Como gran parte de la gente sabe y aunque sea una perogrullada, Alfred Nobel (1833-1896) fue un sueco y reputado ingeniero, químico e inventor de municiones; pero si su apellido es globalmente conocido se debe a su patente más transcendental: la dinamita. Consciente del vertiginoso cambio que supondría para los seres humanos tal invento, a la entera disposición de fabricar explosivos y artefactos, no tuvo pese a su desbordante fortuna –más de treinta millones de euros al morir–, un imperioso afán de lucro, sino todo lo contrario: una voluntad filantrópica que le honró en acciones altruistas. De ahí que parte de sus caudales fueran destinados a diversas labores sociales y culturales, entre las que destacan el reconocido y universal premio que lleva su apellido. Así hace la potestad que dejó escrita en 1896 en su testamento, con el propósito de destinar toda su fortuna a los autores más excelsos de Literatura, Medicina, Física y Química, Fisiología, el Nobel a la Paz, y, tiempo más tarde, aparece el Nobel de Economía.

   Se ha comentado mucho, sin embargo, por qué no existe el Nobel de Matemáticas, con superfluas y banales versiones. Durante muchos años, y no de manera muy fundamentada, se ha considerado que la amante del ingeniero sueco –nombre que por cierto se desconoce–, lo adulteraba con el catedrático de la universidad de Estocolmo, GöstaMittag-Leffler; razón por la cual, Nobel rehusaría al reconocimiento de las Matemáticas con su premio, debido en parte a hacia su hostilidad. Esta versión parece ser que carece de comprobación, puesto que nunca se descubrió escarceos en la vida de Alfred Nobel, o, al menos, aventuras carnales. Y también porque Mittag-Leffler era bastante más joven que Alfred Nobel y no podían compartir la misma concubina en vista de la diferencia de edad que frisaba entre uno y otro. O puede, simplemente, que no considerara las Matemáticas como una disciplina destacada merecedora de tal distinción. Pero este tema es harina de otro costal. Volviendo a la cuestión. En el caso del Nobel de Literatura, por ejemplo, se lleva a cabo por medio de una criba que realiza la Academia Sueca en base a lo más destacado en el panorama de las letras; el veredicto de los académicos suecos se anuncia el primer jueves del mes de octubre de cada año; especialmente, en esta modalidad distinguida, han surgido muchos detractores apelando a que, mucho son los escritores destacados, que no han obtenido el Nobel de Literatura siendo plenatamente merecedores de ellos; entre los que destacan Borges, a quien no se lo otorgaron por sus disidencias políticas; a Rubén Darío, merecedor del Nobel y tampoco se lo concedieron; a Balzac, otro; a Kafka, otro también; incluso muchos críticos literarios postulaban que Oscar Wilde debería haber recibido el Nobel por haber transcendido su obra y por haber marcado tendencia, como bien se sabe, en el dandismo; al igual que Carlos Fuentes y otros muchos autores que siendo tan relevantes y destacados no fueron reconocidos por la Academia Sueca, desechando su apuesta en el sondeo de ésta.

   Hay mucha gente que concibe el Nobel de Literatura como uno de los mayores reconocimientos que se pueda otorgar a cualquier autor o autora; quizás como un símbolo de acrecencia para personas conspicuas. Una forma de engrandecer a las obras de un autor como también a éste. Y resulta, también, para otras, una distinción sobrevalorada concedida por amaño, o, en otras palabras, según los convencimientos de la Academia Sueca, sin tener en cuenta la labor de muchos intelectuales, haciendo una selección pactaría y carente de apreciación literaria: a menudo, una decisión injusta. Pese a que la dotación económica de cualquier premio Nobel es de 80.000 euros –antes ascendía a un millón de euros– autores como Jean Paul Sastre lo rechazó. Woddy Allen, también, justificándose que el día de la concesión le coincidía –valga la redundancia– con un concierto suyo de clarinete. En cambio, otros galardonados han decidido destinar el dinero del premio a labores científicas y culturales, como acción puramente solidaria e incentivando en tributo de peculio a diversas asociaciones culturales, educativas y científicas. Sin bien es cierto, en especial el Nobel de Literatura ha sido el más criticado –se puede decir que por la opinión pública– cuando, por ejemplo, Bod Dylan fue seleccionado, no por su música, sino por la letra de ella y «por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción». Lo cierto es que las aspiraciones al Nobel no han dejado ni dejarán de suscitar muchas controversias en función de los requisitos que valora la Academia Sueca, entre otros, el comportamiento políticamente correcto que ha de manifestar el autor, tanto en su obra como en su temple.

Sully Prudhomme

   Desde su primer año de aquiescencia, en 1901, surgía el debate de quién es el candidato más apto según la enjundia de su obra, la transversalidad del autor, y la distinción de su figura. Ocurrió con Sully Prudhomme, el primer ganador del Nobel de Literatura en el año antes mencionado. Era para la Academia Sueca un debate de difícil decantación por ver a qué autores, entre Prudhomme o Tolstói, concedían el premio. Este último no era precisamente respetuoso con sus modales, ni mucho menos un autor de «talante correcto», puesto que la personalidad de Tolstói era muy egocéntrica, de carácter lenguaraz y potencialmente reivindicativo, y a su vez de trato solidario y honesto. Pero su obra alcanzó más trascendencia que la de Prudhomme. De éste sólo destaca relevantes poemas con un trasfondo existencialista y su obra más conocida: La felicidad. De Tolstói destaca su obra cumbre: Guerra y paz. Un maestro de la tradición rusa literaria y del género aventuresco-guerrero. Es Tolstói uno de los mayores clásicos por fusionar temas tan complejos y variados como la moral, la muerte, la redención, el servilismo político, la denigrante sociedad rusa del siglo XVIII, las diferencias civiles, las causas de la guerra, el sentido de la paz, la vileza de los ideales, la impronta fatalidad humana –con ese personaje tan extraordinario como es el general Kutúzov y sus rutilantes conocimientos sobre el ser humano; Kutúzov me recuerda en cierto modo al abate Faria de El conde de Montecristo por su predisposición intelectual y sus apropiadas cautelas–. Pese a la abrumadora genialidad de Tolstói, en su día se le consideraba un mindundi o se le ninguneaba por su procedencia aristocrática. A él se le concebía como un viejo destartalado infundiendo filosofía humanitaria a favor de los oprimidos, reivindicando la protección jurídica y civil del campesinado y de quienes sufrían el abuso político de los zares.

   Quizás el primer Nobel de Literatura no fue del todo equidistante ni merecido; la razón que justifica ello es que, la obra de Tolstói como Guerra y paz, entre otras, es una de las más excelsas obras que se crean de tanto en tanto en la aventura de crear ficción. De igual manera, aunque su autor no fuese reconocido con el Nobel sus obras siguen siendo imperecederas y universales. Y eso, por lo visto, no se creía en su día.

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