El alguacil de Carlos Pérez Casas

   La historia es campo abonado para la ficción. Borges, que sentía absoluta fascinación por el pasado, consideraba la novela histórica como un mundo mágico en el que se recrea literariamente un momento determinado. En la figura del novelista histórico confluyen, por caminos dispares, el fabulador y el investigador. Es en el equilibro de esta mezcla donde se encuentra, quizá, la clave de una verdad que no por más literaria es menos verdad. Es por eso que es de agradecer que un autor dé con el punto exacto, caso de Carlos Pérez Casas con su segunda novela, El alguacil, y de elogiar que consiga hacerlo en tan pocas páginas ‒a fin de cuentas el género histórico nos tiene acostumbrados a que para reconstruir el pasado con verosimilitud y detalle sea necesario una enorme cantidad de páginas‒.

   ¿Qué encontraremos en El alguacil? La historia tiene lugar en Lacorvilla, una minúscula aldea de Aragón, durante el invierno de 1134. La paz y la rutina de los lugareños se ve trastocada por la aparición de unos temibles y despiadados bandidos, conocidos como los albares debido a que pintan sus rostros de blanco. Ante un inminente ataque que amenaza con aniquilar a todo el pueblo, Jimeno, el alguacil, toma la resolución de convertir en soldados a sus vecinos, campesinos y artesanos, para defenderse.

   Aunque el alguacil parezca el gran protagonista, prácticamente desde el título del libro, lo cierto es que podría decirse que nos encontramos frente a una novela coral. A pesar de utilizar un narrador omnisciente, en cada capítulo la historia aparece tratada desde el puntos de vista de un personaje distinto, sin que haya fisuras ni esto rompa en ningún momento la linealidad de la trama. Los personajes tratan de representar todo el ramillete de tipos sociales que nos podemos encontrar en la época, desde soldados con ínfulas de noble, hasta guerreros cruzados, pasando por simples campesinos, por criadas o por mujeres ninguneadas por el sexo opuesto. Con todo, existe un cierto estereotipo que hace que se eche en falta una mayor profundidad psicológica. Muchos de los personajes que tienen un papel más relevante están construidos por oposición a otro personaje, lo que va en detrimento de su carga psicológica. Frente a Jimeno encontramos a Sancho el Negro, pero también al Caballero de Invierno y, en algunos momentos, a su esposa, Arlena.

   Este argumento bien podría alargarse durante cientos y cientos de páginas, pero, como he dicho, el autor consigue rematarlo en poco más de doscientas páginas. Eso no significa que nada quede en el tintero o a medio desarrollar. Más bien al contrario, El alguacil consigue hacer una minuciosa reconstrucción del período histórico, sin que este se convierta en el protagonista, sino siendo solo un escenario en el que se desarrolla la acción, llena de confabulaciones, traiciones, batallas por el poder y pasiones enfrentadas. Las descripciones son las estrictamente necesarias ‒como no podía ser de otra forma en tan reducida extensión‒, pero suficientes para que la reconstrucción de una aldea medieval sea verosímil. Se nota, por otra parte, que ha habido un minucioso proceso de investigación histórica, sin que ello se convierta en una excusa para exhibir conocimientos sobre la época. Como escribió el periodista David Yagüe en un artículo, la novela histórica es el lugar menos adecuado para intentar aprender historia. Es cierto que un buen escritor del género es capaz de conseguir que la ficción sea casi indistingible de la realidad, y Carlos Pérez Casas lo consigue, pero no se puede perder la perspectiva de que al fin y al cabo es ficción.

   Todo esto viene a cuento de que es uno de los grandes temas de la novela: la lucha entre sexos, que incluye no solo el enfrentamiento entre hombres y mujeres sino el amor homosexual. En plena Edad Media, que haya personajes que tengan actitudes machistas, como es el caso de Jimeno, no puede escandalizar a nadie. Sin embargo, que también encontremos personajes que abanderen un feminismo que casi podría considerarse radical, o cuanto menos bastante revolucionario, puede hacer que más de uno se lleve las manos a la cabeza. Es el caso de la esposa de Jimeno, Arlena, cuyo momento climático es un monólogo que tiene muchos tintes de teatral y en el que clama por un lugar de igualdad en la historia con respecto al hombre. ¿Puede considerarse inverosímil esta actitud en una mujer medieval? En realidad, no tanto como parece. Puede que el autor lo hubiera hecho de forma deliberada o no, pero lo cierto es que tres años después de que Arlena abanderara una auténtica revolución femenina en una pequeña aldea de Aragón, Leonor de Aquitania, considerada como una de las primeras grandes feministas de la historia, se convertía en duquesa y en reina consorte de Francia. ¿Hay ecos de Leonor en Arlena? Sea de forma consciente o inconsciente, la respuesta es afirmativa.

   De todas maneras, tampoco hay que escandalizarse porque se haya introducido en la Edad Media una actitud que de forma general ‒salvo algunas excepciones como la señalada‒ podría considerarse anacrónica. Después de todo, y aquí tomo las palabras que Antonia Viu Bottini utilizó en el título de un ensayo sobre la novela histórica chilena, la función de este género es «imaginar el pasado, decir el presente». ¿De qué sirve leer novela histórica si, como dice Yagüe, no vamos a aprender historia de ella? Sirve para decir el presente, y ese es precisamente uno de los grandes aciertos de Carlos Pérez Casas, dando eco a elementos tan actuales y consiguiendo contextualizarlos con tanto celo.

   Teniendo en cuenta la extensión que suele tener la novela histórica, a veces verdaderos mamotretos, bien podría parecer que El alguacil, tan liviano de páginas, difícilmente competiría con otros libros de su género y, sin embargo, lo consigue. No por ser más breve o más entretenida es una novela menor. Muy recomendable para tanto para tener un primer acercamiento al género ‒ya sabemos que la novela histórica congrega a un tipo de lector muy determinado‒ como para los lectores más exigentes. Un título que hay que tener muy en cuenta, sobre todo teniendo en cuenta que proviene del mundo de la autopublicación y que carece del respaldo de editoriales.

   Esta libro es uno de los nominados al Premio Guillermo Baskerville organizado por Libros Prohibidos.

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