Flametti o el dandismo de los pobres de Hugo Ball

   El 5 de febrero de 1916, Hugo Ball y su esposa, Emmy Hennings, fundaron en Zúrich un artefacto que vino a llamarse Cabaret Voltaire, que pasó a la posteridad por ser el lugar de nacimiento del dadaísmo, esa vanguardia acaudillada por Tristan Tzara, al mismo tiempo artista y antiartistica, que trató a ir en contra de todo lo artístico y que fue creciendo más allá de las fronteras suizas hasta devenir en surrealismo. Pero antes antes de todo eso, antes de que Ball se hiciera mundialmente conocido por sus payasadas teatrales y poéticas, el que se considera fundador del movimiento más iconoclasta del siglo XX trabajó una buena temporada en el vodevil, tan de moda en la Suiza de principios de siglo. En ese contexto de cabarets, Ball compuso partituras, tocó el piano, escribió guiones o diseñó disfraces para la compañía Maxims Variete Ensemble, un grupo de teatro dirigido por Ernst Alexander Michel, también conocido como «Flamingo». Muchos de esos trucos le servirían más tarde para lucirse y animar el Cabaret Voltaire, orquestando veladas más circenses que literarias en las que poetas y escritores se daban la mano con bailarines, músicos y artistas de variedades de diversas cataduras.

   Con todo ese hermoso caos alrededor, Ball también tuvo tiempo para escribir una novela, «como una glosa al dadaísmo», según anota en su diario Ball el 13 de octubre de 1916. Y eso es Flametti o el dandismo de los pobres, editado por Benerice, un testimonio de los disparatados momentos predadaístas, una explicación de su génesis donde Flamingo aparece transfigurado en Flametti. Esta novela es la historia del menesteroso, aventurero, asombroso, grupo de teatro de Hugo Ball, pero por encima del propio Ball, es la historia de su director, Max Flametti, un héroe de ojos salvajes, carismático y optimista, cuya creencia principal es que hay que brillar por encima de todo, al precio que sea. Un individuo demasiado preocupado con hacer su próximo sueño realidad como para darse cuenta de que el vodevil no deja precisamente dinero. Llevado por sus ambiciosas fantasías, Flametti acabará convertido en el jefe Resplandor del Fuego, máxima autoridad de la última tribu de los Delaware, que maravillará a un sorprendido público como pocas puestas en escena han hecho.

   Más allá del modelo estético encarnado por Oscar Wilde, Baudelaire identificó el dandismo con el ascetismo, con la superación de sí mismo, con la creatividad, con la imagen original y provocadora y, en definitiva, con la aspiración a lo sublime. También Baudelaire postuló que el dandismo puede aparecer en dos clases sociales: en la aristocracia pasada y la democrática burguesía. El dandismo de Hugo Ball es de un tercer tipo, el de los pobres. Ese es el dandismo que Ball aplicó a sus personajes, muchos de ellos próximos al lumpen, entre circenses y ridículos, entre la esperanza de quererlo todo y la desesperanza de no tener nada. Hay en ese dandy algo de espíritu aventurero, de azar y de sacrificio.

   Y es que a lo largo de la novela, Ball explora la relación entre la estrechez económica y la audacia artística, dos ámbitos que con frecuencia van de la mano. Hay algo de pureza encomiable en la pobreza, de virtud en la falta de dinero. El arte es para Flametti, ante todo, asombro, y si el coste de conseguirlo es la pobreza, entonces que así sea, y al infierno con todo lo demás. Ese aliento es el que insufla a los bohemios que acompañan a Flametti y que pueblan los bajos fondos del Zúrich de la Gran Guerra, pobres y osados. En ese ambiente, de circo, de hambre y de miseria, encontramos a toda una galería de personajes intensos, de supervivientes y de parias, a drogadictos, a policías, a traficantes, a faquires y a apaches, todos ellos mezclados en un ambiente espontáneo y eufórico.

   Pero que los personajes vivan invadidos de una euforia vital, no significa que el lector también. La novela de Ball es una iniciación al desencanto. La novela se abre con Flametti, lleno de optimismo, pescando algo para cenar en un río contaminado, mientras miran prostitutas y escolares. En su desesperada búsqueda de dinero, Flametti no duda en meter cabeza en el tráfico de drogas. Y finalmente, con el rabo entre las piernas, regresa al vodevil, buscando el éxito con «Los Indios», una parodia triunfal de la historia americana. Flametti mira hacia Estados Unidos en busca de autenticidad y hacia el vodevil en busca de arte; nosotros, en cambio, vemos trajes baratos y conjuntos mal diseñados. Flametti es una novela que cree en el arte, y que cree en la gente, pero no está claro por qué. Además, en su segunda parte, cuando el espectáculo se traslada a Basilea, la novela pierde fuerza, al compás del inevitable declive del vodevil. El nuevo público ni siquiera aprecia el número de Flametti con el fuego.

   Estas son las pistas, nacidas de lo lúdico, de lo primitivo de lo sensacional, y no un ambiente intelectual o rebelde, que harán intuir el nacimiento si no de las vanguardias artísticas sí del dadaísmo. Por encima de todo, en Flametti o el dandismo de los pobres Ball describe, con una rica paleta de colores, el aire del Zúrich de 1916, su atmósfera artística y vodevilesca, en la que se fragua el Cabaret Voltaire y, por extensión, el dadaísmo.

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