Nadie puede negar que España sea un país con un extraordinario  bagaje histórico, amplísimo y con épocas más esplendorosas y, otras, más decadentes y tétricas; desde la instancia de los suevos, alanos y los vándalos en la península Ibérica, en torno al 410 d. C, la efigie hispana hemos enmarcado a nuestro país –para las buenas y las malas– en una historiografía con sombras y luces o en una carátula poco dilucidada, es decir, con abundantes dilaciones hasta el punto de crear una falsa identidad nacional que, la misma vida, nos abre camino para ver que las cosas no siempre ocurren y han ocurrido como en los libros de Historia y los historiadores nos cuentan. Pero no partamos de trivialidades. Hablar de los campos de concentración en España no es algo anodino, pero, ciertamente, no es un tema a tratar con clarividencia, a menudo restringido, incluso se perfila como un ostracismo para la sociedad.

   La dictadura del Caudillo fue la única que emergió de una guerra civil; y, como cualquier avezando a los conocimientos históricos, sabe que el régimen franquista se dividió en tres periodos: (1939-1945), (1945-1959), (1959-1975).  La primera etapa afrontó un proceso de fascistización tomando referentes de las pericias de Hitler y el Duce. Los totalitarismos europeos, a esas alturas, ya eran una barbarie. En la tesitura española, el franquismo se fue sistematizando gradualmente hasta formar, de manera coordinada, el Servicio de Colonias Penitenciarias Militarizadas (SCPM) delegando en éste la gestión y el funcionamiento de los primeros campos de concentración que comenzaron a crearse en los ciernes del dictador. Historiadores como Ángel del Río, Egido León y Julián Casanova, sostienen que los campos de concentración españoles estaban inspirados en los reclutamientos nazis, creados con la única finalidad de reclutar, enjuiciar y encarcelar a presos políticos, civiles, militares ortodoxos, disidentes al régimen, delincuentes que no cometieran delitos de sangre, porque, quien ejecutaba un asesinato era condenado directamente al paredón de fusilamiento; también formaban parte los reclusos sospechosos de pertenencia a la masonería y generales opositores. Nunca quedaron en balde los afanes del Caudillo por infundir represión y hostigamiento; por eso, el primer campo de concentración fue creado por Franco en 1936, localizado en el castillo del monte Hacho de Ceuta. Cuatro años después, encomendaría al Ministro de Gobernación, Camilo Alonso Vega, un auténtico verdugo, ser el supervisor de todos ellos. En su mayoría, los campos de concentración estaban ubicados en lugares recónditos, entre montañas y sitios muy alejados de las ciudades y capitales para evitar el contacto con el casco urbano, y nadie supiera de quiénes eran los presos allí encerrados.

   La historiadora María de los Ángeles Egido León, en su monografía Los campos de concentración franquistas en el contexto europeo, apostilla que se contabilizaron 180 por todo el territorio español durante los años 1936 y 195; si bien, los más destacados fueron el campo de Albatera, el de Camposantos, el de  Castuera, el de la Cartuja de Porta Coeli, el de la Corchuela, Los Almendros y el de Miranda del Ebro. Entre 1940 y 1958 llegaron a constatarse casi unos 500.000 reos, y predominantemente eran hombres con edades comprendidas entre 20 y 55 años. Recibían todos, tras su dictamen judicial, ropas de militares usadas por la brigada de soldados italianos en España. Hágase una idea el lector del canguelo que sufrirían, del hostigamiento físico, la represión  psicológica y las incisivas humillaciones y vapuleos que recibirían quienes, culpables o no, estuvieran claudicados, sometidos a palizas y trabajos forzados. En una segunda instancia, las familias de los presos se instalaban clandestinamente cerca del campo en cuestión, carentes de recursos económicos y alimentos. Los familiares, de manera distinta, eran víctimas de persecuciones por parte de la policía franquista. Se les permitía a aquéllos visitar al familiar recluido, en un bis a bis, y delante de un guardia, el cual tenía que permanecer en todo momento testificando en el encuentro.

   En el caso de los reos, su condena carecía de pruebas y fundamentaciones jurídicas: bastaba sólo con ser sospechoso o tener un mínimo de ímpetu heterodoxo, o ser ensabenitado porque alguien hubiera culpabilizado a otra persona sin tener pruebas contra ella. Como ya hemos dicho, a los presos se les asignaba una indumentaria militar y posteriormente se disponían a realizar trabajos forzados de manera gratuita, ya que no percibían remuneración. Esos trabajos se enfocaban a obras públicas; así que no es de extrañar que muchos pantanos, estaciones de trenes, conventos, ermitas, casas episcopales, alumbrados, centros sanitarios, cuarteles militares, plazas y muchos etcéteras más, fueran construidos con el sudor de los presos. Es más que probable que esos edificios, a día de hoy, existan: construidos gracias a los presos del régimen. Eran también estos mismos quienes realizaban tareas de mantenimientos dentro del propio campo, en tales quehaceres como la comida, la limpieza, las reparaciones, el servilismo a los generales y milicianos. Asimismo, habría que comentar la cantidad de enfermedades que tendrían que sufrir los reos ante la falta de agua, la existencia perniciosa de humedad, la falta de higiene (plagas de sarna, pulgas, piojos), neumonías y reumas… Todos los reclusos estaban obligados a ser sumisos como forma de evitar la muerte o represiones mayores como la amputación de un dedo de la mano; ocurría en varias ocasiones que, los mismos, presenciaban palizas y castigos hacia otros compañeros como forma de escarmiento. Evidentemente, era por obligación cantar el Cara al Sol, hacer reverencias hacia los coroneles, acatar todas las órdenes cuanto fueran dadas. Ante la malvivencia y las condiciones insalubres, muchos presidiarios se suicidaban ahorcándose con sábanas o con improvisadas cuerdas en las ventanas o entre los visillos de las puertas, teniendo en cuenta que éstas tenían una franja con barrotes. En los mismos patios se exponía el cadáver de un condenado como forma de crear miedo. El finiquito de la condena no versaba ningún criterio; cada preso quedaba liberado según conviniera para el Ministerio de Gobernación.

   Sobre la época más turbia, sombría y pacata de la historia de España, verbigracia, sabemos muy poco. Lo que nos hace tomar conciencia que, nuestro pasado es tan recóndito que si, acaso, conocemos la punta del iceberg. Y, en el asunto a tratar, puede decirse que diversos entornos de nuestro país (incluso lugares impensables), no sabemos quiénes pudieron construirlo ni bajo qué circunstancias.

Continuará…

Comentarios

comentarios