El sábado pasado empezaba a leer un nuevo libro del autor Laurence C. Smith titulado El mundo en 2050, un volumen sobre las consecuencias en el planeta de nuestros actos (abajo podéis ver una fotografía del mismo, junto a mis pantalones de pijama). En la página 16, formalmente la segunda página con texto del libro, aparecía el río Iskut como un «torrente pedregoso que se abre paso por un remoto rincón de la Columbia Británica».

Así ha cambiado Internet el modo en que leo

   El autor cuenta algo en las primeras páginas que, como lector, agradezco bastante, y es el motivo por el que empezó a buscar información para un libro tan interesante. De un modo escueto cuenta cómo un vuelo entre Edmonton y Fort McMurray le hizo asomarse a la ventana y contemplar el paisaje helado de la Columbia Británica colarse por sus ojos. Esta visión congelada del mundo le hizo meditar al respecto de los cambios que veía a ras de suelo.

   Más de siete años después, mi mente leía las palabras de Laurence y repetía su experiencia. Mi mente se iba deteniendo en las localidades y los distintos elementos del paisaje por los que aquel Boeing 747 cruzaba, como el subrayado río Iskut.

   Es muy probable que el lector no tenga ni puñetera idea de qué río es este, y que sea la primera vez que lee al respecto. También había sido mi primera vez. Sin embargo, el río Iskut es un río bastante grande. Si contamos los pequeños arroyos y afluentes que lo conforman, el Iskut tiene cientos de kilómetros de longitud serpenteante a lo largo de zonas montañosas y de densos bosques, y discurre por su propio parque natural, el Iskut River Hot Springs Provincial Park, antes de dar al lugar donde se planea construir una gran central hidroeléctrica desde un año después de que el libro de Laurence fuese publicado.

Valle del Río Iskut, Alaska

   Teniendo en cuenta que el libro habla de cambios, la idea no pudo sino hacerme sonreír. No obstante, el sábado pasado, y tras varias horas de lectura de El mundo en 2050, me sorprendí a mí mismo con el libro en el regazo del que apenas había leído cinco párrafos y ojeado un mapa; así como con decenas de pestañas del navegador abiertas, todas con relación al río Iskut, afluente a su vez del río Skyline, que desemboca en las marismas Wrangell, Alaska (fotografía de abajo).

   No me había dado cuenta de que llevaba más tiempo leyendo e informándome sobre el río Iskut, su presa, el modo en que generaría electricidad, la historia de las poblaciones desplazadas por el hipotético pantano, y la vegetación que conforma la zona, entre otros, que el libro en sí. Y no es la primera vez que me ocurre algo similar.

   Desde hace años leo acompañado de Internet del mismo modo en que supongo que la gente ve la televisión con el móvil en la mano. Es frecuente escuchar que tal o cual hashtag nace a raíz de tal o cual programa de televisión; y que la audiencia hace uso de las distintas redes sociales para interactuar en un entorno mucho más rico del que puede aportar la emisión en sí. Es lo que se llama experiencia inmersiva o espectador inmerso.

marismas Wrangell, Alaska

   Sin embargo, no la he oído nunca referida a los libros, quizá por que los spoilers de la narrativa hacen conflictivo el compartir las impresiones que cada uno tenemos sobre una historia, especialmente por el hecho de que no todo el mundo lee el mismo libro en una misma franja horaria. O año, ya puestos. De modo que, aunque similar, la experiencia de inmersión lectora con ayuda de Internet tiene algunas diferencias.

   A saber, es más solitaria. La información sobre el autor, los motivos por los cuales escribió el libro o el modo en que lo hizo, e incluso las referencias de otros autores que le llevaron a escribir del modo en que lo hacía, son búsquedas frecuentes en Internet por parte de los lectores. Pero son búsquedas que se realizan en solitario, a medida que vamos avanzando en el libro y se nos van planteando diferentes dudas.

   También he notado que consulto mucha más información cuando el libro es divulgativo que cuando tiene una estructura narrativa. Dicho esto, las historias no escapan del lazo de la búsqueda en Internet. Una de las últimas historias narrativas que leí, El eterno retorno, de Pau Varela, me “obligó” a buscar información sobre el Sistema Solar. Del mismo autor, el libro Despierta Pandora dio lugar a un viaje a Barcelona, lugar en el que se desarrolla la trama, para conocer los lugares por los que habían pasado los personajes.

   El acceso a la información que brinda Internet, especialmente lugares como la Wikipedia, y su llenado masivo de conocimiento de los internautas, hacen más rica la lectura. Al menos para mi persona. Quizá incluso más inmersiva, aunque formalmente te saquen de ella. Por contra, puedo pasar semanas, meses (a veces incluso años, como me ocurrió con Ilión/Olympo, de Dan Simmons), buceando en información relacionada con la trama, los distintos datos que ofrece el libro o sobre el autor.

   Y vosotros, ¿interrumpís la lectura para hacer búsquedas ocasionales? ¿Usáis Internet junto a un libro? ¿Esperáis hasta el último párrafo para buscar esas líneas subrayadas que os han marcado?

   Imágenes | Marcos Martínez (CC0), Shawn (CC BY-SA 2.0), Sam Beebe (CC BY 2.0)

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