Imaginaos una cena de filósofos griegos de alrededor del 500 antes de Cristo, sentados entorno de una gran mesa repleta de comida y vino, dialogando sobre la vida, la existencia, los dioses, el universo y todas esas cosas de las que hablaban los hombres dueños de esclavos, dinero y tiempo, cuando no había ni televisión, ni fútbol, y de algo había que hablar.

   Cuando todos se hartaron de comer, Sócrates se puso en pie tambaleante y dijo:

   ‒Queridos camaradas y sin embargo amigos: quiero hacer un brindis ‒todos levantaron las copas llenas de vino esperando el motivo‒, ¡porque nuestras mujeres nunca se queden viudas!

   ‒¡Por Baco! ‒jalearon todos al unísono.

   ‒Camarera, una jarra más por favor. ‒Le dijo Tales a la muchacha que pasaba por allí con una bandeja de dulces, y quedándose un momento absorto en sus pensamiento, le preguntó: ¿Para ti, bella señorita, cuál es LA ÚNICA GRAN PREGUNTA?

   ‒¿La única gran pregunta, señor? ‒pensó un segundo mirando hacia arriba y cerrando el ojo izquierdo‒. Ya tengo una: ¿De qué está hecha la realidad?

   Algún filósofo se atragantó, a otro le entró la tos, alguno que cabeceaba abrió los ojos, y después de pensar un poco, Jenófanes se animó a iniciar el debate con lo primero que se le pasó por la cabeza:

   ‒Si los caballos tuvieran manos y supieran dibujar, pintarían a los dioses como caballos ‒sentenció.

   ‒Deja a los dioses con sus asuntos -le exclamó Tales‒, y responde a la muchacha ‒buscó con la mirada, pero ella ya se había ido-… ¡La realidad está hecha de agua!

   ‒No digas tonterías -le rebatió Anáximenes‒: Incluso el agua está hecha de aire.

  ‒¿Aire? ‒dudó Sócrates.

   ‒No sé si es aire o agua, pero tengo claro que hay una materia fundamental de la que todo nace y a la que todo ha de volver ‒dijo Anaximandro auto afirmándose con gestos positivos con la cabeza.

   ‒¡Los miletos no tenéis ni idea! ‒gritó Pitágoras enérgico‒. No importa de qué esté hecha la realidad, lo importante es encontrar la proporción de todas las cosas, y para eso debemos apoyarnos en los números.

   ‒¿Tú qué opinas, venerable Sócrates? ‒preguntó la muchacha mientras volvía a llenar la copa del pequeño hombre de nariz respingona.

   ‒Yo solo sé, que no sé nada ‒contestó sumergiendo su nariz en la copa.

   ‒Pero entenderás que no es posible beber dos veces de la misma copa, como tampoco es posible sumergirse dos veces en el mismo río, ¿no? ‒propuso Heráclito, enredando aún más la conversación sobre la única gran pregunta.

   ‒Perdone que discrepe, maestro, pero ¡no es posible sumergirse en el mismo río ni siquiera una vez! ‒dijo Crátilo con efusión, y las mejillas sonrosadas.

   ‒Pongámonos serios, camaradas: solo se puede confiar en la razón para encontrar la verdad ‒clamó solemne Parménides.

   ‒Sabéis ese que va una vez por el campo Aquiles, y le apuesta a una tortuga 3 barriles de vino a que gana en una carrera, dejándole ventaja y todo… ‒desvarió un poco Zenón‒. Entonces va la tortuga y le dice: «es imposible que llegues antes que yo a mi línea de salida, porque ya no estaré allí».

   ‒Creo que nos hemos desviado un poco ‒puso orden Empédocles, poniéndose en pie-. La realidad está hecha de 4 elementos: agua, aire, tierra y fuego.

   ‒Eso está muy bien, pero si yo bebo vino, soy vino, porque todo está hecho de pequeñas infinitas cositas ‒balbuceó Anaxágoras mirando la copa vacía.

   ‒Tiene que haber cosas diminutas que ya no puedan seguir «cortándose» ‒propuso Demócrito, y todos se callaron para seguir su discurso con atención-; de lo contrario no podría existir la materia. Estos «incortables» o átomos… se mueven, chocan, forman nuevos compuestos y son indivisibles, lo cual explica las cualidades objetivas del mundo: el peso, la forma y el tamaño. Otras cualidades como el olor solo surgen cuando los átomos de un objetivo interaccionan con los átomos de la nariz humana.

   Sócrates negaba con la cabeza, y preguntó:

   ‒¿Y el alma inmortal dónde está?

   ‒Ya estás con tus molestas preguntas ‒contestó Demócrito‒; eres un tocagüevos.

   Visto el silencio, la muchacha que estaba llenando la coma de Heródoto le animó a contar alguna anécdota de su último viaje.

   ‒Has venido recientemente de Egipto, ¿no es así?, valiente aventurero ‒dijo ella.

   ‒Así es, y he podido saber que ¡allí tienen otros dioses y creen en otras cosas!

   ‒¿Entonces cuáles son las creencias correctas? ‒propuso un nuevo debate Protágoras‒ Si esos egipcios tienen otros dioses y creen en otras cosas, ¿cómo podemos saber quién tiene la razón?

   Después de esto todos se fueron a dormir.

 

   El tiempo, 2.500 años de historia, casi no ha aclarado nada sobre las primeras cuestiones que se plantearon aquellos sabios de Grecia. Pero es que tampoco hemos tenido tiempo para reflexionar con tanta guerra y sinsentido. De esto ya hablé algo en mi primer artículo de «Esquizofrenia de la prisa»

   Como alguien dijo más tarde: «Sapere aude».

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