Los girasoles ciegos de Alberto Méndez

   Los girasoles ciegos es un libro singular en muchos aspectos. Es el primer y único libro de Alberto Méndez como escritor. Lo cual no quiere decir que su autor no estuviera vinculado al mundo de la literatura. Fue traductor de la editorial Aguilar, con autores de la talla de Washintong Irving, Stevenson, Eliot, Dikens, Chesterton, Bernard Shaw o Tennessee Williams, llegando a conseguir en 1962 el Premio Nacional de Traducción por su versiones de las obras teatrales de Shakespeare; así mismo trabajó en la editorial Montena y colaboró en puestas dramáticas de TVE y como guionista de Pilar Miró.

   El reconocimiento literario le llegó a Alberto Méndez tarde y no tuvo tiempo para saborearlo. Cuando Anagrama publicó Los girasoles ciegos en 2004, el escritor tenía ya 63 años y murió once meses después. No pudo asistir a cómo primero el boca a boca y después las decenas de miles de ejemplares vendidos convirtió su obra en un libro de referencia obligada. O, al menos, solo pudo intuirlo, porque aunque Méndez sí pudo ver cómo su libro conseguía el Premio Setenil de relatos, no pudo asistir a la concesión de dos de los galardones más importantes de nuestras letras, el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa. Hoy en día Los girasoles ciegos son lectura obligatoria en los programas educativos de muchas comunidades autónomas, equiparado a clásicos tan incuestionables como El árbol de la ciencia o Luces de bohemia.

   Otra curiosidad del libro es que haya conseguido tanta trascendencia literaria en tan pocas páginas, poco más de centenar y medio. En ellas Alberto Méndez relata cuatro historias, independientes pero vinculadas entre sí dos a dos por algunos personajes en común, que transcurren entre el período más duro de la posguerra, el que va desde 1936 a 1942. Cada uno de esos relatos son llamados por el autor «derrotas», lo que da cuenta del pesimismo que existe en todas ellas. Sus personajes son seres vencidos, que se encuentran en un camino que no tiene marcha atrás, una situación de desamparo y desorientación al que alude el título del libro, Los girasoles ciegos, que toma su nombre del cuarto y último relato. Y si bien encontramos también víctimas del bando nacional ‒caso del capitán Alegría‒, lo cierto es que los republicanos salen peor parados. No en vano, Alberto Méndez fue militante del el Partido Comunista hasta 1982.

   Más allá de las coincidencias entre personajes, los cuatro relatos se relacionan por ese punto de vista desilusionado en el que se constata cómo la atrocidad de una guerra y sus desastrosas consecuencias pueden derribar una sociedad persona a persona. Así, en la primera historia un soldado nacional desengañado de la guerra se ve acusado de traición por sus propios compañeros, en la segunda un joven se ve obligado a sobrevivir junto con su hijo recién nacido en unas condiciones infrahumanas, en la tercera un preso político se convierte en una especie de Sherezade moderna obligado a mentir para salvar su vida y en la cuarta una vez terminada la guerra un hombre republicano es obligado a vivir sepultado en la clandestinidad de su casa, a riesgo de ser descubierto y probablemente fusilado. Y aunque la cuarta historia sea la que más peso tenga en el libro, porque es la más extensa y compleja, es la que da título al conjunto y es en la que se ha basado la película homónima de José Luis Cuerda, el segundo relato es sin duda el más desgarrador y descarnado. Eso sí, el final de todas ellas no puede ser más desolador.

   Cuando Javier Cercas publicó en 2001 Soldados de Salamina el también escritor e historiador José María Lama, advertía, con bastante acierto, que si los historiadores no se espabilan la historia reciente de nuestro país la acabarán contando los novelistas. Y es que después de la novela de Cercas vendrían otras tan importantes como La voz dormida de Dulce Chacón, El corazón helado Almudena Grandes o la propia Los girasoles ciegos, y así hasta llegar a la vuelta de tuerca del género con ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil! de Isaac Rosa o, cumpliendo la profecía de Lama, libros como Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie de Juan Eslava Galán o La guerra civil contada a los jóvenes de Arturo Pérez Reverte. Sirva pues la literatura como una forma de reivindicar la memoria histórica a través de puntos de vista fascinantes, como una forma de entender los errores del pasado para tratar de evitar que se vuelvan a repetir en el futuro. Solo por eso ya merece la pena leer Los girasoles ciegos.

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