La librería Bartleby (Calle Cádiz 50, Valencia). Comics, libros, vino y un buen ambiente para hablar de lo que más nos gusta.

¿De qué se habla en una tertulia literaria?

Alberto Torres Blandina (Cosas que nunca ocurrirían en Tokio, Con el Frío, Contra los Lobos…) organiza estas reuniones en la librería Bartleby de Valencia. Un grupo de escritores, un libro en común, todo por hablar, nada que esconder.

Por fortuna, se han encontrado las crónicas de lo allí sucedido.

Mayo 2017

Limónov de Emmanuel Carrère

  Nos reunimos un grupo de escribidores españoles para hablar de un escritor francés que publicó una novela biográfica —o una biografía novelada— de un escritor ruso. Fuimos en esta ocasión todos puntuales. Todos menos Cruz, que llegó puntualmente tarde. Para empezar, echamos cuentas y caímos en la cuenta que llevábamos sin vernos como medio año, y que aun así casi ninguno de los asistentes se había terminado la obra, vida y milagros de este poeta, escritor, vividor, revolucionario, político, presidario, odioso, ególatra, misógino, histriónico y estrafalario personaje. Yo devoré las 400 páginas del libro en dos sentadas, pero sobre mi adicción obsesiva-compulsiva prefiero no hablar. Igualmente, en mi opinión, tampoco hace falta terminarse un libro para ponerlo a parir, sobre todo aquí, en España, donde se puede encontrar en cada bar y terraza legiones de entrenadores experimentados de fútbol, politólogos y demás arregladores del mundo; filósofos patrios acompañados siempre de cerveza o vino en templos con televisión como altar con visionados de fútbol o chascarrillos de Telecinco. Ahora que lo pienso, eso es justo lo que nosotros somos y lo que nosotros hacemos, arreglar el mundo —no solo literario—, acompañados siempre de vino y cerveza. Nos diferencia nuestro templo; un santuario del libro y del comic objetos de colección donde, por supuesto, no hay tele que valga.

   Discutimos sobre temas diversos que poco o nada tienen que ver sobre el pobre Limonov:

   Descubrimos el título idóneo para la novela definitiva que una suegra nunca leería (esto también valdría como título). El título en cuestión es: «Porretes y sodomizaciones a gogó». No sé de qué puede ir la trama con este nombre —bueno, una ligera idea sí que me hago—, pero seguro que lo rompería. Cedo los derechos del título a quién se atreva con ello.

   Discutimos sobre el verbo extraviar. Parece ser que el mundo exterior no lo usa habitualmente en las conversaciones. Yo pensaba que eso ocurría solo a las generaciones de la ESO, pero Ana, que dice tener 50, confirmó que no, que el raro era yo en particular, por usarlo. La creí, me refiero sobre el no uso conversacional del verbo extraviar, referente a lo de ir por los 50, eso sí que no me lo creo, me parece que ella se pone los años que Alberto se quita.

   Discutimos sobre el cruising —yo pensaba que era irse de cruceros, fíjate, y eso que me he criado a dos pasos del Retiro—, y sobre que se está poniendo de moda en ciertos círculos lo del masaje prostático para alcanzar unos clímax que lo flipas. A mí no me miréis, yo solo soy el que escribe. Ahora que recuerdo; en la tertulia de Tantas mentiras también solicitamos la presencia de una proctóloga. Nada, la idea ronda nuestras cabezas. Tertulianos, es posible que haya llegado el momento de dejarse abrir nuevos horizontes, por muy oscuros que estos sean, la recompensa pinta ser intensa.

   Hablamos sobre el Zapoi —esta tradición rusa sí que aparece en Limonov—, que consiste en beber hasta reventar. No lo sabíamos, pero quién más quién menos hemos zapoiado en algún momento de nuestra vida. Se hilvanó lo del zapoi con un trabajo de documentación realizado años atrás: Parece ser que, si en el fragor de la borrachera te da por quemarte cigarrillos en el cuerpo, es mejor hacerlo en los brazos, porque en la barriga te salen manpollas. También que, si vas a escribirte en el pecho con una cuchilla de afeitar tu sentimiento hacia la sociedad: ODIO, mejor en este caso elegir la versión anglosajona de la palabra: HATE. No porque prefiramos a Shakespeare en lugar de Cervantes, ni mucho menos, sino por una cuestión de logística; rotularte a ti mismo una O en el pecho es harto complicado y doloroso.

   Una vez más, yo solo soy el que escribe.

   Volvimos con Limonov. Como estábamos leyendo la biografía novelada de un personaje que sigue —contra todo pronóstico— con vida, a todos nos entró en algún punto de la lectura la curiosidad de buscar imágenes y videos sobre él y el contexto socio-político en que se desenvuelve y que es muy diferente al nuestro. Lo buscamos todos menos Alberto, que se interesó más por las fotos de las novias del ruso en lugar del ruso en sí. Luego nos dirigimos enseguida al capítulo —morboso— del libro sobre el encuentro sexual en Central Park de Nueva York por parte de un hasta entonces hetero Límonov con un hombre. Al principio, la intención del desconocido era atracar al ruso, al final terminó robándole la flor de la virtud, el muy pirata. Vaya capítulo, sobre todo porque hablamos de una biografía. Intentamos analizar la personalidad del protagonista a partir de este suceso, no solo sobre su orientación sexual, sino en su poliedro vital. Nos preguntamos si es que es bipolar o tiene una forma de ver la vida demasiado creativa para nuestras mentes proletarias. No nos pusimos de acuerdo; todos leímos la misma historia, todos sacamos conclusiones diferentes.

Carrere y Limónov. Ahora le toca al escritor ruso publicar una novela sobre el escritor francés

   Pasamos a otro episodio donde el protagonista cae en la cuenta de que la mujer con la que se acuesta no pertenece a las altas esferas de la sociedad, sino que es la criada de la casa. Lo descubrió por lo grueso de sus tobillos. Aquí entramos en la discusión de si existe relación sobre la fisionomía de los tobillos y el estrato social, y de si haber dicha relación su origen es genético o se debe más bien a que los criados y criadas pasan mucho tiempo en pie y de ahí el problema de retención de líquidos que genera hinchazón. Lo resumo en pocas líneas, pero estuvimos más de un ahora dale que te pego al tema. Acordamos lanzar una encuesta en FB para sacar conclusiones estadísticas. Yo tengo los tobillos muy finos, soy criado y no vengo —ni mucho menos— de la nobleza. No sé qué pensar al respecto.

   Con un libro tan político, politizamos. Hablamos de que los hípsters tiran a la derecha solo para llevar la contraria a la tendencia anterior, de la razón de por qué los de derechas dicen que los de izquierdas no se lavan, de que las estatuas de plomo de Tejero y de Franco son perfectas como sujeta libros para abarcar, sustentar y cobijar la colección de Vizcaíno Casas en las librerías de nuestras casas (¿quién no tiene la colección completa de Vizcaíno Casas en su casa?)…

   Cuando la hora nos avisaba del final, divagaba —ayudado por el vino— feliz porque habíamos logrado pasar una tertulia sin mentar a Stephen King ni a Podemos. Pensaba que, como los personajes de una buena novela que evolucionan, nosotros teníamos la capacidad de dar un paso adelante y dejar atrás nuestras tradiciones si estas ya no nos servían o se habían quedado desfasadas. En esas cuitas me encontraba, acabando otra ronda, celebrando en mi yo interior la evolución de la especie humana, por lo menos en Bartleby, cuando Alberto soltó sin venir a cuento: ¡Los finales de Stephen King son una mierda! Y Lucia quiso nombrar a un escritor de apellido Monedero. ¿Monedero? ¿El de Podemos ha escrito un libro?, respondió Eva.

   Date, el mundo está perdido, concluí.

   Negociamos el próximo libro a tertuliar, que tiene muy buena pinta, compramos más libros, incluso pagamos las consumiciones…y algunos nos fuimos de tapas y cervezas y de cena y de copas y…y como viene siendo habitual, una vez traspasadas las puertas de la librería y dada por finalizada la sesión, lo ocurrido después queda en la conciencia de los asistentes y la incertidumbre de los huidos. Lo que sí puedo revelar es que no llegamos —desafortunadamente— a zapoiar.

   Bueno, un poco sí.

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