Miles de libros son quemados por los nazis en 1933 (vía Shutterstock)

   Cuando los yihadistas de Al Qaeda invadieron Malí y luego Tombuctú, en 2012, uno de sus objetivos era destruir cuantos libros se cruzaran por su camino. El daño podría haber sido incalculable de no ser por personas como Abdel Kader Haidara, que arriesgó su vida para salvar casi 400.000 manuscritos, algunos de ellos piezas de la literatura medieval únicas en el mundo. O el monje benedictino Columba Stewart, que ha pasado los últimos trece años de su vida viajando desde los Balcanes a Oriente Medio para proteger manuscritos tanto cristianos como islámicos amenazados por las guerras, los robos y la destrucción por parte de ISIS. Historias como esta, o como la de la biblioteca secreta de Daraya, que sigue funcionando en Siria entre bombardeos y hambrunas, demuestran lo que la gente normal y corriente está dispuesta a hacer por salvar libros.

   Hitos significativos en una historia, vieja como el mundo, sobre la destrucción y la quema de libros. Porque desde que existen libros, existe la gente que se dedica a quemarlos. A veces pueden ser, simplemente, los datos colaterales de una guerra. En el 213 a. C., el emperador chino Qin Shi Huang ‒más conocido por su ejército de terracota en Xian‒ ordenó hacer una gigantesca quema de libros para consolidar su poder en el nuevo imperio. Este episodio se conoce como «quema de libros y sepultura de intelectuales» porque Qin ordenó además que 460 intelectuales fueran enterrados hasta la cabeza y posteriormente decapitados. Su objetivo no era tanto borrar todo rastro de pensamiento anterior a su mandanto como colocarlo bajo el control del gobierno. A partir de ese momento el contenido de todos los libros, los de poesía, los de filosofía y los de historia, era sistemáticamente controlado. No se sabe cuánto se perdió con exactitud, pero se cree que destruyó prácticamente la totalidad de lo que se había escrito hasta ese momento sobre historia y poesía. Los pocos libros que se salvaron trataban sobre guerra, medicina, agricultura y adivinación.

   Qin fue solo uno de los primeros de una extensa lista de antiguos gobernantes que optaron por quemar libros ante la amenaza de las ideas que había escritas en ellos. En su Ab Urbe condita, escrita entre el 59 a.C. Y el 17 d.C., Tito Livio describe cómo los gobernantes ordenaban que libros que contenían predicciones de los oráculos y detalles sobre celebraciones como los bacanales fueran prohibidos y quemados para prevenir el desorden y la difusión de las costumbres extranjeras. La quema de libros, desde sus inicios, fue una consecuencia de las guerras y una manera de consolidar el poder, como demuestra el hecho de que la Biblioteca de Alejandría fuera destruida y saqueada en distintos momentos de agitación política.

   Siglos después la práctica continuó, aunque la Iglesia Católica además de quemar los libros pasó a quemar a sus autores, como a Jan Hus en el siglo XV o a Giordano Bruno en el XVII. Si bien, la invención de la impresa por parte de Johannes Gutenberg en la década de 1440 cambió las reglas del juego. A partir de ese momento no solo había más libros sino también más conocimiento, lo que perjudicó a los regímenes autoritarios y benefició a la alfabetización y a las ciencias y, a la larga, derivó en la Ilustración. Con la imprenta los libros se convirtieron en algo mucho más peligroso. La gente empezó a darse cuenta de que los libros eran una manera de cambiarse a sí mismos y de cambiar al mundo, al tiempo que, impresos, las élites tenían cada vez menos control sobre su difusión. Quemarlos era una forma de recordar que ese control seguía existiendo.

   Independientemente de estas llamadas de atención, a lo largo del siglo XX se perfecciona y refina la quema de libros como propaganda política. Ahí tenemos las infames quemas orquestadas por Adolf Hitler, que a menudo enmascarada en el victimismo hacia los judíos; o la Revolución Cultural que Mao Zedong puso en marcha cuando llegó al poder en China y en la que los libro sque no se ajustaran a la propaganda del partido, como aquellos que promovían el capitalismo u otras ideas peligrosas, fueron destruidos; o la quema de la Biblioteca Pública de Jaffna de Sri Lanka por parte de los budistas cingaleses, donde se destruyeron unos 100.000 libros únicos de historia y literatura tamiles porque consideraban que sus creencias budistas estaban bajo la amenaza del hinduismo de los tamiles.

   Por otra parte, no conviene subestimar el valor simbólico de las quemas de libros. «El que mata a un hombre, mata a un ser de razón […]; pero quien destruye un libro, mata la razón misma», escribió John Milton. Y como uno de los personajes de Farenheit 451 advierte a otro ‒¿cómo hablar de quemas de libros y no mencionar la historia de Bradbury?‒: «Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma. Domina la mente del hombre. ¿Quién sabe cuál podría ser el objetivo del hombre que leyese mucho?». En 1980 la escritora, historiadora y periodista Barbara Tuchman dio un discurso en la Biblioteca del Congreso en el que dijo: «Los libros son los portadores de la civilización. Sin libros, la historia es silenciosa, la literatura estúpida, la ciencia rota, el pensamiento y la especulación paralizados. Sin libros, el desarrollo de la civilización habría sido imposible».

   Hoy en día, con avances tecnológicos como la digitalización e Internet, puede parecer que los libros, al menos en su contenido, son inmortales. Pero aunque la tecnología para preservar el conocimiento es útil, se debe tener cuidado para mantener abierto el acceso a toda esa información. Además, hay que tener en cuenta que la digitalización de documentos físicos es un proceso que requiere una inversión de tiempo y dinero que no siempre se está dispuesta a asumir. Es cierto que la tecnología ha cambiado la manera en la que guardamos y compartimos la información, pero eso no significa que la quema de libros haya desaparecido. Quizá ya no se lancen a hogueras ni se utilice fuego, pero la destrucción de libros, de conocimiento, de información, sigue partiendo de la misma premisa que ha tenido prácticamente desde que existe: priorizar una información sobre otra.

   Fuente: Smithsonian

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