Medallón con mechón de Poe de la Biblioteca Pública de Filadelfia

   No es solo que haya lectores que seamos muy frikis, es que el coleccionismo es algo muy vinculado a la literatura, como señaló Yvette Sánchez en su ensayo Coleccionismo y literatura. En ambos existe una concepción de la vida como recolección, como acopio del pasado, y un ansia proyectado hacia el futuro de aspiración a lo infinito, a lo inabarcable. En una entrevista Luis Alberto de Cuenca define el coleccionismo como «una enfermedad que sana. Una especie de vacuna contra la enfermedad de vivir, contra el vacío». El objeto de deseo más evidente para un lector coleccionista es el libro. Así nace el bibliómano, que puede llegar a darle mayor importancia al libro en su materialidad que a su contenido, dedicado a coleccionar primeras ediciones, distintos ejemplares de un mismo título, toda la obra de un autor, dedicatorias de escritores, etc.

   Sin embargo, la mitomanía del lector no se agota en los libros. Además de ser un redomado bibliómano, lo que le ha permitido crear una de las bibliotecas más envidiables de España, Luis Alberto colecciona toda clase de frikezas, y es posible encontrar en sus estanterías una figurita de Star Wars junto a una primera edición de Drácula. Eso sí, no llega a los extremos de Ramón Gómez de la Serna o de Pablo Neruda, aficionados a coleccionar cachivaches como si no hubiera mañana. En La piedra de Sísifo, como gabinete de curiosidades que somos, nos declaramos apasionados del coleccionismo. Nos sentimos atraídos por todo lo que tenga que ver con los escritores: los libros que poseyeron, las casas que habitaron, o cualquier pertenencia personal que en algún momento de sus vidas estuvo en contacto con ellos. Pero hay que admitir que, incluso desde el furor mitómano, existen fronteras que es preferible no cruzar; objetos de coleccionismo tan extremos que cuanto menos inquietan.

   Lo más recurrente en estos pantanosos terreros del coleccionismo límite son las partes del cuerpo de algún escritor, objetos que, casi al nivel del Santo Prepucio, cabría calificar de reliquias. A continuación, una lista con siete de estos objetos, que estamos seguros de que por muy friki y mitómano que sea el grado de tu coleccionismo, no tocarías ni con un palo ‒o eso esperamos‒. De todos ellos hemos hablado en algún momento en La piedra de Sísifo, pero el afán coleccionista hacía necesaria esta recopilación. Muchos de ellos pertenecen ‒por suerte‒ al terreno de las leyendas, pero no todos.

El cráneo de William Shakespeare

   Según un artículo publicado en la revista Argosy en 1879, un médico llamado Frank Chambers encargó en 1794 a unos ladrones de tumbas que entraran en la iglesia donde se encontraba enterrado el escritor, que accedieran a su tumba y que robaran su cráneo. Incluso se llegó a rumorear que un cráneo aparecido en una iglesia cercana, en Beoley, pertenecía al Bardo, aunque más tarde se demostró que en realidad pertenecía a una mujer de 77 años. Durante más de un siglo la historia de la cabeza robada de Shakespeare ha sido una leyenda urbana más, uno de los muchos mitos que había sobre la figura del escritor. Sin embargo el año pasado, en el cuarto centenario de la muerte del dramaturgo, varios arqueólogos llegaron a la conclusión de que existían pruebas de que el mito podría tener una base real.

Los científicos utilizaron un radar de penetración terrestre (GPR), tecnología de escaneo láser que permite saber qué hay debajo del suelo sin necesidad de escavar, para descubrir que en la tumba de Shakespeare había sido manipulada, como si hubiera sido excavada y después se hubiera vuelto a tapar. El radar también reveló que no había señales de metal, como clavos de ataúd y que, según parecía, faltaba el cráneo. La certeza no es completamente absoluta, pero existe la posibilidad de que el cráneo de Shakespeare esté adornando el salón de algún fanático del bardo.

El pene de Lord Byron

   Como con Shakespeare, la tumba de Lord Byron también fue profanada. Y como suele ocurrir en estos casos, solo nos queda creer en la palabra de los profanadores. Thomas Gerrad Barber, que apasionado admirador de Byron, llegó a ser deán de la Iglesia de Santa María Magdalena, donde estaba enterrado el poeta. Ante la existencia de rumores que decían que el sepulcro de Byron estaba vacío Barber se obsesionó con una idea: abrir la tumba del escritor para exhumar su cadáver. Y no paró hasta que obtuvo los permisos necesarios por parte de la familia de Byron y del Ministerio del Interior. Así que un cálido día de finales de junio, Barber profanó la tumba de Byron con la ayuda de Houldsworth, su mayordomo, y de los hermanos Betteridge.

   Para sorpresa de los profanadores la tumba de Byron ya había sido abierta ‒un atentado atribuido a un ladrón de tumbas del siglo XIX‒, pero por suerte el cuerpo del poeta todavía estaba allí. En su libro Byron y donde está enterrado, Barber describe el momento con las siguientes palabras: «Reverentemente, muy reverentemente, levanté la tapa, y ante mis ojos yacía el cuerpo embalsamado de Byron en perfectas condiciones como cuando fue depositado en el ataúd hace 114 años. Sus facciones y su cabello eran fácilmente reconocibles por los retratos con los cuales estaba tan familiarizado… Tenía los pies y los tobillos descubiertos y pude comprobar que su cojera se localizaba en el pie derecho. Bajé con cuidado la tapa del ataúd y, mientras lo hacía, dije una oración por la paz de su alma». El testimonio de Houldsworth, sin embargo, fue algo más explícito: el pie derecho, el de la cojera, se había desprendido del resto del cuerpo y yacía en el fondo del ataúd y los brazos y las piernas sí mostraban signos de descomposición, lo que se atribuye a un embalsamamiento precipitado e inadecuado. Houldsworth también llamó la atención sobre el hecho de que «su miembro viril estaba anormalmente desarrollado».

   ¿Es verosímil pensar que el cuerpo de Lord Byron se hubiera mantenido más o menos incorrupto con el paso del tiempo? Desde luego, si algo no era el poeta era un santo. En realidad, sí podría ser el caso. Antes de morir el autor dejó por escrito que no quería que le practicasen la autopsia pero los médicos hicieron caso omiso de su última voluntad y la realizaron. Después de quitarle el corazón, el cerebro, los pulmones y los intestinos, y meter todos los órganos en vasijas, le llenaron el cuerpo de líquido para embalsamar. El cuerpo y los jarrones con los restos destrozados fueron enviados desde Grecia a Londres en una travesía por barco que duró más de dos meses.

Cuando Barber decidieron asaltar la tumba de Byron estaba previsto hacer un registro gráfico de todo, pero el fotógrafo se negó a tomar fotos por razones morales, así que solo nos queda confiar en las palabras de Houldsworth y creer que en algún lugar del el panteón familiar de Hucknall Torckard, en la Iglesia de Santa María Magdalena, existe el miembro viril «anormalmente desarrollado» de un poeta.

El corazón de Percy Shelley

   Lord Byron y Percy Bysshe Shelley fueron grandes amigos en vida, y parece que después de morir continuaron vinculados con una muerte extraña y con la preservación de reliquias sacadas de sus cuerpos. Pero a diferencia del de Byron, el cuerpo de Shelley, ahogado en extrañas circunstancias en el golfo de La Spezia el 8 de julio de 1822, sí fue incinerado. Eso sí, después de que su amigo Edward John Trelawny negociara durantemente para recuperarlo y sobornara a las autoridades pertinentes. Después de exhumar el cadáver del autor ‒qué gusto por exhumar románticos‒, su cuerpo fue incinerado. Así recuerda Trelawny en sus memorias ese momento ‒y aquí es donde empieza la leyenda‒: «El fuego era tan feroz como para producir un calor blanco en el hierro, y para reducir su contenido a gris ceniza. Las únicas partes que no se consumieron fueron algunos fragmentos de huesos, la mandíbula y el cráneo, pero lo que nos sorprendió fue que el corazón se mantuvo entero. Al arrebatar esta reliquia del fuego de la pira mi mano quedó muy quemada».

   Se supone que Trelawny salvó del fuego el corazón de Shelley. Su intención inicial era darle las cenizas a Mary, la esposa de Shelley, y quedarse el corazón para sí mismo, pero presionado por el también poeta Leigh Hunt Trelawny tuvo que olvidar su empeño de guardar el corazón. Fue Hunt quien entregó el corazón de Shelley a Mary, que lo guardó en su escritorio, envuelto en seda, hasta su muerte en 1851. El destino final del corazón de Shelley se selló de forma definitiva en 1889, al ser enterrado con el cuerpo del único hijo superviviente del matrimonio, Percy Florence Shelley, en la tumba que había sido construida para él y su madre.

El pelo de Edgar Allan Poe

   La costumbre de cortarle el pelo a un muerto puede parecer bastante extraña pero era muy habitual en los Estados Unidos y en la Europa del siglo XIX, utilizados tanto como memento mori como para conmemorar a los muertos. Estos objetos, símbolo del vínculo de los vivos con el fallecido, funcionaban a la manera de reliquias, como si se quisiera mantener un pedazo del ser querido, un recordatorio al que prácticamente se le atribuían cualidades mágicas –como si fuera una especie de talismán–, aunque desprovisto del sentido religioso original.

   En el funeral de Edgar Allan Poe, que tuvo lugar el 7 de octubre de 1849, su prima Elizabeth Rebecca Herring le cortó algunos cabellos al fallecido, probablemente de la parte posterior de la cabeza. Los restos de Poe fueron visitados por admiradores del poeta, muchos de ellos deseosos de tener su propio mechón de cabello del muerto. Por lo visto, Herring distribuyó los mechones que le había cortado a Poe entre los invitados, y algunos los conservó para sí o para repartirlos en su círculo más íntimo. La cuestión es que hoy en día hay mechones de pelo de Edgar Allan Poe por museos y colecciones, tanto públicas como privadas, de todo el mundo. Y esto no es ninguna leyenda.

Grip, el cuervo de Charles Dickens

Grip, el cuervo de Charles Dickens

El cuervo de Charles Dickens

   En este caso no se trata de la parte del cuerpo de ningún escritor, pero puede causar tanto asco como cualquier animal disecado. Se trata de Grip, el cuervo más querido de Charles Dickens, que cuando se murió en 1841 su dueño mandó embalsamarlo con arsénico y con la sana intención de preservarlo por los siglos de los siglos. Y es que además de escribir grandísimas novelas, Dickens también tenía por costumbre disecar sus mascotas. Lo más curioso es que este cuervo es no solo la mascota de Dickens sino el protagonista del famoso poema «El cuervo» de Edgar Allan Poe, como el escritor llegó a confesar en su ensayo La filosofía de la composición.

   A diferencia de algunas de las anteriores, esta reliquia literaria está localizada en un punto en concreto. El cuervo de Dickens ‒y por extensión de Poe‒ puede verse, posado con majestuosidad sobre un tronco, en el Departamento de libros raros de la biblioteca pública de Filadelfia.

Los manuscritos de Dante Gabriel Rossetti

Una de las tres hojas recuperadas

Una de las tres hojas recuperadas

   ¿Estoy en mi sano juicio por incluir unos papeles en una lista de reliquias inquietantes? No, no llego a los extremos de considerar un manuscrito como una parte más del cuerpo de un escritor. Pero estos papeles generan el reparo de algo que ha estado enterrado con un muerto y que más tarde ha sido recuperado. Eso es lo que ocurrió con los manuscritos de Dante Gabriel Rossetti. Cuando su esposa, Elizabeth Siddal, murió Rossetti, en un ataque de impulsividad destructiva, decidió arrojar la única copia que tenía de sus poemas dentro del ataúd.

   Tiempo después Rossetti empezó a obsesionarse con la idea de recuperar esos poemas, así que finalmente consiguió un permiso para exhumar los restos de Elizabeth. Rossetti prefirió no estar presente en este turbio episodio, así que fue su agente literario Charles Augustus Howell el encargado de recuperar los manuscritos. Más tarde le dijo a Rossetti que el cadáver se había conservado casi intacto, que mantenía la misma belleza que tuvo en vida y que el pelo rojizo había seguido creciendo hasta llenar todo el ataúd ‒aunque a este quizá no vamos a creerlo‒. Algunos de los poemas estaban en pésimas condiciones, roídos por gusanos, y eran prácticamente ilegibles.

Máscaras mortuorias. De izquierda a derecha, Dante, Jonathan Switft, John Keats y William Blake

Máscaras mortuorias de escritores varios

   Tampoco es ninguna parte del cuerpo de un escritor, pero se trata de algo muy vinculado a ellos. Esta práctica que se remonta a la Edad Media ‒aunque encontramos ejemplos en el antiguo Egipto y en la antigua Roma‒ permitía conservar una memoria física, táctil y duradera de los difuntos. Se trata de un molde hecho de cera o yeso que se aplicaba sobre el rostro del recién fallecido para que sus facciones quedaran marcadas permanentemente. Originalmente para nobles y monarquía, la práctica se extendió a los rostros de cualquier hombre ilustre, incluyendo escritores. En la lista de autores que tuvieron su propia máscara mortuoria figuran algunos de los más grandes de la literatura: Dante, Jonathan Swift, Tomás Moro, Shakespeare, Goethe, John Keats, William Blake o Tolstoi. Especialmente conocida es la máscara morturosia de John Keats porque el escritor Maurice Sendak la guardaba en una caja al pie de su cama y le gustaba ponerla sobre su almohada después de despertar.

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