Quiero compartir con vosotros un cuento que escribí a los 21 para un concurso en navidad. Se tarda en leer como 10 minutos, y no tengo intención de revelaros de qué trata. Se titula: «Nada que perder».

«NADA QUE PERDER»

   De no ser por Caty estaría sola, sola en el mundo. Cuando mi nieto pequeño me regaló aquella bolita de pelo, no estaba sola, José estaba a mi lado. Pero ya hace tres años que murió, y dejó todas las facturas para mí. Caty no puede ayudarme a pagar la luz, ni el agua, ni el teléfono, pero me hace compañía.

   Tengo frío. Faltan 7 días para Navidad y mi nieto me llevará a su casa (tiene calefacción central y se está muy a gusto) para que pase las fiestas con su familia. Tiene dos preciosas hijas, y una mujer que le quiere con locura. A mí nadie me quiere, bueno, sólo Caty, pero eso no cuenta porque es una gata, y los animales no pueden hablar, aunque Caty me dice todos los días lo mucho que me quiere. Cuando me siento a ver la tele en el sofá, me tapo con una manta de cuadros rojos, Caty se sube a mi regazo y empieza a ronronear. Caty me quiere mucho, y yo a ella también.

   No tengo fuerzas para levantarme de la cama, hace tres años que perdí las ganas de seguir; seguir viviendo. José era un hombre alegre y bueno, el marido con el que siempre soñé. Pero está muerto. Todos los domingos voy a visitarle al camposanto. Me ducho y me lavo el pelo, me pongo mi mejor vestido, el que él me regaló cuando cumplimos los 50 años de matrimonio, me pinto los labios y me hecho colonia.

   Recuerdo el día que me enamoré de José. Eran las fiestas patronales del pueblo. Esa noche había verbena y yo me puse el vestido de verano. José era un hombre muy tímido y reservado, por eso tuve que ser yo quien diera el primer paso. Cuando me sacó a bailar, porque a eso si que se atrevió, le di un beso en la mejilla. Pero de eso ya hace mucho tiempo. Y ahora la cama parece mucho más grande. Las mantas casi no me dejan respirar.

   Caty ha subido hasta la almohada, y ha comenzado a lamerme la cara. Tiene hambre. Tengo que levantarme para darle de comer. Me siento en el borde de la cama para ponerme las zapatillas. El saco con pienso para la gata está en la despensa de la cocina, tengo que atravesar el pasillo para llegar hasta allí. Arrastro los pies por la alfombra, Caty me sigue. Ya casi no queda pienso y pronto tendré que hacer el pedido al supermercado. Lleno el cuenco, solo hace falta un puñado de mis pequeñas y huesudas manos para ello. Yo también necesito desayunar, aunque ya sean las 12 de la mañana. Caliento un tazón de leche en el microondas. Me gusta la leche con sopas de pan, además de esta forma utilizo el trozo que me sobró de ayer.

   Hace días que no hablo con nadie. No necesito salir de casa. Una vez por mes, el chico del supermercado me trae las compras que pido por teléfono. Fue con él con quien hablé por última vez. El pan me lo dejan en la puerta. Antes todos los viernes íbamos a cenar José y yo, iba a andar con mis amigas todos los días, y también a hacer pequeñas compras para comer productos frescos. Ahora no necesito salir de casa.

   Me gustaban mucho las orquídeas y las rosas. El día que José me pidió matrimonio, me regaló una docena de rosas con una dedicatoria que decía: «El amor es una rosa que debemos tratar con cuidado para que no nos clave sus espinas». En mi casa tenía un jardín con muchas flores, todas las mañanas estaba lleno de pajaritos que me despertaban con sus cantos. Ya no vienen por aquí, porque solo hay malas hierbas y rastrojos.

   La mañana transcurre lentamente, sentada enfrente del televisor. No ponen nada que merezca la pena, hace tiempo que todo dejó de interesarme. La casa no parece tan vacía con el sonido de la televisión; se escuchan voces, y gritos en ocasiones. Yo no la escucho, pero está encendida gran parte de la jornada, prefiero quedarme sentada mirando por la ventana. Hay un jersey a medio hacer encima del sofá que utilizaba José. Cuando él se fue, dejo de tener sentido tejerlo, pues no lo iba a usar.

   Los recuerdos me ahogan. El salón esta lleno de fotografías de tiempos pasados; «cualquier tiempo pasado fue mejor». Todos los días, al menos aquellos en los que soy capaz de reunir fuerzas para levantarme de la cama, retrocedo en el tiempo, viajo hasta fechas concretas, las de las fotografías: En mi boda fui vestida de blanco y me casé en la iglesia del pueblo. José iba muy elegante, estaba guapísimo y yo le adoraba. Por aquel entonces no teníamos dinero, al igual que yo ahora, y comimos en el restaurante de mis primos: judías con berza. No fue una fiesta nada glamurosa, pero fue uno de los días más felices de mi vida, tal vez el más feliz.

   En otra de las fotos que contemplo a diario, salgo rodeada de Ana, José el pequeño e Isabel. Tuve tres hijos maravillosos:

   Ana se fue a trabajar a Alemania. Al principio volvía por casa siempre que podía: en navidades, semana santa, el mes de agosto,… luego volvía nada más que por navidad. Hace tres años que no la veo, desde el entierro de mi marido. Ya es abuela, tiene una nieta de 4 años, Jana. Cuando la conocí, solamente era un bebe que empezaba a caminar. No creo que viva lo suficiente como para volver a verla.

   José el pequeño, el decimocuarto José de la familia por parte de mi marido, siempre fue una persona muy independiente. Le gustaba mucho subir montañas. Murió el 16 de junio de 1968 en el Himalaya. Su cuerpo nunca fue encontrado.

   A Isabel la tengo cerca, vive en la capital. Es la madre de mi nieto pequeño. Vive en la residencia de ancianos. Tiene muchos amigos y amigas allí, pero no los conoce, o se le olvidó que un día los conocía. Tiene Alzheimer. Estas navidades le haré una visita, ya solo faltan 7 días. La abrazaré con todas mis fuerzas y le daré dos sonoros besos.

   Las cortinas se mueven por el viento que entra a través de las ranuras de las ventanas. Afuera hace frío. Ayer nevó por primera vez este invierno. Siempre me ha gustado la nieve. Cuando era una niña, soñaba con unas navidades blancas. Los primeros copos de cada año caían sobre mi rostro y mis manos, porque siempre los esperaba mirando pegada a la ventana, como ahora. Era la señal de que pronto toda la familia se reuniría entorno a una mesa para celebrar la nochebuena. Estoy deseando que lleguen las fiestas. Seguramente serán las últimas.

   El parque está lleno de niños que juegan con la nieve. Unos hacen muñecos, otros una guerra de bolas y algunos bebés están descubriendo la magia de la navidad. Todos ríen y se divierten, desde los más pequeños, hasta aquella señora a la que han tirado el gorro de un bolazo. La felicidad no entiende de edades. Por un momento tengo ganas de reír, me siento bien, y lloro. Lloro porque durante los últimos 20 minutos, he sido feliz.

   Ha comenzado a anochecer, son alrededor de las seis. La calle se ha quedado desierta por un momento. Las farolas y los postes eléctricos están adornados con luces en forma de pinos o estrellas. La señora del carrito verde de castañas ha comenzado a preparar las primeras raciones de la tarde. Me gustan mucho las castañas. Abro la ventana para percibir el cálido olor a castañas asadas. Recuerdo cuando mi abuela y yo paseábamos los sábados, en las frías tardes de invierno, en busca de la señora de las castañas asadas, siguiendo el aroma de éstas. Yo cogía el cucurucho de papel de periódico para calentarme las manos, y mi abuela, me las daba peladas en la boca.

   La luna está llena. La calle vuelve a estar viva. En el centro comercial de la esquina, los niños aguardan pacientemente a la cola, para pedirle a un Baltasar paliducho sus regalos de navidad. Una pareja de jóvenes enamorados se besa apasionadamente apoyados en el respaldo del nevado banco de madera: se les ve felices y dichosos. Hubo un tiempo en el que yo también lo fui. Otra pareja de enamorados, esta vez ancianos, camina de la mano. Ella lleva una bufanda rosa y un gorrito, tiene la mano izquierda cubierta por un guante de piel, y la derecha desnuda, al abrigo de la mano de su acompañante. Me pongo triste. Añoro a mi querido José. Aparto la vista de la ventana y me siento en la butaca.

   En mi época de estudiante, cuando iba al colegio de monjas vestida de riguroso uniforme, creía en la religión católica, y en Dios. Solo conocía lo que aquellas monjitas me enseñaban: «La Verdad Suprema». Cuando empecé la carrera de filosofía y letras en la universidad, dejé de actuar como un autómata previamente programado para ser una buena esposa y ama de casa. Tenía que pagarme los estudios trabajando de “chacha” para mi tío rico. Conocí la existencia de otras religiones y otras maneras de pensar, y tomé mi propia decisión al respecto: no creer en nada que no se pueda ver, tocar o sentir. Por eso deje de creer en que cuando muriera iba a ir al cielo, porque siempre he sido buena. Ahora que la muerte me acecha, quiero creer en algo, necesito creer en que me reuniré con mis muertos en el cielo, y seré feliz para toda la eternidad.

   Finalmente opté por ser una buena mujer y ama de casa. Fue una decisión propia, y no la consecuencia del sistema educativo y social de la posguerra. Terminé la carrera y me casé con José. Siempre me ha gustado leer, y pensar; son los dos únicos vicios que mantengo aún. Una habitación de la casa, la más apartada de la cocina, la utilizo de biblioteca; mi querido tesoro y el lugar en el que viajo por vidas más apasionantes que la mía. Es una habitación oscura y tranquila, tiene una butaca para leer y una lámpara, y un montón de libros en cada pared, apilados en baldas de madera. Cojo uno que me regaló José poco antes de pedirme matrimonio. Entre sus páginas guarda un sobre con una carta. Hoy necesito volver a leerla una vez más. Está escrita a mano por mi marido, con tinta azul y tímidas y temblorosas palabras:

23 de noviembre de 1941

Querida Paquita,

   no puedo dejar de pensar en ti ni por un segundo. Desde aquella noche, la del 13 de junio, eres el centro de mi universo. Te quiero! Eres la mujer que hace que mi corazón lata más fuerte que nunca. Siento que sin ti me moriría.

   La noche en que me besaste, comenzó el resto de mi vida, mi vida a tu lado. Siempre me habías gustado y, para siempre te querré. Veo un largo camino lleno de rosas, y quiero que lo recorras a mi lado, de mi mano.

   No te quiero solo por como eres, sino sobre todo, por como soy yo cuando estoy contigo.

Te quiero !!!

   Beso emocionada mi anillo de compromiso. Una lágrima se me desliza por la mejilla y cae en el hocico de Caty. Mueve la cabeza de lado a lado, con los ojos cerrados, y  maúlla. Con tanta emoción me ha entrado hambre. Voy a poner la cena. Me pongo una tortilla francesa de dos huevos. Mientras la preparo, Caty se mueve entre mis piernas, ella también quiere algo para llevarse a la boca. Le doy una loncha de jamón York, que come poco a poco, mordisco a mordisco.

   Son las 9 de la noche. En la calle se escucha el camión de la basura, su motor ruge con fuerza al elevar uno de los contenedores. Pobres chicos, con el frío que debe de hacer hay afuera, y tener que estar trabajando a la intemperie. A Caty y a mí nos gusta ver la tele antes de acostarnos. A veces me quedo dormida en el sofá de la salita, y por no ir hasta mi habitación cuando me despierto, paso el resto de la noche aquí. Me tapo con la manta de cuadros rojos. Caty sube encima de mí. La acaricio. Veo las noticias de La2 y el parte meteorológico. Empieza una película romántica. ¡Qué bien! Son las que más me gustan. Cuando llega el primer corte publicitario, comienza a entrarme sueño. Se me cierran los ojos. Al principio trato de mantenerlos abiertos, pero poco después desisto.

   Estoy sentada en el sofá, Caty está a mis pies; duermo. ¡No es posible! Me veo a mí misma desde un lugar del salón. Debo de estar soñando. ¡Eso es! Sueño que duermo. Me elevo del suelo. Atravieso el techo de la sala, sigo subiendo. Ya estoy fuera de casa. Vuelo. La casa se ve cada vez más pequeñita. Mi barrio, la ciudad, ¡Subo, subo, subo! La península –cruzo una tormenta–, Europa. Al sobrepasar la atmósfera, comienzo a desplazarme a la velocidad de la luz, y me detengo:

   Es todo blanco; blanco hasta el infinito. Comienzo a caminar hacia ninguna parte, porque no hay nada, solo el vacío. Me miro y no veo. Trato de pellizcarme y no me encuentro. ¡Quiero despertarme!

   ¡Un momento! Allí al fondo se ve algo. Me acerco. Parece una señal de tráfico. Sí, es una flecha, y dice: «Tribunal: llamé a la puerta que está a su espalda». ¿Qué significa esto? A mí espalda no hay nada, ¡Acabo de venir de allí! Me giro y comienzo a andar para atrás. Tras dos pasos, me choco contra algo. No se ve nada. Llamo: ¡toc, toc!

   –¡Adelante! –Una firme voz de mujer contesta y se oye el rechinar de unas bisagras poco engrasadas. Camino. Enfrente de mí aparecen dos hombres y una mujer tras un tribunal, la mujer está en el centro. Comienza a hablar:

   –Como supondrás, el cuerpo que tenías asignado en la tierra, ha caducado. Por eso estás aquí. Solamente te haré una pregunta: ¿Qué has perdido por haber muerto? –No entiendo nada, ¿Se supone que me he muerto, y que este tribunal decidirá mi destino? ¿Infierno o paraíso?

   –Supongo que lo único que he perdido es la compañía de Caty, mi querida gata.

   –Muy bien, ya puedes volver por donde has venido. Eres el número 17.658.427, no lo olvides –concluye la juez.

   Me doy media vuelta, la puerta chirría de nuevo; la cruzo. Delante de mí hay miles de asientos. No puedo explicar como, pero sé que están ocupados por almas. Busco un lugar donde sentarme. Finalmente lo encuentro.

   –¡Hola! Acabas de llegar ¿verdad? –El alma de al lado.

   –Sí. ¿Qué me está pasando? –Contesto en busca de ayuda.

   –Yo también me preguntaba lo mismo al principio: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? Te contaré lo que sé, que no es mucho: Yo era una hormiguita que trabajaba de sol a sol. Era un trabajo muy duro, que había que hacer por encima de todo. Un día que llovía, tuve la desgracia de que una gota cayera sobre mí. Fue una agradable muerte por ahogamiento. Y llegue aquí; primero al tribunal de reencarnación, y después a esta sala de espera.

   –¿Así que nos vamos a reencarnar? –Pregunto ansiosa.

   –Eso parece. Al menos es lo que pone en aquel cartel que está al lado del contador de turnos –señala hacia arriba. Hay un número en letras rojas, que cambia cada cierto tiempo: 12.359.486, 12.359.487, 12.359.488, 12.359.489, 12.359.90… y a su lado un cartel: «Está usted en la sala de espera para su próxima reencarnación, espere su turno».

   –¿Qué número tienes tú? A mí deben de quedarme siglos hasta que llegue mí turno.

   –El 12.359.92 –¡Vaya! Enseguida va a ser su turno.

   –¿Hace cuanto que estás aquí? –Seguramente una eternidad.

   –Aquí no existe el tiempo ¿No ves que hasta que no nos concedan un nuevo cuerpo y una fecha de caducidad solamente somos almas? –12.359.91, el siguiente es el suyo.

   –Te toca. Encantado de haberte conocido –me despido de él, ¿o ella?

   –Igualmente. ¿Me harías un favor antes de irte?

   –Claro. Pero el que tiene que irse eres tu –no parece que tenga mucha prisa.

   –Eso era precisamente. Verás: es que, he quedado con la jueza del tribunal en el número 12.500.000, y no quisiera perder ésta oportunidad. Entiendes, ¿verdad?

   –Si claro. Pero la jueza es humana, y tu una hormiga…

   –Ah bueno. En realidad los del tribunal también son almas como nosotros, pero, ¡con estudios! –matiza, elevando la mano y el dedo índice–. En horas de trabajo toman la apariencia que tenía el alma que está siendo juzgada.

   –Ah,… bueno; debo irme entonces –me levanto y voy hacia la puerta de «regreso a la vida»–. Una última pregunta: ¿Qué contestaste cuando te preguntaron lo que habías perdido al morir?

   –La oportunidad de encontrar el verdadero amor –Me guiña el ojo izquierdo.

   Es mi turno. Encima de la puerta hay otro cartel: «Una vez que cruces esta puerta, no recordarás nada sobre tu anterior vida. Qué tengas suerte». Tomo aire; es una manera de hablar, no olvidemos que estamos en el vacío, y allá voy…

   No se ve nada. Es todo negro. Hace calor y se está muy a gusto. Algo me empuja. Allí al fondo se empieza a ver una luz. Me da miedo acercarme, pero a la vez quiero saber que hay al otro lado. Me muevo hacia allí, poco a poco y con mucho trabajo. Primero saco la cabeza, para ver qué hay. Una luz enorme me ciega los ojos. Me caigo al otro lado… Ahora hace mucho frío y no puedo abrir los ojos por el dolor que me hace tanta iluminación. Estoy empapado. Me limpian repetidas veces con una superficie rugosa.

   Ha pasado una semana desde que salí a la luz; ya puedo abrir los ojos. Tengo una madre y 4 hermanitos como yo. También tengo un amo que me acaricia y nos rellena el plato del agua todos los días. ¡Estoy aprendiendo mucho!

   Mí amo me coge por el cuello, y me deja en manos de un hombre desconocido. Me acaricia con mucho cuidado, y una mujer me toca el hocico con el dedo:

   –¿Este te gusta, cariño? –Dice el hombre.

   –Sí, mucho. Además se parece mucho a Caty, y se le ve tan tranquilo, que seguro que se llevan de maravilla los dos. ¡A las niñas les va a encantar! –contesta la mujer.

   –Entonces se quedan con ese, ¿verdad? –Pregunta mí amo.

   –Sí, definitivamente –ambos a la vez.

   Me coge de nuevo, y me mete en una caja con pequeños agujeros. No se si volveré a ver a mis hermanitos y a mí madre, pero este señor me gusta más que mí amo.

   –Les doy este papel para regalo. ¡Que tengan un feliz día de navidad!

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