Jurgis Bielinis

   En 1899 un par de contrabandistas cruzaban la frontera entre Lituania y Prusia Oriental. Atravesar el río Šešupe desde la parte prusiana y caminaron durante dieciséis kilómetros hasta llegar a un pueblo lituano llamado Pilviškiai. Allí descubrieron que las autoridades rusas los estaban buscando, así que decidieron volver a Prusia, donde se esconderían durante varias semanas, antes de decidir abandonar la región por completo. Un año después, estarían en un barco rumbo a Escocia. En 2004, un lituano llamado Jonas Stepšis contó esta historia. Los dos contrabandistas eran su padre y su tío, y lo que llevaban de contrabando en las mochilas, aquello por lo que las autoridades les perseguían, eran libros. Ambos se habían unido a lo que se convirtió en un movimiento nacional de contrabando de libros como parte de su oposición al Imperio ruso.

   En virtud de la unión dinástica de Polonia y Lituania, ambos países fueron anexionados en 1569 formando la República de las Dos Naciones o Mancomunidad de Polonia-Lituania. Posteriormente, en 1795, bajo el reinado de Catalina II de Rusia, Lituania fue dividida entre Prusia, Austria y Rusia, quedando la mayor parte bajo control ruso, en un proceso de desintegración que duró todo el siglo XVIII. Los zares, que siempre procuraron mantener a raya cualquier conato de disidencia, decidieron que la Iglesia Católica Romana, como institución lituana histórica, era la mayor amenaza al poder, así que ordenaron demoler numerosas capillas y prohibieron la construcción de santuarios, que estaban por todas partes en el país. No dispuestos a renunciar a su cultura, los lituanos siguieron construyendo santuarios a pesar de la prohibición. Poco a poco fue tomando forma un núcleo de resistencia, formado sobre todo por el clero y por estudiantes universitarios, que trataron de levantarse contra Rusia en 1831. Sin embargo, Lituania era un país con muy poca población ‒alrededor de un millón de habitantes‒ por lo que sus posibilidades de derrotar a un poder militar como el Imperio ruso eran escasas.

Dos ediciones del mismo libro. El de la izquierda en cirílico, fue impreso por Rusia; en de la derecha con caracteres latinos, era ilegal

   Pero a mediados del siglo XIX la resistencia consiguió hacerse más fuerte. En 1863 hubo una insurrección masiva contra el gobierno ruso en la que participaron unos 66.000 lituanos. Poco después de que la rebelión fuera aplastada, dejando miles de muertos o exiliados a Siberia, el Zar Alejandro II emprendió una política mucho más represora con Lituania. El idioma, que utiliza el alfabeto latino, había sido uno de los temas más conflictivos entre la dispuesta entre Rusia y Lituania, y una de las señas de identidad más característica de esta última. Para ponerle fin a la dispuesta, a mediados del siglo XIX el intelectual ruso Alexander Hilferding propuso que la lengua lituana utilizara el alfabeto cirílico ruso. En 1864, el Gobernador General de Lituania, Mikhail Muravyov, prohibió el uso de caracteres latinos, algo que dos años más tarde, en un intento por erradicar la lengua lituana por completo, condujo a la prohibición de toda la prensa del país. Los niños lituanos debían asistir a las escuelas estatales rusas, donde aprenderían el alfabeto cirílico a través de libros impresos por el gobierno ruso.

   El gobierno ruso pensó que los lituanos lo aceptarían y que no habría resistencia. Pero se equivocaron. De forma casi inmediata, comenzaron a surgir lituanos dispuestos a defender y difundir su escritura. Como publicar libros en el país estaba prohibido, muchos lituanos comenzaron a imprimirlos en el extranjero y a meterlos de contrabando dentro de su propio país. Así aparecieron los primeros knygnešiai ‒portadores de libros‒ que, en un intento desesperado por salvar su idioma, traspasaron la frontera con libros que difundieron ilegalmente por toda Lituania.

Policía rusa, 1980

   En un principio trabajaron solos. Vestidos como mendigos, llevaban los libros escondidos en sacos de queso, huevos o pan, en vagones cubiertos, entregándolos en estaciones instaladas por todo el país. Algunos fingían ser artesanos, con cinturones de herramientas ceñidos y los libros ocultos bajo la gruesa ropa. La mayor parte de las operaciones se realizaban de noche, cuando había menos guardias apostados en la frontera. Los meses de invierno, sobre todo cuando había tormentas de nieve, eran épocas de trabajo especialmente intensas.

Motiejus Valančius

   El mayor intento por introducir libros de contrabando a través de la frontera fue organizado por el obispo Motiejus Valančius, un historiador y autor de obras religiosas que acabaría convirtiéndose en «la mayor personalidad lituana del siglo XIX». En 1876 Valančius financió con su propio dinero la construcción de una imprenta al otro lado de la frontera, en la vecina Prusia y organizó una red de sacerdotes encargados de introducir y distribuir los libros en Lituania. No es sorprendente que los primeros grandes contrabandistas fueran hombres de la Iglesia, teniendo en cuenta las fuertes raíces católicas de Lituania y el papel que había jugado la religión en la hostilidad hacia la Rusia zarista. Así fue como la Iglesia Católica se convirtió en un símbolo de resistencia a la autoridad rusa. Sin embargo, a medida que avanzaba el tiempo, los libros fueron adoptando también un carácter más laico. Al principio solo eran reimpresiones latinas de textos religiosos, pero al mismo tiempo que la operación iba creciendo también lo hacían las ambiciones de Valančius, que llegó a encargar también trabajos originales, revistas y almanaques en caracteres latinos, con la esperanza de preservar la historia y cultura lituanas. Valančius fue responsable de la impresión de más de 19.000 libros en Prusia Oriental.

   Siguiendo el ejemplo de Valančius, los knygnešiai comenzaron a organizarse en sociedades de contrabando más grandes, con nombres como la Estrella de la Mañana, el Estímulo, el Renacimiento, el Brote, la Verdad, la Compulsión o el Rayo de Luz. Comenzaron a importar libros de lugares tan lejanos como los Estados Unidos, donde la importante población lituano-americana les ayudó en la impresión de más de 700 ejemplares. Estas nuevas organizaciones distribuían libros de texto, anuarios, libros de ciencia, ficción, folclore, sermones religiosos y todo tipo de publicaciones.

Periódico lituano ilegal, 1884

   A pesar de que muchos fueron los que entraron en el contrabando de libros, no era algo precisamente fácil. Con tres líneas de seguridad, no era fácil cruzar la frontera lituana. Los riesgos eran altos y los knygnešiai debían extremar las precauciones. Aquellos a los que se atrapaba, eran atados a un poste y azotados para ser después encarcelados o enviados a Siberia o ‒si intentaban escapar‒ ejecutados sobre la marcha. Los libros encontrados eran confiscados y quemados.

   Entre 1870 y 1871 se produjo la mayor captura de contrabandistas ocurrida hasta la fecha en una de las operaciones de Valančius. Once de ellos, entre los que había cinco sacerdotes, fueron capturados y enviados a Siberia. Pocos años después, en 1875, moría Valančius, pero su puesto fue ocupado rápidamente por un campesino llamado Jurgis Bielinis. Para entonces la resistencia estaba en su pleno apogeo, y el contacto de Bielinis con Valančius le convenció para ayudar a proteger su lengua y su cultura. En 1885, Bielinis creó la sociedad de Garšviai knygnešiai, que creció hasta ser la red de contrabandos de libros más grande de Lituania, lo que le ganó a Bielinis el apodo de «el rey de los contrabandistas de libros». Los miembros de la sociedad de Garšviai knygnešiai, que pronto superaron el millar, reunían dinero para comprar libros a los editores prusianos y luego los distribuían entre los suscriptores lituanos. A Bielinis se le atribuye el contrabando de casi la mitad de todos los libros traídos durante la época desde Prusia Oriental a Lituania.

Periódico escrito por Bielinis

   En la década de 1890, las autoridades rusas pusieron precio a la cabeza de Bielinis, pero este siempre consiguió escapar. A pesar de ser un fugitivo, a principios del siglo XX Bielinis consiguió crear su propio periódico, El águila blanca, que imprimía en una de las pocas imprentas activas den Lituania y que repartía por todo el país.

   A finales del siglo XIX, los knygnešiai se volvían cada vez más creativos. Algunos lograron obtener la ayuda de la policía rusa. Otros explotaron cualquier laguna legal. En una ocasión, hubo quien imprimió textos sobre losas de arcilla, como los babilonios, lo cual no podía ser castigado porque técnicamente las tablas de arcilla no se consideraban libros y por lo tanto no eran ilegales. Al igual que Bielinis, muchos campesinos decidieron convertirse en guardianes de su cultura, un sentimiento que se extendió a todos los estratos de la población. Una vez que los libros de contrabando traspasaban todo el mundo, desde vendedores ambulantes hasta viudas, pasando por agricultores, estudiantes o médicos, conspiraron para distribuirlos. La mera posesión de libros ilegales podía incurrir en duros castigos, pero esto no afectó a los ánimos de una población que sentía que si esos libros no se protegían había mucho más que perder. Se crearon escuelas secretas donde se enseñaba a los niños su idioma usando libros ilegales y para evitar las sospechas al mismo tiempo continuaron asistiendo a las escuelas estatales dependientes de Rusia.

Catálogo ruso de libros confiscados en 1897

   El gobierno ruso comenzó a recibir decenas de solicitudes pidiendo que pusiera fin a la prohibición que pesaba sobre el idioma. E incluso en Rusia esta política se hizo impopular, sobre todo entre el círculo de intelectuales. En 1897 el Consejo de Ministros de Rusia admitió por primera vez que la prohibición había sido un fracaso. Finalmente fue rescindida en 1904, en un intento por congraciarse con los grupos minoritarios dentro del Imperio, con vistas a la Guerra Ruso-Japonesa. Sin embargo, era demasiado tarde: la resistencia lituana a Rusia era ya demasiado fuerte. Bielinis pronto comenzó a hablar más abiertamente de la independencia y se convirtió en uno de sus portavoces. Bielinis no pudo cumplir el sueño de ver una Lituania libre: murió en enero de 1918, un mes antes de que se formalizara la independencia del país.

   Se desconoce con exactitud el número de libros lituanos que fueron impresos y transportados de contrabando dentro del país, pero entre 1891 y 1901, los funcionarios rusos confiscaron más de 173.259 publicaciones, una cantidad que casi se duplicó en los últimos años de la prohibición, entre 1901 y 1094. Esto ha llevado a algunos historiadores a estimar que el número total de libros pudiera ascender a varios millones. Hoy en día, se conmemora la figura de Bielinis no sólo en estatuas, sino también a través de una festividad, el Día del Knygnešys o Día del Portador de Libros, que tiene lugar cada año en el día de su cumpleaños. Bielinis se ha convertido, tanto dentro como fuera de Lituania, en un héroe y en un símbolo del poder de la palabra escrita, de cómo un grupo de rebeldes armados con libros pudieron triunfar sobre la brutalidad de un imperio.

   Fuente: Atlas Obscura

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