hasta aquí vais a llegar.

   El problema, y hago esta reflexión como autocrítica sobre el que debiera ser un comportamiento ejemplar por aquellos que buscamos no ya que todos los pueblos vivan en paz, sino que todos los pueblos seamos un solo pueblo en conciencia, es cómo hemos respondido al odio y a la violencia. Cómo hemos escalado las antorchas y las llamas, cómo hemos retrocedido a un estado infantil si no tan pueril como los supremacistas, sin duda bochornoso para el siglo que corre.

Al odio hemos respondido con odio, a la violencia con violencia. Y luego que por qué no cambian las cosas

   Soy consciente de que se me puede tachar de ingenuo y crédulo, que no veo el mundo tal y como es, o que estoy muy alejado de la realidad. Pero, sinceramente, observo la realidad a mi alrededor a menudo y siento una enorme presión por cambiarla. La dirección que encuentro para conseguirlo nunca es la violencia, sino la educación.

   Cuando veo marchas y comportamientos como los de los marchantes de Charlottesville no veo a centenares de adultos defendiendo un ideal puro y noble, sino a decenas de infantes ingenuos e ignorantes que no necesitan gritos ni palizas, que no requieren nuestros insultos ni nuestro odio.

   Si algo necesitan estas personas es educación, y de un modo urgente. Necesitan entender la verdad sobre lo que defienden y dónde están sus errores. ¿Que blancos y negros somos diferentes? Por supuesto, no hay nada más que ver nuestra piel para constatar un hecho tan evidente. La densidad de nuestros huesos es también distinta, la forma de nuestros rasgos faciales evidencia la escisión étnica hace miles de años, e incluso nuestra química interna es diferente en algunos aspectos.

   Ahora bien, de ahí a decir que somos superiores va un trecho largo que ignora, entre otras muchas virtudes heredadas por los genes, las medallas olímpicas en velocidad. A veces me gustaría concertar una carrera con los supremacistas y los que ellos consideran gente de segunda, e incluso animales, para ponerles en su sitio. Sin insultos, sin violencia, con la evidencia de un cronómetro, y con la cercanía que ofrecen las competiciones.

   Dicen los experimentos científicos que la empatía y la comprensión entre dos personas aparece a los cuatro minutos de contacto ocular. Es un hecho demostrado que, pasado ese tiempo, la diferencia cultural, de idioma o ideológica desaparece para dar paso al entendimiento:

   Me pregunto, quizá de un modo algo ingenuo, qué ocurriría si asignamos a cada marchante a una de esas personas inferiores con las que compartir unas horas, un día, unas semanas. Nada de gritos, insultos, violencia, tribunales, multas o cárceles. Empatía. ¿Podría funcionar como sistema educativo en lugar del odio y la vejación a unos ideales que consideramos dañinos para la sociedad?

Hemos exaltado la destrucción de los símbolos que nos hicieron daño

   Por desgracia, en las redes sociales ha prevalecido el odio y los insultos en una clara posición de no desear educar a estas personas de ningún modo, sino quizá recluirlas de nuevo en sus viviendas y sus cerebros, dejarles mascar durante otros cincuenta años sus pensamientos racistas, quizá para que vuelvan a aparecer en la siguiente mitad del siglo XXI.

   Ganamos la WWII haciendo uso de la fuerza bruta, pero es evidente que no acabamos con el racismo. De modo que volvemos a emplear la fuerza bruta una segunda vez cuando este vuelve a despertar. ¿Es que no aprendemos del pasado?

   No lo hacemos, es evidente, si seguimos cometiendo los mismos errores. Pero estos son más fáciles de ser cometidos cuando la educación es escasa y cuando se pisotea y borra el pasado. Y aquí no estoy hablando de la educación de los supremacistas blancos, sino de aquellos que disponemos de los argumentos para hacerles frente.

   Junto con este odio acumulado en las redes sociales, varios vídeos se popularizaron en paralelo a las imágenes de Charlottesville. En esos vídeos se veía la destrucción de banderas y trajes nazis tras la WWII, así como también la incineración de libros. Podía verse cómo edificios enteros que habían servido a la causa nazi de la alemania del XX ardían, y cómo lo hacían cuadros de los despachos de los altos cargos del Tercer Reich. En los vídeos se veía a los ganadores de la guerra combatiendo contra la cultura que los nazis habían dejado atrás.

destruir pasado que nos hizo daño

   Se podía observar equipos de zapadores volando casas, gente con mazas decapitando estatuas e incluso a algunos excombatientes disparando a las placas de las calles o derribando mediante disparos los dinteles con símbolos nazis. Incluso se quemaron vehículos solo por el mero hecho de haber sido usados por los nazis. Ante esto, el Twitter de hace unas semanas aplaudía. Destruir las señales del pasado que nos hizo daño, al parecer, está bien, a pesar de que existen alternativas:

   Me pregunto cómo enseñaremos los errores del pasado cuando ya no queden muestras de pasado que mostrar. Cuando por querer mirar para otro lado destruimos la cultura que tanto nos hirió. Imaginemos por un momento que los imperios del pasado hubiesen demolido todo aquello perteneciente a la cultura vencida.

   ¿Qué quedaría de la historia si eliminamos todo rastro de los genocidas que nos precedieron? Buena parte de las calles céntricas requerirían desmontar la placa que les da nombre, así como abrasar las fachadas y quemar buena parte de los interiores. Habría que destruir con mazas prácticamente todas las estatuas de mármol y que echar a la hoguera una enorme parte de nuestra biblioteca. Muchas de las marcas y compañías actuales deberían ser desmontadas por haber sido creadas en el momento y lugar en que lo hicieron, y deberíamos convertir nuestra cultura en una tabla rasa sobre la que hacerlo mejor.

   Pero, ¿cómo hacerlo mejor si perdemos de vista el referente de los errores cometidos? ¿Cómo enseñaremos a los que vienen detrás el horror causado por el odio cuando no queden muestras de odio que enseñar?

   Cierro con un breve vídeo de Arnold Schwarzenegger en el que llama a los movimientos anti-odio, a la cultura y la enseñanza, como la solución.

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