Majestad caída de Luis Antonio de Villena

   A veces una idea tiene tanta fuerza que es capaz de rondar a un escritor durante décadas. Una idea o, en el caso de Luis Antonio de Villena, un personaje. Solo así se explica que lo que nació en 1978 como un relato, titulado «Noticia de un desconocido: el poeta Anibal Turea», publicado un par de años más tarde en la recopilación Para los dioses turcos, acabara volviendo en 2012, más de tres décadas después, en forma de novela con el títulod de Majestad caída. En una entrevista que concedió Villena allá por entonces, en la década de los ochenta, advertía que le hubiese gustado que aquel relato tuviera mayor extensión, pero que no había encontrado la manera de desarrollar más por extenso la historia.

   Una novela en la que, según las palabras que el propio Villena escribe en el epílogo del libro, «exalta una vez más –pero de un modo muy distinto—mi extraña pasión por los perdedores y por los mundos perdidos». Este último concepto es precisamente lo que da título a la novela, basado en un verso de William Butler Yeats que dice «Balbuciendo de la majestad caída, consigna lo que se fue». En ese mundo perdido, Majestad caída es la historia de una búsqueda, la que emprende el narrador en pos de Anibal Turena, un poeta y pintor de origen francés, que deja el Madrid de los últimos días de la República con destino a Buenos Aires, donde se instala una temporada antes de su misteriosa y definitiva desaparición en 1950. Con una información que se va dosificando en la línea de la novela negra, los capítulos van desgranando distintos momentos de la vida de Turena, primero en Madrid y después en Buenos Aires.

   Es evidente por qué el personaje rondó a Villena durante años. Turena es una especie de trasunto, muy próximo a las inquietudes vitales y al universo estético de su creador. Turena se va dibujando como la figura del clásico perdedor, que tanto gusta a Villena. A pesar de tenerlo todo para triunfar, nunca lo hizo. Sabemos que en España publicó un par de cosillas, una novela titulada El color de la pasión y un ensayo llamado Las damas de la Corte Heian sobre el Japón antiguo; en Argentina publicó varios poemas en la revista Sur, fundada y dirigida por Victoria Ocampo, demasiado subidos de tono para los aires políticamente correctos de la época. Poco, muy poco, queda de todo eso, como si los intentos por pasar a la eternidad literaria hubieran sido vanos. Finalmente desapareció, sin saberse cómo ni dónde.

   Junto a Turena, el personaje de ficción, aparecen muchos otros reales, como Melchor Almagro ‒de quien cuenta sus aventuras homosexuales en un barco que iba de Colombia a Berlín en la Primera Guerra Mundial‒, el gran retratista italiano Giovanni Boldini, el autor argentino de origen italiano Antonio Porchia o la segunda duquesa de Dato, hija de Eduardo Dato ‒presidente del gobierno español en 1921‒.

   «El tema rondaba dentro de mí, volvía, lo intentaba, no me quedaba contento y se me olvidaba unos cuantos años, hasta que retornaba con fuerza» porque «aunque tenía un tema, no conseguía hallar ni su tono ni su estructura», confiesa el escritor madrileño también en el epílogo. El tono y la estructura lo consiguió reconstruyendo al protagonista en un puzle de perspectivas que combina la primera, la segunda y la tercera persona. En esa búsqueda del personaje los recuerdos y reflexiones del propio Turena se mezclan con testimonios de otros personajes que trataron con él como José Bianco o Silvina Ocampo, correspondencia del mismísimo Turena de su puño y letra, fragmentos de sus obras, retazos de diálogos, trozos de poemas, etc. Esa variedad caleidoscópica de puntos de vista completan la construcción del personaje, hacen que salte del papel y se haga de carne y hueso, y al mismo tiempo le dan a Villena un margen para expresarse como poeta, en versos que, con un juego cervantino, se atribuyen al personaje.

   Pero aunque su refinado estilo poético es una de las grandes bazas de la novela, el gran acierto es la recreación de la época, de ese Madrid de los años treinta llena de fiestas elegantes y aristocracia canalla, del Buenos Aires de la intelectualidad ‒el de Bioy Casares, Borges o Silvina Ocampo‒. A medida que avanzamos descubrimos, de forma inevitable, que Turena no es el único perdedor, que todos los que le rodean están contagiados, de alguna manera, de esa exquisita pérdida, en un cuadro que sabe a final de una época.

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