Para escribir este artículo, he vuelto a buscar el séptimo de los 10 audios (1 por cada día) del curso de meditación Vipassana; lo pongo al final del texto por si alguien siente curiosidad. No puedo decir que me haya gustado escuchar esa voz otra vez. No puedo decir que para mí fuera una semana que mereciese la pena; me fui a la mañana del octavo día… y os quiero contar cómo fueron esas interminables jornadas de introspección.

   El día giraba entorno a una sala cuadrada parecida a la de la imagen, pero con menos luz y algo mayor. A ella entrabamos los hombres desde una puerta que venía de la calle. Las mujeres entraban por otra puerta que venía de un patio cuadrado por el que solamente pasé una vez antes de encerrarme voluntariamente en aquel lugar. El maestro entraba por otra tercera puerta, que nunca crucé en ninguna dirección, y se sentaba enfrente de todos en un altillo. Las mujeres a la izquierda del maestro vestido de blanco, y los hombres a su izquierda, en distribución milimétrica, y entre ambos bandos, separándonos, un pasillo de un metro de ancho, al final del cuál se podía ver al maestro controlando todo lo que pasaba a su alrededor, desde las alturas.

   Cuando entré tuve que dejar mis pertenencias (en mi caso la llave del coche y el DNI) bajo la custodia del centro. El resto de cosas las dejé en mi coche, aparcado allí cerca. Después del registro llegó la charla inicial, en la que se nos explicó que no podíamos mirarnos a la cara ni mantener ningún tipo de contacto físico con nadie. Los hombres estaríamos en un lado del centro, y las mujeres en otro. Los hombres dormíamos en un cuarto de literas, y se nos exhortó a mantener el decoro en el baño, sin hacer alardes de virilidad que pudieran descentrar de su estado de clandestinidad mental a los otros meditadores.

   Estas circunstancias hacían que cada uno de nosotros estuviera enjaulado mentalmente en sus pensamientos, y eso puede ser duro para quien no se soporta, o no sabe estar a solas consigo mismo. Por eso al 5º día o así, un chaval que se sentaba en las meditaciones dos filas por delante de mí, empezó a tener ataques de ansiedad que no era capaz de controlar. Tuve una desagradable sensación de impotencia sabiendo que lo que aquel chaval necesitaba era un buen abrazo; pero no nos dejaron acercarnos a él, y le apartaron automáticamente de la rutina del grupo, hasta que alguien fue a buscar al pobre hombre para llevárselo de allí. Me dio pena.

   El horario era estricto, siempre marcado por un gong que se oía primero del lado de las mujeres, al otro lado del recinto, lejos de nosotros, contestado por otro gong de nuestro lado. Solo nos veíamos todos en las meditaciones de grupo, pero teníamos que evitar mirarnos, para no salirnos de nuestro retiro personal del mundo. Sonaba por primera vez a las 4 de la mañana, gong! gong! gong! y me levantaba cada día con menos ganas, para vestirme y prepararme para la primera hora y media de meditación en la sala grande y oscura a esas horas de la noche. La única voz que se escuchaba era la del maestro Goenka, que es un hombre que ya se murió hace unos años, y que en todos los retiros Vipassana habla desde el más allá, a través de un CD que accionaba nuestro querido maestro vestido de blanco que se sentaba en un altillo, y se dedicaba durante todas las horas de meditación a darle al play ahora, al stop después.

   Por fin llegaba el desayuno de las 6:30, que para mí era el mejor momento del día, ya que tomaba pan con tomate y aceite, y cereales con yogur, y hasta un vasito de Colacao frío. Adelgacé 5 kg en 7 días, aunque en ningún momento pasé hambre. En la alimentación no hubo ningún deleite, que creo es parte del método de abstracción: privarse de cualquier placer mundano durante todo el proceso.

Os pongo aquí el horario, que me resulta “entrañable”:

4:00 a.m. Llamada
4:30-6:30 a.m. Meditación en la sala o en la habitación
6:30-8:00 a.m. Desayuno y descanso
8:00-9:00 a.m. Meditación en grupo en la sala
9:00-11:00 a.m. Meditación en la sala o en la habitación según las instrucciones del profesor
11:00-12:00 a.m. Comida
12 a.m.-1:00 p.m. Descanso y entrevistas con el profesor
1:00-2:30 p.m. Meditación en la sala o en la habitación
2:30-3:30 p.m. Meditación en grupo en la sala
3:30-5:00 p.m. Meditación en la sala o en la habitación según las instrucciones del profesor
5:00-6:00 p.m. Merienda y descanso
6:00-7:00 p.m. Meditación en grupo en la sala
7:00-8:15 p.m. Charla del maestro en la sala
8:15-9:00 p.m. Meditación en grupo en la sala
9:00-9:30 p.m. Preguntas en la Sala
9:30 p.m. Acostarse. Se apagan las luces

 

   Aunque el mayor esfuerzo del día era estar sentado en posición de meditar, solo encontraba fuerzas más allá, para dar un paseo por el recinto vallado y con un cercado alto que no permitía ver el horizonte, que ya tenía un circuito marcado por las pisadas infinitas de los internos de cada curso. A mí me gustaba hacer el recorrido a la izquierda: salía del desayuno, me calzaba las zapatillas y estaba 30 minutos seguidos andando a un ritmo normal haciendo más grandes los surcos en la tierra. 1 vuelta, 2 vueltas, 3 vueltas… Mirando al suelo cuando me cruzaba con algún otro, para evitar distraerlo y distraerme. Al final de esos 30 minutos me sentía agotado, y me tumbaba sobre un tronco de pino caído a mirar el cielo hasta el gong de las 8:00, que nos avisaba de la meditación en grupo, a la que se unían los voluntarios: normalmente antiguos meditadores que querían vivir la experiencia desde el otro lado, o simplemente querían contribuir ayudando altruistamente.

   Bueno, pues así 7 días, que terminaban con la charla en audio como la que pongo abajo. Ese era, a la par del desayuno, en el que tampoco podíamos mirarnos ni tocarnos, ni mucho menos decir palabra alguna, el 2º mejor momento del día, porque se escuchaba la voz enlatada de un tipo explicando lo que debíamos hacer en las meditaciones, y nos asesoraba en las dudas que inevitablemente teníamos. Aunque, si bien es cierto que estar sentado, escuchando al cuerpo, dejando pasar los sentimientos, siempre con ecuanimidad (palabra clave), no resulta del todo complicado cuando no tenemos nada importante en lo que pensar, como era mi caso; día tras día me hacía sentir más solo y triste, porque el mundo que había a mi salida era maravilloso. Entiendo que a quien le espera fuera una vida de mierda, le resulte un retiro provechoso que le de valor, fuerzas y perspectiva para enfrentarlo. Yo solo tenía curiosidad por aprender cosas nuevas, y se sació muy pronto al comprobar que todos los días eran exactamente iguales.

   Me acabo de dar cuenta de que el texto se está alargando ya en exceso, y por eso voy a añadirle al título un 1/2, porque lo que con más detalle quiero explicar es por qué me fui de allí y cómo sucedió. La decisión la tomé la tarde del 7º día, pero quise esperar a escuchar el audio que sigue a estas palabras para estar completamente seguro, creyendo que quizás me convencería a seguir. Pasó justo lo contrario…

Audio del séptimo día:

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