The New England Primer

   Dependiendo de la edad que tengas, lo más probable es que hayas aprendido a leer con libros que van desde el Micho 1, 2 y 3 hasta Leo con Peppa ‒la verdad es que hoy en día hay un montón de libros increíbles para aprender a leer‒. Nada que ver, sin embargo, con la experiencia que tuvieron los niños protestantes de la Norteamérica de los siglos XVII, XVIIII y principios del XIX, que aprendieron a leer con The New England Primer, un libro que les advertía sobre la inminencia de la muerte.

   The New England Primer fue publicado entre 1687 y 1690 por el impresor Benjamin Harris, que había llegado a Boston en 1686 para escapar de la política religiosa de Jacobo II debido a su orientación y militancia anticatólica. Para este libro de lectura Harris se basó en gran medida en The Protestant Tutor, que ya había publicado en Inglaterra ‒la práctica habitual durante el siglo XVI era traer los libros de texto de Inglaterra‒ y que se acabó convirtiendo en el libro más habitual en las escuelas de las colonias americanas. El volumen fue tan popular que no tardó en extenderse por todo Estados Unidos. Solo en el siglo XVIII llegaron a venderse unos 2 millones de ejemplares. Pero es que se estima que entre 1680 y 1830 se imprimieron unos ocho millones de copias aproximadamente. Durante siglo y medio millones de jóvenes estadounidenses aprendieron a leer con los avisos sobre la muerte del The New England Primer, hasta que después de 1790 fue sustituido por el Blue Back Speller de Noah Webster.

   El libro pasó por muchas ediciones diferentes, pero aunque muchos de los detalles concretos fueron cambiando, el formato básico se mantuvo relativamente constante: todos los libros tenían un abecedario pictórico, listas de palabras con números de sílabas cada vez mayores, máximas religiosas, acrónimos, fragmentos del catecismo, lecciones morales y, sobre todo, abundantes y rotundas menciones a la muerte. Gran parte de este contenido estaba sacado de la Biblia del rey Jacobo, aunque también había partes originales. El libro encarna la visión y la actitud puritana de la época, con temas como ‒compitiendo con la muerte‒ el respeto a la figura paterna, el pecado y la salvación del alma.

Páginas de The New England Primer

   Imaginemos a un niño aprendiendo a leer con frases como esta: «De la captura de la muerte ninguna edad está libre / Los niños pequeños también pueden morir». Y para que ningún niño olvide que la muerte está siempre al acecho y que puede venir mientras duermen, se lee: «Ahora que me acuesto a dormir, / Te ruego, Señor, que guardes mi alma; / Si debo morir antes de despertarme, / Te ruego, Señor, que tomes mi alma». Nada como recordar que se puede morir en cualquier momento para tener dulces sueños. Otros de los pasajes, por poner otro ejemplo, describía la muerte de John Rogers, el mártir protestante que fue quemado vivo en 1555 por la reina católica María I de Inglaterra.

   ¿Por qué esta inquietante y siniestra obsesión por la muerte en edad tan temprana? Sin duda hay que relacionarla con las altas tasas de mortalidad infantil, en una época anterior a las vacunas y a la medicina moderna, cuando enfermedades contagiosas como la escarlatina, el sarampión o la tos ferina eran muy comunes. Libros como The New England Primer no solo naturalizaban la muerte sino que la convertían en algo positivo, porque permitía a las almas justas ir al paraíso. Por otra parte, la explicación más razonable está, sin duda, en el contexto puritano y religioso en el que triunfó este libro. Los puritanos no creían en la inocencia infantil. Los niños tenían tanta responsabilidad como los adultos cuando se trataba de llevar una vida piadosa, sin pecado, que les permitiera escapar del castigo divino. Hay que tener en cuenta que los destinatarios de estos libros, los niños, aprendían a leer para leer la Biblia, porque la finalidad de la alfabetización era leer la palabra de Dios. Asustar a los niños con la brevedad de la vida, los peligros del pecado, la inminencia de la muerte y la importancia de evitar el fuego eterno eran, en esa época, las bases de la educación infantil. Nada que ver con el Micho 1, 2 y 3.

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