La caverna de José Saramago

   Según Keith M. Booker, la literatura distópica se utiliza para «proporcionar nuevas perspectivas sobre las prácticas sociales y políticas problemáticas que de otro modo podrían darse por sentado o considerados natural e inevitable». Las distopías son piedras de toque que nos permiten incidir en tendencias sociales y económicas actuales que con el paso de los años llevarán a situaciones poco deseables. En Un mundo feliz Aldous Huxley describe un sociedad organizada en castas y dominada por el placer y el conformismo. En esta novela desarrolla temas tan actuales como la manipulación genética y la eugenesia ‒¡y todo ello en 1932!‒. En La pianola Kurt Vonnegut relata cómo el mundo acaba automatizándose,con los ingenieros elevados en lo más alto de la pirámide social y con los hombres quedando relegados a un segundo plano con respecto a las máquinas. La lista de advertencias de las utopías podría ser interminable.

   Aunque es cierto que decir que La caverna de Saramago sea una utopía pueda parecer un tanto osado, el autor portugués también trata de describir cómo se irá construyendo el futuro inmediato de la sociedad actual en lo que se refiere a las normas de mercado y de consumo, a las relaciones entre personas y entre estos, los animales y las cosas. Saramago expone una determinada concepción del mundo y cómo toda se ha ido vendiendo como lo normal, lo natural. Y aviso: no es nada halagüeño. ¿Cómo decir, a la vista de estas pinceladas, que no haya nada de distópico en La caverna? La historia de Saramago es la constatación palpable de algo que conocemos porque hemos sido testigos de ello: cómo de una sociedad agraria y artesanal, con un determinado tipo de ritmo, de rituales y de relaciones personales, se ha pasado a una sociedad más industrializada, altamente tecnificada, la de las grandes ciudades, con un ritmo de vida más rápido y un mayor desarraigo.

   Para hacer más patente esta ruptura, Saramago enfrenta, cara a cara, a los dos extremos vitales. De un lado, la vida agraria y rupestre del alfarero Cipriano Algor, de su hija Marta, del guarda de seguidad Marcial Gacho, del perro Encontrado y de Isaura ‒primero Estudiosa y después Madruga‒; frente a ellos, en el otro extremo, el gigantesco centro comercial, el Centro, así, con mayúsculas, un espacio de jerarquías y de normas rígidas, basadas únicamente en las relaciones comerciales y en las leyes de mercado, sin resquicios de humanidad.

   Eso no significa que Saramago desarrolle un maniqueísmo simplista. También hay lugares intermedios, aunque todos ellos al servicio del Centro, que crece como si fuera un organismo vivo, o que más bien expande sus tentáculos como si de un peligroso virus se tratara, no solo en extensión sino en altitud y en profundidad. En esos espacios intermedios están las chabolas, cuyo vertiginoso crecimiento amenaza por aniquilar la vida del campo; está lo que se conoce como el cinturón verde, invernaderos donde las frutas, las hortalizas y las verduras se cultivan de forma tecnificada y aséptica, con el más que probable objetivo de llegar al centro comercial; y está el ‒contaminante‒ cinturón industrial, donde se fabrica el plástico que acaba por sustituir al barro y que, como consecuencia, hace que la familia de alfareros caiga en desgracia.

   El de los alfareros, símbolo de un modo de vida muy concreto, es un mundo que se desmorona. Cipriano Algor y su hija Marta son los herederos de un oficio que agoniza, en medio de un mudo en el que casi todos sueñan con vivir en el Centro, un lugar donde el trabajo de alfarero se ha convertido en algo innecesario, ya que no hay demanda de su producto. El Centro, que se rige por la norma de que quien no se ajusta no sirve y quien no sirve es prescindible, no duda en romper las relaciones comerciales con Cipriano de forma unilateral. El Centro siempre tiene la sartén por el mango y siempre gana. Primero niega a la alfarería la posibilidad de que tenga otros clientes y cuando el producto deja de resultarle beneficioso cancela el contrato y devuelve la mercancía a su proveedor sin ningún tipo de pago. Una legislación injusta y perversa basada en el liberalismo más puro y duro de la oferta y la demanda, en las leyes del mercado, que supuestamente debería autorregularse y que solo sirven para que los ricos se hagan todavía más ricos. En este capitalismo salvaje las personas son tratadas como objetos y cuando dejan de ser útiles se tiran a la basura.

   En la novela de Saramago son alfareros, pero a este trabajo se podrían añadir muchos otros oficios que cada vez más recuerdan con nostalgia a épocas pasadas y que al dejar de ser rentables y productivos para el sistema están avocados a terminar entre las paredes de algún museo.

   La dimensión filosófica La caverna es evidente desde su propio título. En varias ocasiones se hace referencia a la caverna de Platón e incluso, al final de sus páginas, aparece materializada físicamente. El Centro, «como perfecto distribuidor de bienes materiales y espirituales que es» acaba siendo sacralizado y participando «de la naturaleza de lo divino». De alguna forma queda convertido en la caverna platónica, ya que el universo de vivencias y percepciones que ofrece no es otra cosa que un simulacro, una sombra de la realidad. No es solo que se prefiera el simulacro de barro que es el plástico al barro real, es que no se permiten animales en los apartamendos, como mucho acuarios virtuales «sin peces que tengan olor a pez, ni agua que sea necesario cambiar», es que se ofrecen recreaciones artificiales de las cuatro estaciones, de la lluvia, o de los paisajes más exóticos del Amazonas. Así se entiende que después de que Cipriano Algor haya probado todos esos simulacros diga para sí mismo, en clave platónica: «¿cómo es posible que me haya dejado encerrar durante tres semanas sin ver el sol y las estrellas?».

   Para cumplir con su cometido, el Centro no duda en influir sobre la gente, sobre sus sentimientos, sus percepciones, sus acciones o sus pensamientos; no duda en determinar su gusto, en homogeneizar a todos los que pasan por él, tanto física como psicológicamente. Todo ese poder está en sus manos, y lo utiliza en su propio beneficio. La caverna suele incluirse, junto a Ensayo sobre la ceguera y Todos los nombres, en lo que se conoce como trilogía de la pérdida. En una lectura literal, en Ensayo sobre la ceguera se pierde la vista, en Todos los nombres el propio nombre, y en La caverna el empleo. En una lectura bastante más profunda es indudable que en las tres, publicadas de forma consecutiva, se pierde muchísimo más.

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