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   El libro impreso logra resistir al digital. Aunque las ventas de ebooks crecieron un 11% en 2016 en España, sigue representando una parte mínima del mercado editorial, un 4%. Y si vamos a otros mercados más consolidados como el de Reino Unido, que marcan tendencia, las cosas no pintan nada bien para el consumo del formato digital, que vuelve a caer por segundo año consecutivo. Partamos de la base de que los libros digitales siguen siendo demasiado caros. La industria editorial parece haberse estancado en el mismo punto en el que estaba la música hace no muchos años. Aquellos que no estaban dispuestos a pagar demasiado por una pista de música no parece que vayan a hacerlo por un libro digital. ¿Cuál es entonces el precio óptimo para el libro digital y hasta dónde hay que bajarlo?

   El director editorial de Amazon, David Naggar, ha dicho recientemente que si las editoriales tradicionales quieren aumentar sus ventas en materia de libros digitales, la solución pasa por seguir el ejemplo de los escritores autopublicados y bajar de forma drástica el precio de esos libros. «Creo que el precio es una herramienta para ganar visibilidad. Puedes gastar mucho dinero en una campaña de marketing o puedes invertirlo para conseguir un precio tan bajo que obtengas la ayuda de los motores de recomendación», dijo Naggar. La idea de Naggar es que si tengo dos libros delante y no conozco a ninguno de los dos autores, me decantaré por uno o por otro en función del precio. Y si los autopublicados pueden permitírselo, las editoriales mucho más.

   Sin embargo, para muchos profesionales de la industria, los argumentos de David Naggar tienen un punto de partida erróneo, ya que existen enormes diferencias entre el modelo de negocio de la publicación tradicional y el de la autopublicación. Para Nicola Solomon, directora ejecutiva de la Sociedad de Autores, el comentario de Naggar es ingenuo, porque los escritores autopublicados en la plataforma de publicación de Kindle ‒KDP‒ ganan entre el 35% y el 70% del precio del libro, lo que les permite tener ciertos ingresos si el libro tiene éxito. En la publicación tradicional este porcentaje es muchísimo más bajo, lo cual da muy poco margen de beneficios si el precio de los libros se equipara con el de los autopublicados. Por su parte, Stephen Lotinga, director de la Asociación de Editores, señaló que el interés de Amazon es, ante todo, el de bajar los precios de los libros tanto como sea posible, para mantener así su cuota de mercado.

   El problema que existe detrás de la propuesta de Amazon es que toda la cadena que compone la publicación tradicional ‒autor, agente, editor, mayorista, librero‒ requiere una inversión a largo plazo y abaratar los precios de los libros daña, a la larga, a los autores porque devalúa y homogeneiza su trabajo, e incluso perjudica a Amazon, porque también devalúa su oferta en general. Hay editoriales a las que todavía les cuesta dar el salto de modelo ‒y también autores‒, que son reacios a publicar versiones digitales de sus libros, y la propuesta de Amazon de reducir los precios a la mínima expresión no son precisamente el argumento definitivo para dar ese salto.

   Por otra parte, la idea que hay de fondo es todavía más perversa. El precio es un elemento importante a la hora de comprar un libro, pero no sirve de nada sin la promoción adecuada, que es algo que depende exclusivamente de Amazon y no tiene nada que ver con las editoriales, lo cual es un problema teniendo en cuenta que el gigante de los libros digitales cuenta con el monopolio del sector. Un monopolio, además, que se desenvuelve de una manera poco clara, porque Amazon es muy reacia a compartir datos sobre el mercado de libros digitales. ¿La solución pasa, entonces, por que Amazon te promocione siempre y cuando le pongas a tus libros el precio que ellos te digan?

   El problema del precio de los libros digitales viene de lejos. En 2012 año la Comisión Europea abrió una investigación formal para determinar si varias editoriales internacionales ‒la francesa Hachette Livre, las estadounidenses Harper Collins y Simon & Schuster, la británica Penguin y la alemana Verlagsgruppe Georg von Holzbrinck, propietaria, de Macmillan, junto con Apple‒ incurrieron en prácticas anticompetencia para elevar los precios de los libros electrónicos o evitar la aparición de precios más bajos en Europa. Al año siguiente HarperCollins y Hachette UK permitieron que el precio de sus libros fuera fijado por Amazon, algo que hizo que el precio de sus libros digitales bajara. En 2014 hubo una batalla legal entre Amazon y Hachette Group Book, filial del grupo francés Hachette, en Estados Unidos para determinar quién fijaba el importe de los libros electrónicos. Este enfrentamiento finalmente se saldó con éxito para Hachette en un acuerdo en el que Amazon ofrecía incentivos financieros específicos para que la editorial redujera los precios de sus libros, pero puso de manifiesto el monopolio de Amazon, todo el poder y la repercusión que tiene el gigante de Jeff Bezos si decide llevar a cabo prácticas abusivas cuando no se claudica con sus políticas.

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